La Marcelina y el Granaditos /novela)

Los niños Toño y Mario (capítulo 5)

El arquitecto Salvador Hinojosa entregó la escuela y el internado a las autoridades del gobierno y de la Secretaría de Educación Pública.

  • Bien, don Ernesto, vengo a tomarme la última limonada con usted y su familia. Ya cumplimos la tarea, mañana viene la representación del gobierno y de la Secretaría de Educación Pública. Haremos la entrega física y mi trabajo habrá terminado. De ninguna manera espero que me relacionen con la niñita que dicen ustedes se aparece en la banqueta y que camina de la escuela al internado.
  • No, de ninguna manera señor arquitecto. Usted es un gran amigo y nada tenemos que reprocharle. Lo de la niñita es otra cosa, -dijo don Ernesto Villavicencio.

La niña del vestido verde pálido y manchitas rojas siguió mirándose caminando por la banqueta entre la escuela y el internado. Algunas niñas la miraban y otras no. Al dormitorio de los niños nunca entraba.

  • Toño, dice mi mamá que me mandará el año próximo a cursar el cuarto año a la Benito Juárez, de Santa Rosalía, -dijo Mario a su hermano que cursaba el segundo año en el internado de San José de Magdalena.

Una noche la niña llegó hasta las camas de Toño y Mario, circunstancia inusual ya que nunca había entrado al dormitorio de los varones. Las camas de Toño y Mario estaban juntas.

Les tocó los pies y los despertó.

  • He venido con ustedes porque tengo que comunicarles lo que he estado viendo. Miro en el internado una mancha rojinegra que camina como nube y se posa en tu cama, Toño. Luego te veo con muchas manchas rojas en la piel que se te ponen negras y se te revientan en sangre. Los labios y la nariz se te llenan de ampollas que explotan y sangran, te da mucha calentura y convulsiones. Te pido, por favor, que te cuides mucho ya que también miro que por la banqueta llevan un niño envuelto en una sábana. Si tienes algún síntoma de lo que veo, avísale al administrador y que te lleven a Santa Rosalía.
  • Y a ti Mario, también tengo que decirte algo.
  • Veo que desde la madrugada llueve mucho por la sierra de Santa Águeda, un gran aguacero que descarga mucha agua que llena el arroyo que desemboca en La Boca. Miro a los maestros de la escuela Benito Juárez que llevan a los alumnos al arroyo y en bola se meten a bañarse. Veo que te quitas la playera blanca con rayas azules y la tiras entre las piedras, y te metes al agua. ¡No lo hagas! Luego miro muchos niños que corren, platican con algunas maestras y se juntan en la poza que se formó con la corrida del agua. A ti ya no te vuelvo a ver.
  • Por eso te aviso para que si sucede lo que te platico tengas mucho cuidado y no vayas al paseo.
  • Por eso vine a verlos ya que mi lugar está en el dormitorio de las niñas.

La escuela y el internado están construidos con bloques de cemento, pero una parte de las paredes originalmente tenían armazón de aluminio y en él se fijaron hojas de plástico verde con ventanas del mismo material. Hubo un tiempo en que el gobierno utilizó el cardón para decorar los interiores.

La niña fue tres veces a visitarlos diciéndoles lo mismo. Cuando entraba al dormitorio, por las paredes de plástico delgado se traslucía la silueta de una mujer cubierta con rebozo, que caminaba por el dormitorio llevando en los brazos dos niños. Era una silueta tan nítida que Ernesto, su esposa y sus hijos la miraban como si estuviera cerca de ellos.

