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Pablito (cuento)

Pablito era una persona adulta perturbado de sus facultades mentales

Algunos compañeros, lectores de La suerte está echada, me han pedido que repita el cuento de Pablito para guardarlo. Hoy lo hago, no sin antes señalar que el acto de Pablito fue el primero en la época contemporánea o moderna de Santa Rosalía. Cuando menos no recuerdo un asesinato ocurrido entre 1950 y 1960.

Nunca lo había visto, nunca había tenido noticia de que existiera, ni lo intuía, ni lo conocía hasta que tocó la puerta de la cocina, puerta que daba a la calle Obregón. Eran las doce de mediodía y al abrir la puerta vimos que en las manos traía una cacerola… nos pidió comida.

Pablito era una persona adulta perturbado de sus facultades mentales. Estaba inventariado en el mercado de El Boleo ya que formaba parte de la energía comercial de los changarros. Si Juan Allub sacaba una cobija y la colgaba frente al mostrador para que la vieran los posibles clientes, allí estaba Pablito. Si don Amado abría la garrafa de nieve para vender un cono, allí aparecía Pablito como fotografía. Si don Matías dormitaba con sus antiparas prendidas apenas en la punta de la nariz, allí aparecía Pablito para cuidarle el sueño. Si el policía Domingo hacía su rondín o se recostaba en el marco de la puerta del changarro de Manuel Cota o el de Jacinto González, por allí pasaba Pablito saludando al policía, antes de llegar al changarro de doña Lupe, que era su patrona. Recorría todo el mercado haciendo los mandados de los comerciantes: iba a La Ciudad de Álamos, a la tienda del Boleo y la Tractolina, a la botica Central de don Chema Espinoza, al correo, al telégrafo, a la aduana y el muelle, con Nayo Corona y El Encanto, en el sitio de taxis.

Su personalidad inconfundible asaltaba todos los rincones del mercado y del callejón donde estaba la cafetería de doña Lupe, su patrona. Pablito era una persona muy alta, delgada y “corriosa,” de manos grandes y toscas, su cara dura como de piedra rematada en unos pómulos pronunciados y una nariz aguileña. Su voz grave y ronca como salida de entre unos trapos mojados que dificultaban su garganta. El callejón del mercado era su propiedad absoluta; nadie se la discutía porque allí amanecía y anochecía. Todo el día hacía mandados: acarreaba cajones con verduras, iba al pan, partía leña dos veces al día muy cerca de la puerta de la cocina para que la hornilla siempre tuviera la comida y el café listos para sus abonados de los talleres de la fundición y del muelle. El mejor café de talega se tomaba en esa fonda. Un lado de la puerta tenía un cajón en el que descansaba de la carrilla diaria; lo cuidaba con mucho esmero. Llegaba, lo sacudía y limpiaba, lo acomodaba y se sentaba a esperar que su patrona lo llamara para el café o para desayunar. Estiraba sus largas piernas, cruzaba los brazos y cerraba sus ojos de águila. Todos los días la misma ceremonia antes del café o desayuno, como un ritual.

Era un alma de Dios que nació para obedecer; era un niño grande y un mastín manso y tierno, como avecilla. Su mundo era ese y lo encerraba en el poco entendimiento que tenía: no sabía lo que era amor, pero amaba sobre todas las cosas, no sabía de envidia ni rencores. El viernes a las siete de la mañana se disponía a hacerle honores a su cajón ya que había partido leña y hecho los mandados. Pasó el maloso del pueblo y se lo pateó rodando como unos dos metros. Pablito lo recogió, lo acomodó donde siempre, se sentó y lloró.

¡Pablito! Le gritó la patrona. No se movió. ¡Pablito, Pablito! Te estoy hablando para que tires los asientos del café. Tampoco acudió al llamado. Salió doña Lupe y lo jaló de la camisa. Te hablo grandísimo flojón, tira los asientos del café y parte más leña. Te voy a castigar y no te daré desayuno. Obedeció y su alma entró en un torrente de leños encendidos. Le entregó el hacha y lo volvió a jalonear. Si lo hubiera observado no le entrega el hacha ni lo maltrata. Pablito permaneció inmóvil apretando el mango del hacha, sus quijadas duras y las venas de la sien se le saltaron. Doña Lupe dio media vuelta. Un chasquido de muerte recorrió todo el callejón. De un hachazo le partió la cabeza y la masa encefálica llenó los hombros de doña Lupe. Sesos y sangre salpicaron la cara de Pablito que se sentó en el cajón y empezó a llorar.

PASEMOS EL RUBICÓN: Nunca lo había visto, nunca había tenido noticia de que existiera, ni lo intuía, ni lo conocía hasta que tocó la puerta de la cocina, puerta que daba a la calle Obregón. Eran las doce de mediodía y al abrir la puerta vimos que en las manos traía una cacerola… nos pidió comida.

Mi esposa y yo vimos cuando por la Obregón dos policías lo llevaban a la cárcel que estaba muy cerquita de nuestra casa, en una lomita.

Se sintió cansado y durmió. Cuando despertó buscó su cajón, el hacha y su callejón; respiró hondo indagando el olor al café y la tierra húmeda de su callejón. Recordó que miró a su patrona entre un charco de sangre. La sangre sí la conocía, pero la muerte no. Volvió a llorar.

 A los días tocó la puerta de la cocina con una cacerola para que le diéramos comida. Desde entonces todos los días a la misma hora nos entregaba el recipiente y mi señora le daba alimentos.

Traté de platicar con él y nunca me contestó. Un día por fin me dijo: “allá estoy derritiéndome y doña Lupe cada tres días llega a abrirme la boca y me grita que si dónde dejé el hacha.”

Cuando inauguró el chasquido de muerte que retumbó y se amontonó en todo el callejón recién regado empezó a perder la noción de vida; su mundo mágico se derrumbaba, perdió la lista de los mandados y su cajón se rompió y se le extravió el universo lleno de estrellas que también era su propiedad. Nunca supo por qué doña Lupe le abría la boca buscando un hacha.

 Un día lo extrañamos y luego preguntamos por él al policía que hacía guardia Pablito ya se murió, nos dijo. (Tomado de mi novela: “Sueños de metal y lumbre) Alea Jacta Est  29- 09 16.- 14-12-17.- Miembro de ESAC


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