Regresé de B.C. y me alcanzó el huracán

Un compañero maestro me dijo que el huracán Odile se acercaba peligrosamente

En el mirador de Loreto un compañero maestro me dijo que el huracán Odile se acercaba peligrosamente al sur de la entidad y que posiblemente tocaría tierra por Cabo San Lucas y San José. Me mostró la trayectoria del meteoro. Le hablé a mi señora pero mi celular ya no respondía por no tener carga. Llegamos y acomodé la camioneta recién comprada junto a la Murano en el patio trasero que tiene un tejabán de láminas de fibra de vidrio. Todos sabemos de los estragos de guadaña que el huracán dejó caer en la entidad. Abrí las ventanas de la cocina para sortear el calor por la falta de energía eléctrica. Desde allí escuché el lenguaje de guerra del meteoro: aullidos bestiales del viento, lamentos de muerte de las láminas y la estructura del tejabán, golpes secos de objetos pesados, el tambor cascado y poroso de la lluvia que a ratos chicoteaba la casa y láminas, y los instantes de silencio para luego desatarse el infierno de los ruidos del demonio. Estoicamente, con las manos sobre la barbilla reclinada en la barra miraba el techo que producía chasquidos de muerte. Poco a poco las láminas fueron cediendo a los mordiscos de Odile y en cada instante las tinieblas de la noche-madrugada entraban por mis ojos y germinaban en el cerebro rogando a San Charbel que ninguna cayera sobre las camionetas. Miré una sombra sobre una ventana, rodó y quedó quieta frente a la puerta del comedor. Tomé la linterna y pedí a mi esposa que me ayudara con la puerta para abrirla y arrastrar de alguna manera la lámina pues temía que con el fuerte viento se elevara y golpeara alguna de las dos unidades motrices: “Estás loco, cierra esa puerta, no ves que el viento está muy fuerte”, me gritó mi esposa. A las ocho de la mañana, con ráfagas todavía fuertes, abrí la puerta y con asombro observé muchas láminas –la mitad del techo- a los lados y debajo de las camionetas. Las fui retirando y en una parte de la barda están recostadas, con los estragos de una batalla campal. Ni modo que me apunte en la estadística del Fondo Nacional de Desastres porque ya sé, bien que sé, “cómo masca la iguana”. Desde ese día sufrimos por la falta de agua, luz, televisión y teléfono: los servicios poco a poco se fueron restableciendo no así el teléfono, que hasta este día (martes 30 septiembre) permanece mudo y por ende no cuento con servicio de internet. Le informé al compañero Eliseo Zuloaga, de El Peninsular, que esta colaboración la pasaría a una memoria y se la llevaría para la publicación de mañana miércoles. De Peninsular Digital no tengo idea dónde pueda llevar la memoria. Una de mis nietas ofreció su computadora e internet y no tendré necesidad de llevar la memoria a Eliseo. Así mis contactos recibirán la colaboración. Hoy martes a las 11:40 AM, funcionó el teléfono y obviamente internet. Ya podré enviar esta colaboración.

En la familia estuvimos fuera del mundo por varios días ya que no tuvimos noticia “del mundo real” –como dice el merolico López Dóriga- En retazos nos fuimos enterando de la catástrofe de Los Cabos. De Mulegé no sabíamos nada. La fuerza de la naturaleza, una vez más, nos demostró cuán indefensos somos ante los designios que desde hace miles de años nos alertaron nuestros padres mayas. No escuchamos el corazón de la madre naturaleza y nos creemos los dueños del orbe. Ante las catástrofes como los huracanes y terremotos somos los seres indefensos y mostramos la cuerda sensible que por el temor irrumpe entre la maraña de rencores, envidias, cinismo, corrupción y por las grietas del alma que ya casi está seca porque “el amor a la vida material” ha permitido que el ser humano ya no tenga tiempo de mirar al firmamento, el cántico de los ríos y la lluvia amiga, la sonrisa de los niños, la cola y ojos risueños de los perros, un bello atardecer, el nacimiento de hijos, nietos y bisnietos. Esa cuerda sensible del amor a la vida, a la naturaleza y la tesis del “que tú y yo somos uno”, irrumpe en las catástrofes y en esos intensos momentos del cántico dolido de la naturaleza, nos vuelve a nuestro origen universal de que el ser humano no está en la tierra para negar la vida y negarse a sí mismo. Odile nos dijo al oído que la carrera torpe del humano político, el amor enfermizo por poder y dinero y la sociedad enajenada están levantando la muralla de la destrucción ya que el meteoro nos agarró como a una mariposa clavada en la pared de la sinrazón…Mi correo: raudel_tartaro@hotmail.com

PASEMOS EL RUBICÓN: La fuerza de la naturaleza nos demostró cuán indefensos estamos –como una mariposa clavada en la pared- Pero nos enfrentó también a la otra naturaleza: a la naturaleza soterrada de los que ante la falta de autoridad tiraron a la mierda la cuerda sensible de la ecuanimidad y actuaron como animales irracionales saqueando la propiedad ajena. Los que en Los Cabos arremetieron contra las negociaciones demostraron que son parte de la horda salvaje que sin las normas coercitivas son capaces de crear más caos que un huracán o terremoto… y me pregunto: ¿el sudcaliforniano de pura cepa, el que está enraizado en el olor a tierra mojada de la campiña, el que añora el mogote y paisajes de Caduaño, La Ventana y Los Planes y el que ama su pasado sudpeninsular, sería capaz de saquear los comercios? ¿Quiénes crearon las hordas de Los Cabos? Alea Jacta Est. 01-10-14


* * *


Anúnciate en Peninsular Digital

 

¿Quires anunciarte en Peninsular Digital?

Aquí puedes descargar nuestras tarifas.

Email de contacto: publicidad@peninsulardigital.com.