Soledad Purificación

Hacía como un mes que la Misteriosa se notaba más inquieta que de costumbre

Hacía como un mes que la Misteriosa se notaba más inquieta que de costumbre: no paraba de caminar y hasta en la madrugada se le miraba por las calles. Hablaba, rezaba, imploraba y hacía ademanes bruscos hacia el cielo. Tenía cuatro perros y un baúl en el que guardaba los vestidos que las señoras a las que les lavaba y planchaba, le regalaban. Sólo aceptaba los confeccionados con telas delgadas, vaporosas y de colores chillantes y fuertes en rojo, amarillo, verde, morado… Satanás era el perro consentido y su confidente. En el baúl, junto con los vestidos debía guardar sus recuerdos pues todos los días, como ritual, se hincaba, imploraba y rezaba. Al final, besaba esa caja de madera.

Subía y bajaba la cañada en la que había hecho una casita de madera y láminas de cartón; recorría el pueblo de norte a sur y se le veía por todas las colonias.

Ese día subió lentamente por la cañada.

-Señor, dame paciencia, que los demonios me dejen en paz y pueda yo ser feliz por fin y pueda encontrarte y no te me escondas gran cabrón.

Cuando llegó respiró un olor a quemado, abrió la puerta y los cuatro perros aullaron lastimosamente como pidiendo perdón. Metieron la cola y se le arremolinaron entre las piernas. Satanás lloró y se tiró al suelo.

– ¿Qué pasó animales del infierno?  ¿Qué hicieron Satanás?

 El baúl de madera totalmente calcinado y montones de ceniza esparcidos por el piso. Dando enormes alaridos crispó sus manos al cielo.

– Señor, piedad Señor, ¿Por qué me castigas así?

¿Qué hiciste Satanás? El vestido para mi boda me lo quemaron desgraciados. Y ahora ¿Qué le digo a mi Juancho?

Como poseída por el demonio corría y se hincaba: recogía cenizas que se le escurrían entre los dedos; lloraba y se frotaba con ellas todo el cuerpo. La cara se le llenó de un negro fantasmal y los ojos le brillaban macabramente. Amarró los perros y salió dando aullidos. Cerró la puerta, hizo la señal de la cruz hacia el cielo, roció con combustible la madera. Le prendió fuego y al instante las llamas envolvieron toda la casa. Los perros lloraron lastimosamente como pidiendo perdón. Allí murieron los cuatro.

-Señor, ya está la obra consumada. Tú que todo lo ves y que hoy te fuiste de paseo –como hace 40 años- para no ver mi      sufrimiento y para no ver a los perros quemar mi baúl…

-SEÑOR, CONCEDEME SEÑOR, MI ULTIMA PLEGARIA.

– Vieja, ¿no ves cómo la Soledad Purificación ya araña los suspiros de la juventud?

– Sí, viejo, qué bonita es nuestra hija, ¿verdad?

Soledad Purificación era una joven de gran belleza que le brotaba por las esquinas de sus 17 años. Terriblemente bella, cabellera negra, muy negra, esbelta como junco de la poza, una cintura que le temblaba en el vestido y unos ojos azul turquesa en su cara morena. Era toda una belleza, sencilla, pueblerina y alegre.

– Mamá, ya dieron la segunda y me voy a misa.

– Sí, mi’ jita, cuídate y regresa pronto.

El pueblo era más una comunidad rural que otra cosa. Pocos habitantes y una iglesia de piedra, herencia de los Franciscanos.

Desde hacía varios domingos un joven pacientemente esperaba en la placita, frente a la iglesia, que Soledad Purificación asomara por la veredita de la huerta de Don Pánfilo.

-Allá viene, ahora sí me animaré a platicar con ella.

-Purificación, espera, no te vayas todavía. Hablaron, les temblaron las palabras y el corazón les dolió, pero al final de la misa el joven la acompañó hasta su casa. Vivía al otro lado del pueblo y se llegaba por un camino pedregoso y oscuro. La casa era de palma y breña; tenía un amplio corredor de madera de mezquite.

Cuando Juancho se despidió le robó un beso.

Soledad Purificación abrió el portoncito que daba al amplio corredor; se sintió en las nubes, cerró los ojos, apretó sus puños, se tocó los labios y entró…

¡Nunca la habían besado!

A los tres domingos ya estaba un asiento de carro por fuera, a la altura de la cocina, recostado en la pared. Allí Soledad Purificación se entregaba al deseo en los brazos de Juancho.

