Terrenos en Cabo San Lucas

La Marcelina y el Granaditos (novela)

La niña de vestido verde pálido (Capítulo 4)

Los indios de la sierra de Guadalupe que soportaron la explotación y los castigos en el sótano de los lamentos encadenados a los grilletes y a los cepos, se dispersaron y se acomodaron en los ranchos que la Corona Española había vendido. La corriente que brota en el ojo de agua de la montaña occidental, recorre toda la torrentera que en miles de año el Dios Tláloc ha creado dando vida a un hermoso palmar y tular que corren por el arroyo y que como centinelas otean el horizonte. En el fondo de la cañada y el palmar, allá por el este en dirección a la costa del Mar Bermejo, familias de labriegos construyeron sus casas de palo blanco, tule, palma y barro y se dedicaron a labores hortícolas y agrícolas, además del cuidado de algunas chivas y vacas. Hasta allí llegaron algunos Cochimíes de la Sierra de Guadalupe. En el fragor de la revuelta del Cura Hidalgo algunos sacerdotes se dispersaron por el territorio nacional. Los padres Juvencio y Doroteo llegaron al caserío y luego se entendieron con los rancheros. Iniciaron la construcción de una capilla y el maestro Juan Gutiérrez Luke inició la construcción de una escuelita. Como nada tenía nombre bautizaron la región como Boca Magdalena y a la floreciente agricultura le llamaron “tierras de siembra.”

Juan y Armando, que trabajaban en el rancho El Aguajito buscando unas chivas se internaron por un cañón y encontraron una cueva más grande que las que habían visto; en la boca de la cueva muy ahumada había pedazos y cuernos enteros de venado, pasaron por los lados y entraron y vieron colgados por las paredes restos de cueros, de zorra y víbora. Se sentaron en unas piedras grandes y Armando agarró un palo que estaba a sus pies y empezó a revolver la tierra de la cueva. Descubrió un bulto envuelto en cuero de venado; lo desenvolvieron y vieron cuatro lingotes de oro. Lo volvieron a enterrar y a los días llevaron el oro a las tierras de siembra. Los sacerdotes Juvencio y Doroteo lo llevaron a la ciudad de La Paz; al mes  regresaron con un hermoso  cristo de oro que colocaron en el altar de la capilla. A los quince años un gran ciclón descargó tanta agua que el cauce del arroyo fue rebasado, la capilla, la escuelita y las tierras de siembra desaparecieron. Obviamente el cristo de oro también desapareció. Por la falda de la montaña paralela al arroyo rumbo al oeste habían llegado rancheros y labriegos que ya tenían casas, huertas y ganado. Llamaron al poblamiento San José de Magdalena. El profesor Juan Gutiérrez tomó lo poco que le quedó y se dirigió al poblamiento. Apenas descansó un día, y al otro puso manos a la obra y con la ayuda de los residentes inició la construcción de una escuela y el internado para albergar a los niños de los distintos ranchos de la comarca.

El gobierno del territorio al conocer los esfuerzos que años antes había realizado el maestro, decidió construir una buena escuela así como el internado comisionando al arquitecto Salvador Hinojosa que rápidamente dispuso de los elementos técnicos, materiales y profesionales llegando a la comunidad con máquinas y materiales para realizar la obra.

Roberto, tráete una carretilla, un pico y una pala para que quites este morro de piedras y tierra que está estorbando ya que por aquí es la pasada. La familia que construyó su casa exactamente enfrente de donde estaban trabajando vieron con miedo cuando el trabajador cumplía la orden del arquitecto Hinojosa. En diez minutos el promontorio desapareció. A las dos de la tarde invitaron al arquitecto a tomar una limonada.

Arquitecto –dijo Ernesto Villavicencio- Desde que hicimos la casa, y a los Rojas que viven allí abajo y la mamá de Loretito Amalia que vive más abajito, nos han dicho que lo que desbarató su trabajador es la tumbita de una niña que encontraron ahogada entre el tular en la poza de enfrente; que nadie supo quién era pues a ninguna familia se le perdió una hija. Que preguntaron por todos los ranchos y ninguna niña se había perdido, es más, nadie se puede explicar en qué momento apareció la tumbita allí. Esa es una leyenda pero hay otra, pero lo que sí es cierto es que el montón de piedras estaba allí, y a usted le consta. Arquitecto, algunos hemos visto que en noches oscuras se mira sobre las piedras como un humo medio transparente y se dibuja muy apenitas como un vestidito de un verde muy pálido con manchitas rojas y que si no ponemos atención se confunde entre el humo. Y es en un instante pues mi vieja cada vez que le digo que allí está no mira nada. Dicen que en el rancho La Palmita en la sierra de San Pedro también hay una tumbita y nadie sabe quién la puso; que miran lo mismo que varios hemos visto aquí. Se corre la leyenda que cuando llegaron los misioneros allá por el 1700 una pareja recién casada tenía una niña muy bonita, de ojos verdes y una cabellera dorada. Que el Guama del grupo de indios que vivían en las cuevas se la robó, la violó y la mató. Que por muchas noches la niña se le apareció y el Guama se colgó de un mezquite. Dice la leyenda que cuando quiten el promontorio la niña empezará a aparecerse en los alrededores.

  • Mira Ernesto, voy a ordenar que escarben en el lugar a ver qué encontramos.
  • ¿Y si encuentran algo, arqui, qué vamos a hacer?
  • Si es un esqueletito damos parte a las autoridades de Santa Rosalía para que vengan por él.
  • Mejor lo dejamos así, ¿No lo cree? –dijo Ernesto.
  • Es mejor desengañarnos –comentó el arquitecto.
  • No, es mejor dejarlo así ya que ustedes se irán pero nosotros vivimos frente a lo que es o fue la tumbita y si hay algo no vamos a poder vivir –dijo Ernesto.

Así lo dejaron y así terminó la plática.

El arquitecto terminó su limonada y volvió a la chamba.

El montón de piedras las retiraron el lunes y el viernes muy de mañana los trabajadores cargaban un revuelo y le gritaban al arquitecto.

Llegó corriendo al lugar donde estaban amontonados los trabajadores: era el lugar donde quitaron las piedras.

Cuando llegó le abrieron paso.

Le temblaron las piernas y se le hizo una bola en el estómago.

En el lugar donde retiraron las piedras estaba un vestidito en verde pálido con manchitas rojas, enredado en una cabellera muy larga color oro.

El arquitecto ordenó que se colocaran las piedras nuevamente. Guardó el vestido y la cabellera para llevarlos a las autoridades.

Se inauguraron los dos edificios con su amplia banqueta que comunica los dos cuerpos. La primaria se llama: Escuela de Aguascalientes y el internado: Albergue Escolar Rural Profesor Juan Gutiérrez Luke. Al año aproximadamente y como a la una de la mañana, Ernesto Villavicencio y su esposa vieron por la banqueta al aire libre que comunica la escuela y el internado, una niña como de diez años que tranquilamente caminaba rumbo al internado: vestía un vestido verde en manchitas rojas y una blusita naranja; brillaba en la noche su cabellera dorada.

Desde ese día esporádicamente se le mira caminando rumbo al internado. Algunas niñas la miran sentada a los pies en una cama. La mayoría no la ven. En el dormitorio de los niños no la han visto.

Mi correo: raudel_tartaro@hotmail.com  /Alea Jacta Est.- Miembro de ESAC.- 14-03-17.- Concluirá el jueves-viernes.


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