La virtud desnuda

En el internado de varones la raza nos dedicábamos a mil cosas, hasta a estudiar

En el internado de varones la raza nos dedicábamos a mil cosas, hasta a estudiar. Muchos tomábamos el patio y el canal de lámina del techo del cuarto siete, por donde corría el agua cuando llovía, para jugar beis, voli y básquet. Hasta ring para boxear. Por el pozo del agua y en la “selva” teníamos los escondites para cuando brincábamos la barda y “los vampiros” nos ponían el dedo con el administrador que se pasaba la noche y madrugada vigilando por donde sabía que podíamos brincar al regresar. Los escondites también nos servían para cuando pedíamos prestado a los vecinos gallinas, gallos, patos ¡y hasta guajolotes! Unos días de 1956 o 1957 se observó una conducta distinta en los “olvidados del internado.” Los grupos nos juntábamos por las tardes a contar el dinero que habíamos “ganado.” Cada grupo hacía lo que tenía que hacer para juntarlo: unos pidiendo prestado pan, latas de dulce de durazno, pera, piña, de la despensa, otros en el viejo oficio de agandallar gallinas, gallos y guajolotes, otros tomando prestado levis originales, unos más recorriendo las calles pidiendo limosna, en fin, en esos días la actividad fue inusitada. Y a contar el dinero por las tardes. Teníamos una comisión para que fuera y se enterara del día que esperábamos. Y lo esperábamos como si fuera lo último que haríamos en vida. Por las noches nos reuníamos –el grupo- para hablar mil fantasías sobre el día tan esperado. Respiramos tranquilos cuando aseguramos el dinero para concurrir a la cita que nos tenía muy inquietos. Creo que la mayoría soñaba y era actor estelar en el episodio que viviríamos. No teníamos idea clara de qué tan impactante sería la visión fantástica que esperábamos, pero de que sería algo muy especial no teníamos la menor duda. Por eso la inquietud que nos embargaba. Por eso la tarea de vida o muerte para conseguir el dinero necesario. Nadie del grupo debería quedar fuera de la odisea. Por fin la comisión informó el día y la hora del acontecimiento. “Ya están los cartelones, las fotos de una tal Columba Domínguez, Víctor Junco, Joaquín Pardavé y Ninón Sevilla,” nos informó la comisión. Ahora sí estábamos seguros del acontecimiento que esperábamos, tal como si fuera un “encuentro del tercer tipo.” Para la palomilla sería un encuentro que palpitaba y recorría todo el cuerpo. No sé si sería un encuentro del tercer tipo, o del quinto mundo, pero era un encuentro con algo que el humano trae prendido desde que tuvo razón de ser, aunque no supiera qué era.

Y es que desde hacía unas semanas nos habíamos enterado que en el cine California –donde en los tiempos modernos pusieron La Sirena y La Parisina- pasarían una película pornográfica en la que salía una mujer desnuda. Y era una noticia impactante porque el tema de la pornografía se mantenía casi prohibido y era tabú en la sociedad y la familia. Era en sí un tema desconocido. Y pasar en el cine una película pornográfica era romper con la moral y las costumbres. Y pasarla en 1956 o 57, fue una noticia que impactó a los desarrapados del internado ya que, como casi toda la sociedad, no teníamos experiencias pornográficas, ni fotos de mujeres desnudas y mucho menos verlas “en vivo.” No como ahora que por todos lados hay revistas porno y en la computadora se selecciona la pornografía como cuando se va al restaurante y se pide la carta. Es tal el cambio de conducta social y sexual que en la tele salen muchachitas casi niñas aconsejando la sexualidad responsable llevando un condón en la bolsa. Hazlo con responsabilidad, informan. Por eso la noticia de que saldría una mujer desnuda desnudó todo nuestro sistema endócrino y obviamente trastocó “nuestra quieta y aletargada existencia cotidiana.” Por eso nos acicalamos para ir al cine California, no sin cierta “pena o vergüenza” porque los que nos vieran sabrían que íbamos a una función prohibida. Unos días antes de la función ya sabíamos que la mujer que saldría desnuda se llamaba Columba Domínguez. Y desde esa época no olvidé su nombre a pesar de que no soy cinéfilo, nunca voy al cine, y obviamente nunca la volví a ver en una película. Pero ese día quedó grabado en mi “pensadera” y ahorita que relato el episodio me gana la risa. Solamente la recuerdo cuando está vestida con una bata blanca anudada por la cintura y abierta de arriba. Trae una toalla en la cabeza. Se miran sus senos en dos tercios. Blancos, pequeños y hermosos. Se da la vuelta y regresa sin cinto y la bata suelta. Se ven sus calzones negros en un instante, nada más. Mi correo: raudel_tartaro@hotmail.com

PASEMOS EL RUBICÓN: La película se llama La virtud desnuda, una de las muchas películas de la época de oro del cine mexicano. Fue la primera película oficial de un “desnudo” por lo que fue censurada en las salas. La busqué por internet y la encontré. Sonreí al mirar la escena de la bata blanca y sus bubis. Y me remití al explosivo ejercicio visual de la pornografía actual: las novelas, los anuncios de casi niñas y preservativos. La “Virtud desnuda,” en aquella época fue un atentado a la moral y la virtud. Ahora simplemente es una anécdota.

Y como colofón: por los sesenta, los maestros de educación física de la secundaria de Cachanía acordaron que a la clase se fuera en short, hombres y mujeres. Fue una rebelión espartana de los padres de familia y la iglesia, al grado de amenazar con no mandar las hijas a esa clase… ¿Y ahora en qué burra anda la moral? ¿En qué escala colocamos “La virtud desnuda” de Columba Domínguez? ¿Qué nos hace falta por ver en los cines y en la tele? Alea Jacta Est. 03-11-15


* * *


Anúnciate en Peninsular Digital

 

¿Quires anunciarte en Peninsular Digital?

Aquí puedes descargar nuestras tarifas.

Email de contacto: publicidad@peninsulardigital.com.