De aquel primer beso ya había cenizas. Ahora Purificación se incendiaba todas las noches.

Los domingos, el olor a acequia, la frescura del viñedo y el croar de las Ranas Toro de la poza, era el concierto para los besos casi dolorosos de los enamorados. La vereda de la huerta de Don Pánfilo era la cómplice de las faldas al viento para que las manos de Juancho exploraran la selva íntima de Soledad Purificación. Al remontar la vereda, el dolor de sexo les brincaba por la boca.

Y es que Soledad Purificación era una jovencita inexperta en las artes del amor. Su vestido se enredaba hacia la cintura y las piernas se le abrían como esperando a los mil sátiros de la noche.

Hacía dos domingos que la misa de la tarde la oficiaba un cura muy joven, de esos de ahora, con cabello largo y levis. A la Soledad le gustaba y el cura se prendía furtivamente en la mirada turquesa de ella.

-Padre, quiero confesarme.

Y le contó de sus inexpertos juegos del amor.

-Eso es pecado, hija mía, el amor de Nuestro Señor no es pecaminoso, pero tú debes controlarte para que no cometas pecado mortal.

Juancho tuvo que salir a otro pueblo y regresaría como a las dos semanas.

El martes, como a las diez de la mañana, Soledad Purificación atravesó la veredita y llegó a la iglesia.

-Padre, vengo a confesarme.

-Pásale hijita, vamos a la sacristía para que nadie nos moleste. –y el Diablo soplaba un aliento caliente que les palpitaba en el pecho-. En la sacristía estaba una mesita más o menos limpia con los ornamentos del culto. Había unos libros, sillas y bancas desparramadas. En una de las paredes, una enorme cruz de madera con Jesús crucificado. Enfrente estaba un camastro o camapé.

-Ven hija, aquí estaremos más cómodos.

  -Pues sí Padre, Juancho me enardece y me olvido de todo; me acaricia los muslos y me cubre de besos los pechos y casi se me salen, padre… y yo lo quiero mucho, Padre, ¿qué hago? ¿es pecado?

-Hija mía, no es pecado amar así.

La falda de Soledad se había subido hasta la mitad de los muslos; sus piernas se abrían y cerraban rítmicamente.

El sacerdote se acercó hasta respirar su piel. La besó, se besaron, la recostó en el camastro y la penetró y desvirgó.

La enorme cruz de madera con Jesús crucificado se desprendió y destrozó la cabeza del cura. Soledad

Purificación salió en un alarido, con sangre y masa encefálica en su falda.

Nadie supo de dónde llegó. Era una mujer plantosa y denotaba belleza con una mirada seca y misteriosa. Cabello largo, negro y descuidado, cara morena con ojos profundos, mustios, tristes y azules como turquesa. Tenía como 20 años muy maltratados.

Iba y venía por todo el pueblo y dormía en cualquier lugar. Vestía ropas vaporosas en colores muy chillantes. Usaba una flor arriba de la oreja, collares y aretes enormes y coloridos; remataba su atuendo una sombrilla, también en color muy fuerte. No importaba que hiciera frío o calor, no importaba cielo despejado o nublado, ella usaba su inseparable sombrilla y su inseparable flor, natural o artificial, no importaba.

Los jóvenes trataron de acercársele y siempre fracasaron, nunca contestó sus saludos y piropos; ni siquiera volteaba a verlos, siempre su mirada fija al horizonte, esquiva, pero firme y seca. Desde entonces la llamaron LA MISTERIOSA.

Construyó una casita sobre la planicie del cerro del Sesenta. Se dedicó a hacer mandados, lavar y planchar ajeno, pero siempre en su casa pues era enemiga de que la invitaran a pasar; recogía la ropa en el corredor y allí la entregaba. Jamás la vieron entrar a la iglesia, y era raro pues diario pasaba frente a ella, volteaba y se detenía, miraba fijamente a la puerta, sus ojos adquirían una tristeza dolorosa, luego adquirían una dureza poco usual, miraba al cielo y con su mano derecha señalaba hacia la campana y se retiraba. Todos los días la misma ceremonia y a la misma hora.

 -Señor, aquí está Satanás, mi fiel compañero, él sí me escucha y me entiende, ¿verdad Satanás? Y el perro movía la cola y la cabeza como si entendiera la plática…y debe haberla entendido pues platicaban todos los días.

