La Marcelina y el Granaditos

Doña Libradita allí está en el codo que hace el camino para llegar al arroyo

Para desintoxicarme un poco de la demagogia, el cinismo y el irracional ejercicio de la política manejada desde el poder ejecutivo estatal -aunque no dan tregua- dedicaré algunas colaboraciones a temas amables que tomaré de mi novela La Marcelina y el Granaditos, que escribí sobre mis andanzas por la sierra de Guadalupe y San Pedro, en el municipio de Mulegé. Les entregaré dos colaboraciones –viernes y miércoles- que abarcan el capítulo 9 de dicha obra.

La comunidad de San José guardó en el rincón de los recuerdos los desgraciados acontecimientos ocurridos en los ranchos “de arriba.”  Muy luego volvieron a su tarea cotidiana de preparar los mejores dulces de la región, dulces esperados en el mercado y tiendas de Santa Rosalía, de Mulegé y San Bruno. Los frascos de dulce de papaya, toronja, de higo, de naranja y cubiertos de calabaza. La comunidad rebosaba alegría y contento. Y no era para menos: los habitantes profesaban una camaradería y hermandad. Por el camino pedregoso que se apartaba del panteón las huertas florecían, el verdor, la humedad de la tierra, los surcos repletos de tomate, chile, ajo, cebolla, rábano, alfalfa, cubrían el entorno en una alfombra verde salpicada por el sereno mañanero que hacía que el naranjal brillara en un amarillo intenso. Después del panteón y en la bajada pedregosa la visión era una pincelada mezclada en el color de la vida: el verde y caña del tular que como centinela egoísta quería ocultar el manantial cristalino que alegremente coqueteaba con las piedras apisonadas por garzas y patos, y las rodadas del camino. Los visitantes quedaban impactados por la línea entre cristalina y verdiazul que se perdía brincando en un lomo ondulado que se internaba entre el palmar y tular que venían cayendo desde el norte. De repente la línea cristalina se transformaba en un verde oscuro provocado por el tridente de Poseidón al hincar la roca y formar una hermosa poza.

La comunidad nació con venas clorofílicas y sus habitantes olían a rocío mañanero, a yerbabuena y a albahaca, a naranjas y a limones, a jacaranda y duraznos. Por sus manos, al agitarlas en saludo, salían alas de paloma y cenzontle. Al sonreír y hablar se escuchaba el trinar de cadernales, pájaro azul, calandrios. El pueblo se fue a las faldas de las dos montañas que vigilan la hondonada que pertenece al palmar, al tule y al manantial que en miles de años terminó puliendo la cara granítica de la montaña formando una caligrafía de canales angostos y anchos para que corra el agua como bendición para los pobladores. Las dos planicies de las montañas fueron asaltadas por los labriegos y empezaron a nacer: una casita aquí, otra más allá. Una un poquito para abajo y otra allí, arribita. Y todos al hablar soltaban una parvada juguetona de calandrios y cadernales.

La mía mirará el palmar desde muy arriba, decía un vecino llevando hojas de palma y barrotes hasta lo más alto de la planicie. Y así, del palmar al cerro, del cerro al manantial fueron naciendo las casas de petate, de triplay y madera, con armazón de barrotes, techos de palma y lámina de cinc.

Y todos los días, por muchos años, los saludos y los abrazos, los ademanes y los gritos recorrieron las dos planicies. Los porches, los dormitorios y las cocinas olieron a frijol de la olla, a machaca de venado y burro, a tortillas de harina recién hechas amasadas con leche de cabra y requesón. El olor del café de talega impregnó siempre todas las casas y todos los corazones. Los niños fueron felices con sus caballitos de palo de escoba, sus carritos de madera y de tambos de leche Carnation, las muñequitas de trapo y las cunitas hechas con carrizo, palma y tule.