En marzo se desató una epidemia desconocida en el internado, que empezó como si fuera sarampión, pero más agresivo ya que los puntos rojos de la piel se transformaron en negros debido a la hemorragia en la piel y mucosas. En unos días muchos niños fueron infectados por el sarampión negro o hemorrágico. La falta de médicos y medicamentos provocó que el cuadro viral fuera muy violento y peligroso. Algunos internos sufrieron fiebres muy altas, delirio y convulsiones. Toño fue atacado con mayor violencia, se le reventó la piel, y la boca y nariz se le congestionaron por la hinchazón de las protuberancias. La fiebre y las convulsiones lo llevaron a la muerte. Lo sacaron envuelto en una sábana; la procesión puso los pelos de punta a los vecinos que desde la casa de Ernesto vieron que los niños iban en fila detrás del bulto envuelto en una sábana. Pasaron toda la banqueta que comunica con la escuela, subieron los escalones, llegaron a la puerta y en un picap lo llevaron al rancho de la sierra donde vivía su mamá y su papá. Cuando los niños se dispersaron, con asombro y miedo vieron a la niña de vestidito verde que caminaba al dormitorio de niñas.

Desde muy temprano estaba lloviendo en Santa Rosalía.

La profesora Marcela, de cuarto año “A” salió de su salón y se encaminó al de Chayo, de cuarto “B”.

  • Me acaba de avisar Octavio que está corriendo el arroyo de San Luciano y te vengo a invitar para que llevemos a los alumnos. No debemos perder esta oportunidad ya que casi nunca llueve.

Para las nueve de la mañana por los escalones frente a la Plaza salieron los alumnos de cuarto a sexto, acompañados por sus profesores.

Era una mañana plomiza y húmeda del mes de septiembre.

Mario iba confundido en la fila de los alumnos de cuarto año. Cuando pasaron por el yonque del Güero de la Boca sintió una punzada en el corazón.

–          De golpe recordé a la niña del vestidito verde que nos visitó en las camas a Toño y a mí…  “tiras la playera entre las piedras y te metes en el agua. ¡No lo hagas!” Mientras siguió caminando estas palabras resonaron en su cerebro, pero al instante las borró.

Para las diez, el arroyo un lado de la carretera estaba lleno de niños que jugaban en el agua, la pateaban, agitaban las manos, corrían, la agarraban en las manos y se la echaban a las maestras. El profesor Jorge, de sexto año “B” se retrasó un poco y cuando llegó con sus alumnos a la curva del arroyo miró que algunos se subían a una loma de arenilla, como de dos metros sobre el nivel del agua y desde allí se lanzaban. El maestro rápidamente se remangó los pantalones y se metió al agua. Caminó cerca de donde se tiraban clavados:

  • Muchachos, por favor bájense, es peligroso que se estén subiendo ya que la arenilla con el agua que ustedes escurren se está mojando y se pueden resbalar. Bájense, por favor.
  • No profe, no somos de la primaria, somos de la secundaria, y no hay peligro pues la poza está muy honda -gritó Manuel, hijo de Leonel Miranda.
  • De todos modos bájense para que no los imiten los de la primaria, ya que está muy honda y por eso es peligrosa, -refutó el profesor Jorge.

Algunos empezaron a bajarse.

El maestro dio media vuelta para salir del arroyo. Cuando llegó a la línea de la carretera vio que en el peñasco de arenilla había como cinco adolescentes.

Llegó un picap con paletas y bolis y los niños se formaron para tomar uno. Jorge se dio cuenta que casi ni hablaban ni hacían bromas. Esperaban la paleta o el bolis, muy serios, como asustados.

Para las dos de la tarde los maestros y alumnos ya se retiraban del arroyo. Algunos lograron raite en camiones de la Secretaría de Comunicaciones y Transportes, y otros lo hacían a pie. El maestro Jorge formaba a sus alumnos para devolverse al pueblo y los notó raros, como que estaban asustados. A algunos de plano, se les notaba el miedo en la cara.

  • Profe, profe, andan diciendo que uno se ahogó.

El maestro suspendió la formación.