-Yo también lo entiendo, Señor, pues es mi confidente y le cuento todo mi pasado, él lo conoce y me comprende.

Los otros tres perros como que respetaban los diálogos pues se echaban alrededor.

Por las noches, como a las once, la plática se tornaba ágil y nutrida. Los vecinos de esa parte del Barrio y de la montaña, al principio se sorprendieron del murmullo de la casa de La Misteriosa. Después se hizo costumbre. Nadie se atrevió acercarse para escuchar.

La Misteriosa poco a poco, año tras año, se fue secando por fuera y por dentro. Como siempre miraba para abajo, al piso, se fue jorobando, encorvando como árbol viejo. Eso sí, diariamente siguió recorriendo el pueblo, incansable, con bolsas de mandado o desperdicios que juntaba por las calles, llena toda ella de vientos podridos y vestidos vaporosos en azul, rojo, amarillo, verde. Su flor y collares fueron perdiendo su lozanía y brillantez; se fueron opacando como su vida. Sus zapatos se gastaron al igual que su estatura. Su figura estrafalaria se fue diluyendo como el agua que se escurre entre las piedras. Su paso también se fue encorvando y se hizo cada día más largo y lento, largo como su misterio y soledad. Sus piernas, antes hermosas y bien torneadas, se le enchuecaron como horqueta… se le fueron secando como el alma.

-Así vivo y vives Satanás, sola, sola pero a la vez muy feliz con mi mundo en el que caben solamente ustedes mis amigos y confidentes, a nadie le falto y nadie me falta…¿Cuántas veces habré muerto en este pueblo de montañas? ¿Cuántos años recordando el olor húmedo de la acequia de la huerta de don Pánfilo? ¿Recordaré todavía, Satanás? ¿No será en realidad el recuerdo de un pasado sin tiempo? ¿No seré el fantasma de un pasado que no pasa? ¿que no existe? ¿Cuántos años recordando aquel cristo maldito que me destrozó el alma en la sacristía? Aquel maldito cristo que le partió el alma y la cabeza al cura de la iglesia. Aquel maldito momento que destrozó mi vida y mi alma.

Cuando platicaba este episodio a Satanás, el perro lloraba y se acostaba en sus pies. Los otros tres lloraban quedamente acompañando a Satanás.

-No lloren, no llores Satanás, ayer me habló Juancho, ya regresó y mañana nos vamos a casar, estoy muy contenta. Extrañaré los olores de la acequia y el verdor de las uvas, pero amo mucho a Juancho y me iré con él…luego vendré por ustedes, Satanás.

Otro día de que quemó su casa con los perros adentro, la encontraron muerta en la sacristía de la iglesia.

Tenía un papel en las manos.

 “SEÑOR, CONCÉDEME SEÑOR, MI ULTIMA PLEGARIA.”

“Tú te olvidaste de mí para socorrer a otros y a mí que viví mi muerte despacio, me dejaste sola para que muriera a pedazos, a salto de muerte. Y todo por amar a Juancho, Señor, y tanto que te busqué en la iglesia de mi pueblo, por la acequia y en el canto de las ranas-toros. Tanto que amé al Juancho y al cura aquel martes por la mañana. Tanto que te he buscado en este pueblo porque me dijeron que aquí estabas y ya ves, se me acabaron los zapatos, los calcetines, las tobis, mis hermosos vestidos, mi flor y mis collares… mi sombrilla y el alma, se me secó el alma de tanto buscarte, cabrón y nunca te encontré. Te hiciste como los mequetrefes, te escondiste entre los ricos, los malos, los corruptos… a esos siempre los ayudas porque siempre les va bien. A mí me llevó la chingada desde aquel día en que el cura me desvirgó   en la sacristía. Tantos años buscándote en este pueblo de montañas y minas, de tristezas y pobrezas. No te encontré porque estás escondido en la vulva del mar … al mar nunca fui.

Hoy muero Señor, porque ya me enfadé de buscarte, porque murieron quemados mis amigos, porque ya me enfadé de esta gente de vivos-muertos. Muero en la sacristía como morí hace más de cuarenta años, allá en mi pueblo.

¿Acaso no conociste mi pueblo, Señor? ¿O también traías otros afanes y no conociste ni a mis padres, ni a Juancho, ni al cura que me desvirgó?

¿Por qué no fue Juancho, Señor?

¿O a él le hubiera caído el mundo encima?” Alea Jacta Est.- 17-08-17.- Miembro de ESAC


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