Y si a algo huele la amistad, la concordia y la felicidad, los viejos residentes siempre olieron a alfalfa y surco, a piedra recién mojada y lluvia recién cortada. Olieron siempre a lama y palma, a humedad y tierra mojada, a tomate y cebolla, a girasol y crisantemo, a rana-toro y garza, a olla llena de cosido con calabaza amarilla y ejotes, a hueso de res con tendón color cola de carpintería, a carne y elote y a frijol de la olla, a zanahoria y a papa. A eso y más olieron los hombres y mujeres, los catres y las cuiltas, el 22 y la carabina, la montura y las espuelas, el paliacate y la hornilla, los leños y los sueños, los arrumacos y los ronquidos.

Y en aquellos tiempos como ahora, llegaban y se iban las lluvias, llegaban y se iban los cigarrones; las huertas y las casas se llenaban del canto de los pájaros… y el olor de hombres y mujeres era el mismo, y el olor de la amistad, la concordia y la felicidad por muchísimos años fue el mismo. En el verano las chicharras adormecían a los labriegos que en el corredor, viendo al palmar y el arroyo, colocaban el catre de ixtle para echar una pestañita.

Por eso el profesor Hilario Estrada Lucero se prendió del palmar y el manantial cristalino, del olor virgen de las naranjas, de la soledad y la nostalgia. Y prendido en los ojos de gata de  una morena josefina, un día y a la sombra de un naranjal así le cantó a la mujer y al pueblo: San José de Magdalena/ lindo y hermoso lugar/ donde viven las morenas/ que saben lo que es amar…// Las morenas son hermosas/ cual virgen Guadalupana/ son amables y hacendosas/ como toda mexicana…//  La madre naturaleza/ que hace cosas sin igual/ a sus tierras dio riquezas/ dotándole un naranjal…// Frutas sanas, agua pura/ flores de mil variedades/ arboleda que perdura/ todo alegrado por aves…// Estudian niñas y niños/ anhelando la cultura/ almas blancas como armiño/ flor de la patria futura…// hombres de trato sencillo/ humildes y laboriosos/ del trabajo es el platillo/ que consumen muy gustosos…// Oh pueblo californiano/ sé bendito en tu futuro/ como es el embrión al grano/ es tu niñez te lo juro…// San José de Magdalena/ tu tradición es sagrada/ trabaja como en colmena/ y tendrás fama lograda…//

Seguro estoy que Hilario Estrada, fundido en la población, en sus gentes y sus huertas, siempre olió a frijol de la olla, a café de talega y a tortilla de harina de los comales de las cocinas.

El maestro Estrada en su cántico pintó un edén que la furia del tiempo, de la naturaleza y el hombre, paulatinamente lo fue petrificando en disputas que corrieron por el agua del manantial.

Algunos pobladores y su estancia en el gran naranjal conservaron siempre el olor de la amistad y la alegría. Algunos que sortean hasta hoy los machetazos de Cronos reviven todos los días el hermoso aroma de la concordia y la amistad; son “hombres de trato sencillo, humildes y laboriosos, serviciales a carta cabal.”

Doña Libradita allí está en el codo que hace el camino para llegar al arroyo, con su tienda y sus frondosos árboles de mango. Allí la puedes buscar y encontrar en la penumbra que arropa el mostrador y sus mercancías, todo dispuesto en cualquier lugar, pero todo a mano de encontrarlo; la encontrarás vestida de anaquel y harina, de caja de refrescos y bolsa de sabritas. La encontrarás en la penumbra de su tienda y allá, al fondo, como una luciérnaga su figura menudita y encorvada brillará como brillan sus ojos cansados ¡pero despiertos! La mirarás con su bastón fabricado con cerrojos de años y remaches de silencios. Allí nos espera por las tardes y cuando nos mira entrar por la puerta, sonríe y dice: “en esos cuerpos veo mi vida cuando retozaba por las piedras del arroyo y entraba a la tienda.”  Esa vida que se escondió por muchos años entre los anaqueles y los paquetes de galletas, pero que por siempre la tuvo a raya para que no se le fuera a retozar por las piedras del arroyo. Esa vida que hoy, ya cansada, se recuesta en su corpiño y con su mirada larga estira sus ojos acariciando los de ella. Esa vida que a gritos le pide que cierre la tienda, agarren sus tiliches y se vayan a brincotear al palmar y el manantial.