  • ¿Cómo, qué dices? -casi le gritó al que le había avisado.
  • Sí, profe, dicen que cuando lo vieron que manoteaba y se estaba hundiendo, corrieron a avisarle a las profesoras que estaban entre el agua y no les hicieron caso pues creyeron que era una vacilada.
  • Sí profe, a mí me dijeron que Torio lo había visto cuando se hundió.

Torio era un muchacho que recientemente había llegado a Santas Rosalía, y por lo tanto se comportaba con mucha seriedad, tal vez porque todavía no se relacionaba con los demás niños del grupo.

  • ¡Torio, Torio!, ven por favor, – gritó el maestro.
  • Sí profe, yo le agarré una mano, pero se me resbaló, y clarito le vi las narices cuando echaban pompitas al hundirse.

Desde ese instante el profesor tuvo la certeza de que un niño se había ahogado.

  • Váyanse a la sombra del cerro, allí espérenme -dijo a sus alumnos.

Se encaminó adonde los demás maestros y maestras. Al ir caminando se dio cuenta que los alumnos lo miraban muy asustados. Parecía que habían visto un espanto.

  • Me dicen mis alumnos que un niño se ahogó, ¿Qué saben ustedes? –les dijo con coraje.
  • Eso andan diciendo, pero no les creemos –dijo la maestra Marcela.

Preguntaron a muchos y afirmaron que lo miraron cuando se hundió, dijeron un nombre y que era de cuarto año.

Jorge y Anselmo, maestro de cuarto, fueron al pueblo a dar parte. Cuando llegaron a la comandancia de policía el revuelo ya caminaba por las calles y casas.

Cuando se bajaron del automóvil algunas señoras y hombres los interceptaron.

  • Profe, ¿es cierto lo que dicen, quién se ahogó? -Y los que preguntaban soltaban el llanto porque sus hijos habían ido al paseo a ver correr el agua.

Muchas personas hasta a pie iban rumbo al arroyo.

Cuando regresaron ya había mucha gente por donde corría el agua.

A Jorge hasta entonces le pareció el rumor del agua entre las piedras como un rumor pesado y ronco como salido de entre ellas y el asfalto. Como que se le enredaba en el pecho, y le dolía. Y es que ahora la angustia y el sobresalto se respiraban como cuando por la nariz entra el olor a lluvia y a tierra mojada.

Desde lo alto de la bajadita y al tomar la pequeña curva Jorge se sorprendió de la gran cantidad de hombres y mujeres que estaban sobre el arroyo, y unos veinte rodeaban la poza, a la que se lanzaban los de la secundaria. Hasta las piedras le parecieron que brillaban en ese medio día del infierno. El hecho de rodear la poza se le hizo una actitud morbosa y macabra como esperando que el niño saliera del agua que estaba muy sucia y llena de lodo, tan turbia que nada se podía ver. De repente emergió una persona y al instante otra. Eran dos pescadores que buceaban a vil pulmón, sin visor ni esnoquer.

  • Ah –dijo el profesor- Por eso rodean la poza.
  • No se mira nada y está muy hondo, no he podido llegar al fondo –dijo el Butaco limpiándose la capa lodosa que traía en la cara.

Ahora fue el Yaqui Espinoza el que se lanzó de cabeza.

También dijo que el agua estaba muy sucia y que no se miraba nada y que no había llegado al fondo.

En cada intento la gente que estaba alrededor de la poza lanzaba suspiros, las mujeres lloraban y las familias que sabían que no era su hijo el ahogado, rezaban. Era en verdad un cuadro lastimoso que resaltaba por el entorno pedregoso, los buzos que entraban y salían y los maestros que no hallaban cómo consolar a los que lloraban.

Para entonces ya se sabía que la playera en rayas blancas y azules que estaba entre las piedras era de Mario, un alumno de cuarto año y que apenas había llegado de San José de Magdalena.

La tarde empezaba a caer y los buzos no podían llegar al fondo de la poza. La desesperación y el llanto cada vez que salía un pescador, recorrían el silencio y la soledad del paraje desértico y pedregoso. El rumor del agua se antojaba como un lamento.

