Misión de San Ignacio de Kadakaamán

Históricamente la Misión de San Ignacio se fundó en 1728

Históricamente la Misión de San Ignacio se fundó en 1728 por el misionero Jesuita Juan Bautista Luyando en el fértil oasis formado por el río San Ignacio, interrumpido por su famosa presa, escenario que sirve para el esparcimiento de los lugareños y visitantes. Allí se han asentado bares, cantinas, carreras de caballo y peleas de gallo, carpas de circo, y, hasta un estadio tenemos hoy.

A ese bello oasis llegué a trabajar un mes indeterminado de 1959, por decisión fulminante del inspector escolar Francisco Palencia. De hecho allí empecé mi peregrinar en la docencia ya que es la época en que verdaderamente mi alforja se empezó a llenar con el ABC del tiempo y el magisterio. Considero que mi formación docente se forjó en ese oasis, teniendo como ejemplo al maestro de maestros Gilberto Valdivia Peña, que abrió mi conciencia al magisterio y el amor a la educación. Me asignó sexto año y en ese grado trabajé hasta que por fin, en 1965 –si mal no recuerdo- me cambiaron a Santa Rosalía.

En la escuela Vicente Guerrero, de ese bello oasis, forjé mi personalidad docente y me fui “haciendo hombre de mundo.” Conocí la verdadera amistad de maestros y pobladores. De inicio la planta docente estaba formada por los compañeros: Luis y Adolfo Manríquez, Arturo Apodaca, Epifanio Fiol, José Miranda, Juan Espinoza (que vivía en una casa dentro del perímetro de la escuela, y era casado), las maestras Juana Carmona, Chata Ruiz, Consuelo Peralta y Rufina Melgar en el jardín de niños, y yo, con la dirección del maestro Valdivia Peña. Como solteros que éramos muy luego nos relacionamos con los jóvenes de la comunidad que nos ayudaron a buscar donde nos dieran los alimentos ya que como hombres solteros todos vivíamos en el internado de la escuela. El maestro Adolfo el mismo 59 recibió su cambio y se vino para esta ciudad. Los demás duramos hasta el 64-65. Siempre comimos en el mismo lugar Apodaca, Luis, Epifanio, Miranda y yo. Nos asistimos con doña Andrea, nos corrió por desmadrosos y nos rescató la esposa de don Pilar Cota, luego Hercilia Ceseña, hija de don Vidal Ceseña. Con Hercilia cultivamos una gran amistad. Un día, después de comer, estábamos recostados en un carro cuando dobló la esquina “del callejón” un joven despistado que se miraba asustadizo, delgadito tirando a flaco, feíto tirando a feo, moreno tirando a mezquite. Nos vio, le cambió el semblante y se acercó. Se presentó: era el nuevo maestro: “Soy Salomón Ojeda,” Desde entonces se integró a la tropa y siempre fue un gran compañero. Allá en San Ignacio nos enamoramos todos, pero solamente Miranda y Salomón se casaron con ignacianas. Yo regresé a mi pueblo minero el 64-65 y allí me casé.

Por esa época ignaciana fui al norte a comprar un carro. Ya tenía un Chevrolet 52. Compré un Ford Fairlane 1956 que fue la sensación de Cachanía y San Ignacio. De lunes a viernes andaba en mi 52 y sábado y domingo en mi fairlane, de puro mamón que era. El cincuenta y dos no lo podía vender. Para ese tiempo ya comíamos en casa de mi compadre Abel Aguilar y su esposa Hilda Ceseña, hermana de Hercilia. Un día sacamos cuentas y les vendí el Chevrolet ¡por comidas!

