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Viernes de Cachanía

Muchas veces he comentado que en mi adolescencia y juventud trabajé en las minas de Santa Rosalía

Muchas veces he comentado que en mi adolescencia y juventud trabajé en las minas de Santa Rosalía. También que mi infancia transcurrió entre esta población y Mexicali ya que regresamos a nuestro origen minero allá por 1950-51. Incluso ya como maestro me alcanzó el tiempo para trabajar en las vacaciones de julio-agosto en algunas de ellas. Ese trabajo y el haber convivido con varios mineros, ver su pesada chamba, las injusticias de la empresa, me involucró de tal forma que me transformé en su defensor ante tanta injusticia. Durante 15 años aproximadamente enarbolamos la exigencia para que la empresa los reconociera como sus trabajadores. En 1985 se clausuró la minería y mis compañeros fueron corridos sin ningún derecho laboral. En la nueva vida se hicieron albañiles, peones, pescadores y mil usos. Algunos agarraron chamba en el municipio. Los viejos se sentaron en las bancas del Chorizo a esperar la muerte, muerte que ya los alcanzó. No tengo idea de cuántos mineros vivan todavía. Sé de Pino Beltrán que es residente de Ranchería con un chingo de nietos y bisnietos.

El 81-82 me vine a esta ciudad y con la “memoria fresca” de mi trabajo en las minas, empecé a escribir la novela que titulé: “Caídos del cielo del infierno” y que se editó en marzo de 1989. Por mi inexperiencia en el bello arte de la escritura cometí dos errores fundamentales: no la revisé y se editó con muchos errores ortográficos. El otro error me llenó de sobresalto, al grado de que pensé en no terminar de venderla: con otros nombres, pero fácilmente identificados dibujé personajes en cuerpo entero, en una escritura casi aterradora. Siempre he pensado que esa novela no la debía haber publicado. Incluso, muchos años después inicié una revisión quitando los nombres y los episodios comprometedores. Nunca terminé el propósito.

Ahora con mil años a cuestas desenredo la piola de la memoria y doy vida a relatos, cuentos, poesía, novela.  Hace cuatro años obtuve el premio estatal Ciudad de La Paz, con la crónica: Ojos de madera cuchillos de vidrio, obra que pinta a mi pueblo. También escribí la novela Sueños de metal y lumbre.

Hace unos meses, después de escribir tanto de mi Cachanía, decidí escribir un poemario seleccionando a mineros –que ya murieron- con los que compartí el socavón del infierno. Pensé en varios de ellos, otro capítulo sobre personas emblemáticas, y otro más sobre edificios y estructuras como la iglesia, la fundición, la Progreso. El capítulo de los mineros ya lo terminé. En colaboraciones anteriores aparecieron: Mauro Flores, Reyes Álvarez, el Chicali, Ricardo Rivera, el Nufa, los Güero Chulos, Albino, Eliseo, y Elías.

Ahora les entrego a: Cuco, Miguelito y al Capi.

Cuco

Caminábamos por el paseo de Ranchería

al que llaman El Chorizo  

cuando vimos en una casa mucha

gente y no era tortillería ni cajero automático

a Cuco lo agarró la corriente nos dijeron

Entramos vimos una persona tendida

en un catre surcos de sudor abrieron paso

entre arenilla seca que cubría su pecho

tatuado con cincel de escultor mediocre

como si fuera estatua de lodo y carne

Un brazal negro circundaba la cabeza

aprisionaba la mandíbula inferior

no tenía calcetines y sus pies empolvados

estallados en sus uñas por la descarga eléctrica

la boca morada reventada como breva de temporada

las manos amoratadas uñas y dedos explotados

el cuerpo rodeado por tallos

de azucenas de rosas

de los barrotes de la lona del catre

salieron demonios verdes negros azules

vestidos de cañuela encendida riel

clavo de durmiente tibor del agua

tomaron con sus garras al difunto

echando humo levitaron a la calle

Cuando la corriente lo inauguró

caminó por las minas en las que trabajó

En las profundas grietas del socavón

se miró crucificado con clavos de durmiente de la vía

Miguelito

Venían de las minas del arroyo Santa Martha

horqueteado en la caja del dompe del Tebita

con una pierna al aire libre

en la parte angosta del camino La Testera

encontraron el troque de Tirso Sánchez

el chasquido fofo de muerte

como muda de ropa mojada caída del cielo

perforó pierna y muslo que voló

dando tumbos como liebre mal baleada

lanzando chorros de sangre

empaparon el último renglón de su escritura

Cayó dentro del troque

parecía caguama sin aletas

cigarrón sin alas Volkswagen chocado

Sus ojos desorbitados dibujaron la muerte

por los chorros de sangre que aventaba

Por las tardes cortaba el pelo a mineros

la tijera del diablo le cortó la extremidad

El Capi

En el camino empinado a Nopalera lo encontré

me mostró su credencial del Partido Comunista

flaco “corrioso” como alambre curado

prieto como lomo de Anaconda

recién salida del fango amazónico

cabellera negra hirsuta como plumero de La Ley

vertical en su uno setenta y cinco de altura

Su vida fue la mina y trabajó hasta

la magnesita en San José de Castro

No cabía por la puerta como pavo real

cuando me invitó a pasar

quería presumir conocer a Frida Kahlo

Alfaro Siqueiros Lombardo Toledano

Arqueó los brazos como gallo caliente

me miró triunfante retador altivo

cuando su dedo de metal señaló la pared

un cartel con la impactante y repugnante pintura

autorretrato con mono

a la derecha la fea cara de Alfaro Siqueiros

como si estuviera cagando

un cuadro con Lombardo Toledano en mitin

Me invitó a salir sonreían sus ojos socarrones

Lo vi apagarse como vela de difunto

de segundo día

poco a poquito temblando como llama

de la veladora en la líquida esperma

poco a poquito como castillo de arena

mordido por la última marea

poco a poquito descargando magnesita

en los chutes de la minera

en pleno verano canicular

poco a poquito como el último viaje

de su barca a la deriva

como el último autorretrato de Frida Kahlo

Murió considerándose el primer comunista

en la lucha de los mineros

Lo acompañaron un incendio de silencios

vestidos de bandera rojinegra

el overol azul de Alfaro Siqueiros

Alea Jacta Est.- 23-11-17.- Miembro de ESAC.-


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