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Viernes de Cachanía

El Gollón, Tío Pili, Javier

Espero que para cuando termine de entregarles a los mineros del primer capítulo del poemario que estoy escribiendo, ya haya terminado el segundo referido a personajes emblemáticos como el “rompecalzones,” el Yigo, el Encanto, William Cook, Pancho Sández, etc.

En esta entrega les dejo a: El Gollón, Tío Pili y Javier.

El Gollón fue un minero de Ranchería que vivía en una casa de madera –como todas- un ladito de la de los Osos. Algunas reuniones las hacíamos en su casa puesto que Gollón formaba parte del “ejército” de mineros que se enrolaron en la lucha para que la empresa los reconociera como trabajadores de ella.

El Tío Pili vivía en Nopalera y era hermano del Tío Toño que reconoció a mi padre como hermano y esa circunstancia permitió que se cambiara de apellido: de Bravo pasó a ser García B, nada más. Cuatro hijos tenemos el apellido García, y cuatro el de Bravo –ya lo comenté- Mi Tío Pili era muy retraído y taciturno. Salía a la leña y duraba hasta tres días sin regresar. Fue el padre del Viqui, al que le dediqué un Haiku en mi segunda estancia de varios meses en Guerrero Negro. Javier fue un joven que en un toque de su padre transportaba mineros y el metal de cobre a la fundición; diario pasaba por la Curva del diablo, rumbo al cañón de Santa Martha.

Cuando me tocó trabajar en una mina de aquel rumbo, al llegar al lugar mi padre me decía: “esta es la Curva del diablo.”

Hoy, en este viernes de Cachanía, les entrego a los tres:

 

                            El Gollón

Un personaje taciturno larguirucho

pantalón casimir y camisa a cuadros

sombreros blancos oscuros inseparables

vivía en Ranchería un lado

de la casa de Los Osos

Paseaba un cigarro Rialtos encendido

por la comisura de sus labios

impulsado magistralmente por la lengua

Era asombroso ver cómo el cigarro

se iba consumiendo hasta ser bachita

y terminar apagada por saliva

Su voz brotaba de los peldaños de la garganta

enredada entre trapos mojados y errres

colgada en las patas de una consonante

Medía dos veces sus palabras

que salían enganchadas en el curricán

de renglones torcidos amarillentos

Cuando tomaba la palabra en las reuniones

de los mineros

todos abrían la maleta del sueño

para cuando menos corretear mariposas

y contar mil mineros en zapeta

Cuando murió había un desfile de cigarros Rialtos

asaltando la comisura de sus labios

Tío Pili

Decían las malas lenguas

que le habían dado “feria de más”

 cabezón, cabellera larga descuidada

chaparro como lavadero fornido

trompa muy grande piel tirando a negra

a ratos platicaba con piedras árboles Juancitos

no se bañaba ni usaba calcetines

para qué si no se ponía zapatos

trabajaba con su hermano en la mina Margarita

tumbaba metal como desquiciado

vivía en colonia Nopalera por semanas

desaparecía se iba al monte

comía cachoras chicharras víboras iguanas

Desde un mes buscaba un mezquite

desde un mes los fantasmas de la mina

se montaban en sus hombros

incendiaban sus entrañas le cerraban los ojos

para que los demonios oscuros se vistieran de luz

y Belcebú confidente de su alma

desgarrara la oscuridad de su muerte

con un mantel de moscas azules

Los demonios y Belcebú le decían

“la soga del cadalso es tu cinto”

Por fin lo jaló de su cintura le sirvió de soga

Y de cadalso un mezquite grande

que estaba en una curva del Yeso

Una matacora vio cuando lo buscaban

Pobre Pili no supo vivir

despertaba la tarde con el ruido de sus patas

de Canarro”

lo encontraron colgado sin zapatos

hombros chorreados en enjambre de moscas

Javier

Todas las noches pasaba por la Curva del Diablo

para ir por los mineros del arroyo del Yeso

al pasar la curva una gota de miedo

enredaba la mano del volante

dificultaba la vuelta del viejo camión

Todas las noches por la misma curva

la misma gota de miedo el mismo miedo Javier

No lo miró nada sintió hasta que montado

al pescante pretendió desbarrancar el troque

la gota de miedo reventó sus diques y el mar

encallado lanzó al arrecife sus naufragios

Bien vestido de negro sombrero de copa

guantes blancos puntas de azufre

Lo llevaron a la iglesia de Eiffel

lo depositaron inconsciente bajo la campana

manos arqueadas ojos saltones

labios sardónicos realidad mutilada

A los cinco años el troquero murió

mueca sardónica ojos saltados olor azufre

No pudo contener la gota de su miedo

entre los diques que se desbordaron

El maremoto arrastró su troque a los abismos

su mar de meteoro su casa abrasada por Luzbel

Alea Jacta  Est.- 07-12-17


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