A San Ignacio lo guardo en mi memoria como genealogía, como la casa que abandoné por necesidad, pero que siempre me espera como el remanso al que se llega cuando se está a punto de perder en la vorágine de cementos y olvidos. Y es que allí aprendí a ser maestro, a aquilatar la amistad, la concordia y la fraternidad: Gilberto Valdivia en primera línea, luego los compañeros maestros y maestras, y después, en una sola alforja mi compadre Abel y su esposa, Hercilia, su padre y su mamá, Luis Castro que nos fiaba cerveza todo el año y le pagábamos con un préstamo a pensiones en verano, Alberto Patrón que me llevaba a cantar Cecilia a su novia del mismo nombre, las serenatas con Hercilia donde una ocasión el profe Valdivia, lleno de contento miró una caja repleta de corcholatas de cerveza que don Vidal guardaba no sé para qué, se agachó, tomó un puñado y las tiró al viento; parecía niño juguetón. Y es que don Vidal tenía cantina que atendía junto con Hercilia. Recordar a Pino Meza, panadero del internado, y al “maistro” Arballo que era el carpintero, a Jorge y Óscar Fischer, a Licha Floriani, a Humberto Mayoral, al Tizón, a Chacho Meza, a José Luis Rumiano, buenísimo para cantar, que casó con una hija del profe Valdivia. Rumiano y yo durábamos hasta cuatro días cantando en las fiestas de San Ignacio. Hoy tenemos capacidad para seguir cantando –porque lo he escuchado-, pero ninguna posibilidad de contratar marichi, al señor Gurrola y su hija Yaky, a Arnoldo y Judith, a Güera y Lupe Zúñiga, al señor Piña que era administrador de correos, a Sergio Cosío, a don Chuy Ramos que era jefe de telégrafos, a los músicos que nos acompañaban en las serenatas: Ramón (el trompeta), Jacobo, Plácido y otros que no recuerdo. Mi correo: raudel_tartaro@hotmail.com

PASEMOS EL RUBICÓN: De acuerdo con el dato histórico, ayer lunes 31, San Ignacio festejó su 289 aniversario de fundación. Un abrazo solidario para los residentes y para los que asistieron a los festejos. Un abrazo para los que ya se adelantaron.

En la década del 70-80 concurrí algunas veces al oasis ignaciano y desde la plaza lacé mi denuncia contra el gobierno. La tienda de don Vidal y Hercilia estaba muy cerca. Me escuchó don Vidal y le dijo a Hercilia y parroquianos: “este no es el mismo Bobby que daba serenatas antes.”

En julio de 1996 siendo director de Bienestar Social en el trienio de José Manuel Rojas Aguilar, me tocó organizar las fiestas de San Ignacio. Escribí un poema alusivo y lo leí en la inauguración. Para la presente entrega lo busqué y no lo encontré. No usábamos computadora todavía.

Antes de la ceremonia revisaba para que nada faltara: sonido, mamparas, mobiliario, en fin. Caminaba para un lado y otro indicando lo que había que colocar. De repente alguien me toca el hombro como dos o tres veces, volteo y la persona me dice: “¿es usted el presidente municipal?” Muy serio le contesté: “no compañero, hace como 16 años quise ser y no pude, no, el presidente es aquel, y apunté adonde estaba Rojas. El chofer del alcalde me escuchó y por donde quiera platicó la puntada. Luego supe que era hermano del Salerno, subdelegado vitalicio de San Juan de las Pilas, e iba con el alcalde a pedirle que por favor lo corriera. No surtió efecto la solicitud porque Salerno sigue en el puesto.

En compañía de mi familia y algunas veces mi esposa y yo hemos asistido a las tradicionales fiestas del oasis ignaciano. Hace dos años estuvimos en Guerrero Negro y mi esposa se negó a que fuéramos.

Hoy recordé nuevamente las fiestas tradicionales, aunque Rumiano y yo ya no atronemos con nuestras voces en la plaza del lugar. Desde esta ciudad que yo no es pacífica, aunque el gobierno pretenda un malecón de “clase mundial” (para ir a pasear el hambre) envío un saludo cordial y un recuerdo para los ausentes que nombré. Alea Jacta Est.- 01-08-17.- Miembro de ESAC.-


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Una Respuesta de Misión de San Ignacio de Kadakaamán

  1. Rafael Amado Villavicencio Floriani 02/08/2017 en 3:52 PM

    Excelente narracion Profe,saludos desde San Ignacio todo bien en este oasis.Saludos.

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