  • ¡Allí abajo toqué una mano, está muy hondo y que alguien se tire parado! gritó el Butaco.

Dos maestras y tres madres de familia se desmayaron. Algunos hombres y niños se hincaron y empezaron a rezar.

En eso se escuchó un fuerte alarido que llegó desde la curva de la carretera. Era un desgarrador llanto que recorrió todo el arroyo.

Una señora venía bajando y dos personas la fueron a alcanzar pues parecía que se desmayaría.

  • Es la mamá de Mario, -dijo el maestro Anselmo.
  • ¿Por qué profesor, por qué me hacen esto si apenas el año pasado se me murió mi hijo en el internado de San José?

Su llanto y desesperanza arroparon sus palabras que nacieron quebradas y que así cayeron entre el pavimento. Caminaron por el viento, y casi derretidas en dolor, impotencia y angustia temblaron en el oído de los que estaban en el lugar.

La escena fue escalofriante: la madre sufrió un desmayo así como la maestra Marcela. Un silencio pesado recorrió todo el lugar. El viento que venía del fondo del arroyo se confundió con el rumor pesado y ronco del agua que asaltaba las piedras. Los murmullos, los rezos y el llanto se confundieron con el correr del agua que atravesaba la carretera.

El joven Amador, hijo de una maestra de la escuela, tomó impulso y se lanzó parado. Al instante emergió con el rostro desencajado.

  • ¡Allí está abajo! Le aplasté la panza con los pies, -dijo Panchito Amador.

Cuando Mario caminó por el agua y llegó al límite de la poza cortada a plomo en una vertical de más de cuatro metros, al perder el piso pataleó y manoteó ya que no sabía nadar. Un niño lo alcanzó y lo jaló de una mano, pero irremediablemente se hundió. Cuando caía al fondo, entre el agua achocolatada alcanzó a ver a la niña del internado, que con las manos cruzadas sobre el pecho lo miraba con sus ojos muy tristes. Antes de llegar al fondo alcanzó a escuchar al oído: “Te dije que no lo hicieras.”

Si algo había de ecuanimidad, al tener la certeza de que en el fondo de la poza estaba el cuerpo de un niño ahogado, se perdió por completo: gritos, brazos al cielo, manos en la cara, llanto incontenible. Algunos hombres se acercaron a la poza y en cuclillas miraban el agua turbia.

El yaqui Espinoza y el Butaco Romero tomaron aire y se impulsaron sumergiéndose de cabeza.

A los ocho segundos el cuadro macabro rompió la superficie del agua. Como entre dos garfios de acero reluciente emergió el cuerpo del niño con los brazos colgando a los costados y las piernas caídas hacia abajo. El agua le chorreaba por todo el cuerpo como si se estuviera derritiendo. En el color cenizo de la tarde que ya empezaba a pintar el arroyo, las piedras y la poza, contrastaba la pequeña cortina de agua que chorreaba del cuerpo tal como si fuera un manto transparente, amarillo y gris. Algunos lo tomaron de entre los brazos de los dos pescadores y lo depositaron entre las piedras que de inmediato se mancharon con el agua de los pantalones y el cuerpo. El pantalón de mezclilla se miraba negro por lo mojado. Las manos y los pies rugosos, como de cartón gris, las puntas de los dedos morados, así como las uñas y la boca. En ese instante todo fue confusión, nadie atinaba a poner orden y todo era un mazacote de ideas atropelladas.

Cuando por fin llegó la calma lo levantaron para llevarlo a Santa Rosalía.

Una niña como de diez años vestida de verde pálido con manchitas rojas y blusita naranja, tomó de entre las piedras la playera en blanco y rayas azules y se encaminó a la curva de la carretera.

Mi correo: raudel_tartaro@hotmail.com    /Alea Jacta Est.- 16-03-17.- Miembro de ESAC.-


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