Esa noche doña Libradita casi no durmió. Cosa inusual pues su sueño, desde hacía más de diez años, era tranquilo y profundo. Se levantó como a las cinco, también conducta inusual ya que todos los días se levantaba a las siete.

Al abrir la puerta que comunica a la tienda miró que el piso estaba lleno de pétalos morados y añil de jacaranda. El piso tupido de rosales y alcatraces. Una brisa madrugal mecía los pétalos y un resplandor dorado los cubría como si fuera niebla. Se vio las manos envueltas en la niebla dorada y sintió levitar sobre el piso. Toda la tienda estaba llena de ese resplandor de niebla. Desde que entró se sintió tocada por el Señor y por eso no se asustó.

La puerta principal, la que da al arroyo se abrió y entre la niebla se dibujó la silueta de una persona que se acercaba. Su caminar era desparpajado y lento como si llegara cansada. Se agarró del dintel de la puerta y entró.

Doña Libradita lo revisó de pies a cabeza: una camisa vieja, así como el pantalón de mezclilla. Zapatos toscos, raspados y llenos de tierra. Una pequeña carga de leños al hombro amarrada con una cuerda amarilla. En la mano derecha un hacha.

Doña Libradita, regáleme un sorbo de agua y envuélvame doscientos gramos de resignación, los cuatro clavos del Mesías, una tira de nostalgia y el Padre Nuestro colóquemelo en el cuello.

Doña Libradita se sorprendió por la solicitud del recién llegado.

No creo conocerlo, ¿quién es usted? – le dijo en un susurro.

Soy Tío Lalano y vengo de Agua Amarga. Allí vendí cinco cargas de leña de palo fierro y el dueño del rancho me ordenó que las echara al pozo que tiene un brocal cuarteado y los palos en los que está la polea para jalar el agua están muy podridos. Por eso no entiendo por qué me mandó tirar las cargas al pozo.

Apenas ayer pasé por La Marcelina.

En ese momento cruzó la puerta otra persona.

Venía acompañada por dos perros y traía un mecate que le caía desde la nuca.

Doña Libradita también lo revisó de arriba abajo: ropa vieja, así como los zapatos, cabellos largos y apelmazados.

¿Qué tal Melchor, todavía vives en la cueva? –le dijo Tío Lalano.

Sí, de allí vengo. Hace días que quería venir con doña Libradita, pero hasta ahorita me decidí porque como tú sabes la Cañada de don Julio es muy empinada y pedregosa y mis zapatos ya no me sirven pues ya casi no tienen suela.

¿Doña Libradita, no tiene unas botas que me regale? –dijo Melchor.

No, los últimos se los llevó Tomás, el que me ayuda en la tiende, -dijo doña Libradita.

Sin mediar palabra se colocaron a su lado, extendieron sus brazos y ella extendió sus manos. Los tres tomados de la mano bajaron el escalón de la puerta, pasaron por los árboles de mango, llegaron al arroyo y poco a poco se fueron trasluciendo hasta desaparecer. En ese instante se levantó un olor penetrante a tierra mojada, a yerbabuena y albahaca. Una parvada de cadernales, calandrios y mariposas multicolores, salieron de la tienda y pasaron el arroyo.

Octavio, en su tienda, dejó el quehacer pues se sorprendió del cántico primaveral de los pájaros. Al instante pasaron frente la tienda, luego por las casitas de Trini, que están escondidas y no están, continuaron por la cuesta empedrada rumbo a la sierra de Guadalupe. Mi correo: raudel_tartaro@hotmail.com

Alea Jacta Est.- final el miércoles.-  Miembro de ESAC.- 02-03-17


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