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Y llegó a la orilla de su río

28 noviembre 2014

Los mineros se sentaron en las bancas del Chorizo a esperar su muerte, muerte que ya los alcanzó; el compañero Quicón González se sentó en el corredor de su casa en su silla preferida, frente la casa de Panchulín, a contar los recuerdos y esperar su muerte… muerte que ya lo alcanzó el 28 de noviembre de 2014, hace ya tres años…

Los años pasan volando, tan volando, que parece hace unos meses que fui a visitarlo al hospital.

Algunos Cachanías, amigos comunes, me pidieron que repitiera lo que le escribí en 2014, solicitud que hoy cumplo:

Escuchad y observad/ aquella orilla que miraba desde lejos/ ya me alcanzó/ ya la alcancé…/ el eco antiguo de mis pasos/ ya no lo escucho escucho silencios…/ -silencio que preludia el silencio de mi muerte- (de Melancolía II, 2012, Bobby García)

Llegué al hospital del Issste porque una vecina nos informó que el compañero Quicón estaba muy enfermo.

Recién había regresado de Cachanía después de haber ido a su casa…llegué, llamé a la puerta y nadie me contestó. Como en Cachanía todavía hay muchas familias confiadas, dejan la puerta sin seguro. Abrí, miré un control, tomé un pedazo de papel y escribí: “Compañero Quicón: vine a verte”. Dejé el recado debajo del control de la tele. Salí y otro día regresé a esta ciudad. Aquí me enteré de su gravedad.

Llegando al Issste miré uno de sus hijos que me informó que estaba en el primer piso cuarto 28. Tomé el elevador, miré el orden de los números y llegué hasta su cama. Su esposa me recibió. Lo miré postrado tal como están los muy enfermitos que andan tocando puertas sin deseo de que les abran. Ya en Cachanía había estado hospitalizado; me informaron que allí estaba y lo visité. Platicamos: “profe, aquí como me ve –y me mostró su brazo intervenido con manguera y suero- es la primera vez que me ponen suero y la primera en que caigo al hospital”. Tienes que ponerte bien para tomarnos unas cervezas en la Progreso y cantar, le dije.

 El miércoles 26 lo visité en su cama aquí en La Paz. Le froté el brazo intervenido, le hablé despacio. Enseguida casi le grité: “¡Compañero Quicón, soy el Bobby, acuérdate que quedamos en ir a la Progreso para tomarnos unas cervezas, no me falles!! Me contestó con un grito fuerte, gutural, que le salió del alma y retumbó todo el cuarto. Le tembló el cuerpo y el sonido de su garganta por la magia del pensamiento se hizo red de pasado y presente, tiempo sin tiempo en el que nos conocimos, nos encontramos y trabajamos juntos en el ayuntamiento de Mulegé. Ese grito del alma fue y es recuerdo como presente de un pasado sin tiempo en el que él y yo compartimos verdaderos espacios de humildad donde lo único importante fue la amistad, la concordia, la solidaridad, sin envidias ni traiciones. Ese grito de su alma recorre las distancias sin distancia ni tiempo. Siempre será potente y fuerte como cuando brotó el 26 por la mañana en el hospital. Ninguna distancia lo mermará y lo adelgazará porque el compañero Quicón siempre fue así: recio, amigo, dicharachero y charrero. Al mal tiempo lo mandó a vagar entre las sombras de los rincones y de sus manos y ademanes siempre miré que brotaron estrellas y mariposas.

Estaba en la computadora cuando sonó el teléfono. Hilda, esposa de Chévere Armenta –nuestros vecinos- le informó a mi esposa: “Nos avisaron que ahorita acaba de morir el Quicón”. Mi esposa me trasmitió el recado: eran las 8:30 de la noche del viernes 28 de noviembre.

Y me reencontré con los recuerdos: –esos que nunca se hacen viejos ni se adelgazan- Enrique (Quicón) González de la Toba, fue un hombre que por todos lados se anduvo tropezando con la amistad y la camaradería… fue buenísimo para contar y encontrar amigos. En los casi cinco años en que me atreví a ser funcionario municipal en Mulegé, el equipo de trabajo en el que me inscribí siempre me tuvo aprecio y consideración. Los malos ratos Quicón los salpicaba de una puntada o charra. Formamos un gran equipo y la bujía fue el Quicón. A todos los estimo y hoy tengo que guardar en mi memoria, como se guardan los ecos de esas tardes nostálgicas y rumorosas, la presencia del compañero Enrique González de la Toba que me entregó una amistad que pasaba lista de presente cada vez que iba a mi pueblo. Hace unos meses en “la casa de los músicos” la farra y la bonhomía nos mantuvo enredados entre notas musicales y guitarras: “esta le va a gustar, profe, casi estoy seguro que no la ha escuchado”, me decía el compañero Tolo. “A padilla no le gustaba que tomaran su guitarra” apuntó Fredy Martínez. Cachanía tiene un alma trovera y musical: cantamos todos y todos bien cantados. Quicón se fue con ese sabor de música y allá en el cielo recordará a su esposa, le contará charras y a sus hijos los llenará de buenos deseos. A sus compadres, sus amigos y compañeros les entregará un recuerdo que vagará por siempre en ese grito que me regaló en el hospital del Issste. Mi correo: raudel_tartaro@hotmail.com

PASEMOS EL RUBICÓN: “Compañero Bobby: no tengo más que regalarles en esta hora de mis horas. Escucho muchos murmullos, y pasos, y silencios, y voces que se van apagando, pero otras casi no me dejan escucharlos… por eso te grité tan fuerte para que nada lo desmorone y se pierda en el silencio. Es lo que les dejo: mi último aliento… en esta hora no tengo nada más, mas que mis manos llenas de estrellas y mariposas… aquella orilla que miraba desde lejos ya me alcanzó, ya la alcancé… ese silencio que preludia el silencio de mi muerte ¡y la vida de mi vida…! y los ecos de mis pasos que alcanzarán las cuatro esquinas de mi casa…” Alea Jacta Est. Un abrazo para su esposa, hijos y demás familia. 3-12-14


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