La Marcelina y el Granaditos

Llegó con su familia desde la Misión de Guadalupe

Cuenta la tradición oral que en los fríos amaneceres de la sierra, sentados en el brocal del pozo de Agua Amarga, de vez en vez se mira a doña Libradita en medio del tío Lalano y Melchor. A sus pies se miran dos perros echados y sobre el brocal una carga de leña.

Llegó con su familia desde la Misión de Guadalupe, inventariado en la estirpe de los Villavicencio Aguilar. Allá dejó parte de su memoria y sus ojos: su memoria recuerda que La Misión tenía una población grande. Muchos ranchos como: San Pedro, San Juan, San Tadeo, San Simón, San Luis, la imponente edificación y los restos de los árboles de huéribo con los que se construyó la nave da la iglesia.  En sus charlas me pintó –como si las viera-  las aguas del manantial, la pintura al óleo de la Virgen de Guadalupe, los restos de obras de captación de agua, cercos de piedra que delimitaban los amplios campos de cultivo, el panteón antiguo de los Dominicos, la nueva capilla, muy derruida donde se conserva la pintura de la virgen.

Octavio también es de los que la herrumbre de Cronos no lo ha doblegado porque desde que llegó amó esa tierra, allí está enraizado y a ella rendirá tributo y a la madre naturaleza. Va y regresa incansable en su rocinante-camioneta: va a Santa Rosalía por mercancías desde que el espinazo de la sierra era una brecha de tierra y rocas. Cuando escucha la música que brota del automóvil parroquial que recorre el camino pedregoso invitando a la misa vespertina, convoca a su esposa para asistir a la capilla que está frente a la escuela y el internado. Transitó desde su casa a la subdelegación y desde ésta a su casa en una de tantas actividades que ha realizado.

Y allí está también como doña Libradita, en su tienda arropada con las escamas de todos los calendarios. La negociación tiene unos ojos muy serios que te miran con los párpados cubriéndolos hasta la mitad. Es la costumbre milenaria que les impuso Octavio ya que él respira seriedad y pulcritud, pero al entrar al terreno de la historia regional, las deja en el primer cajón a la mitad de mercancía y se transforma en un torbellino buscando incansablemente los datos y fotos de Guadalupe, la cronología familiar. En ese momento se transforma en el topógrafo de puntos, rumbos y distancias y en el marino terrestre que con el mapa de la memoria te señala los ranchos y propiedades.

Traspasas el primer cuerpo de la tienda en la que en el mostrador diligentemente atiende su esposa. Llegas a un pequeño patio y te reciben los ladridos de perros Chihuahua, jaulas de pájaros y pollos, objetos antiguos colgados en los barrotes Te señala una silla blanca y él se va a buscar unas bolsas de plástico, negras, donde guarda celosamente parte de la historia de la comunidad: fotos, libros, planos, documentos firmados por Benito Juárez, recortes periodísticos.

También Octavio, como muchos viejos más, huele a acequia y palmar, a yerbabuena y albahaca, a tiempo y silencio, a jacaranda y guamúchil. Cuenta sus años en la rondana de Cronos y no se inquieta por ellos porque sabe, bien que sabe, que desde que llegó de la sierra su pertenencia es de San José de Magdalena; nació enraizado en esos parajes, allí hundió sus raíces y allí lo cubrirá la tierra húmeda que huele a naranjal, a poza y manantial cristalino.

Y me desafano de la imantada presencia de la tienda de Octavio, remonto el camino pedregoso más al occidente, y entre curvas y subidas de golpe entran por mis ojos y germinan en el cerebro un pequeño conjunto de casitas igualitas a las de la falda de la montaña. Están como escondidas sin esconderse en un pequeño llano que las contiene y las arropa en un manto efervescente que las hace aparecer como si las vieras entre una cortina de lluvia.

Cuando bajo de mi camioneta me recibe el olor del agua cristalina que corre por las grietas   de la montaña. Se confunde con el olor a yerbabuena y albahaca, a piedra recién mojada y lluvia recién cortada, aromas inconfundibles de los viejos moradores y que perduran en las personas que desde siempre desdeñaron la inquina y el rencor. Y allí la encuentro, sentada en una banca de su casa acompañada por la inseparable presencia de su madre.

Trinidad López Verdugo, “La Trini”, con su afable presencia te invita a tirar las amarras de la empatía y dejarlas ancladas en el gavión de esa humildad y concordia que se respira en su casa y en el entorno.

  • Trini, me trajo Arnulfo que me dijo que tú tienes el corrido de San José de Magdalena, ese corrido que escuché en 1950, -le dije.
  • Lo tengo en la computadora, pero no me acuerdo en qué carpeta está, pero lo voy a buscar para imprimirlo, -me contestó.

Se levantó y se encaminó a la computadora, la encendió y después de unos intentos lo encontró. Lo quiso imprimir pero la máquina no funcionó.

  • No te preocupes, -le dije- lo voy a grabar de la pantalla.
  • Por favor, cántalo para recordar la música, -le dije.
  • Sí lo voy a cantar, pero no me grabe, no me gusta que me graben y me tomen fotos,

-me dijo.

Su cántico nos envolvió y por la magia del pensamiento fui recreando los pasajes del corrido. Arnulfo y Horacio me habían dicho que cantaba muy bien. Trini tiene una voz de ángel. Cada vez que el automóvil parroquial de Santa Rosalía pasa por el camino pedregoso anunciando que el párroco oficiará una misa, Trini toma su automóvil, su rosario y se encamina a la iglesia. Y entonces su voz recorre las bancas parroquiales, arrulla a los feligreses, los niños del internado dejan sus quehaceres y la voz del coro brincotea por la bajadita y llega hasta el manantial eterno de la comunidad.

  • Tu voz me recuerda la de las monjitas de San Charbel, que cantan cada día ocho en su capilla, en la ciudad de La Paz, Tienen un disco muy bonito, -le dije.
  • Aquí tengo su disco, lo compré, -me dijo.

Es el canto en que el maestro Hilario Estrada Lucero, pintó el pueblo, sus huertas florecientes, sus gentes y su humildad, que se fueron en el torrente del tiempo como se va al mar el agua cristalina y juguetona del venero que nace en la montaña. El agua sigue corriendo, no así el verdor de las huertas y la propiedad comunal de las pozas.

Cuando pasamos por el tejabán en el que se protege la bomba de agua que la extrae para el servicio del pueblo, Arnulfo me señaló a la derecha y me indicó la casita de Magdalena y Sincy. Estacionamos la camioneta cerca de la poza y subimos la lomita en la que están las ruinas de lo que fue una vivienda. Tal parece que allí estaba un fortín que fue asaltado a sangre y fuego por los villistas que venían buscando una carreta cargada de oro y que les informaron en Guaymas que la empresa minera lo había enterrado en Santa Águeda. Entraron por el arroyo desde San Marcos Tierra creyendo que por allí se llegaba al lugar que buscaban.

Llegamos y encontramos a dos Adelitas sentadas en sillas que chorreaban un líquido muy espeso color de cola de carpintería derretida. De inmediato comprendí que eran suspiros de soledad y nostalgia; lágrimas de resignación y olvido… litros y más litros de angustia y paciencia. Estaban –las sillas- en un charco de un metro y medio de diámetro. Olía a limpio, a humildad y decoro.

Nos sentamos en el resto de una pared y las Adelitas vestidas con prendas sencillas nos atendieron como se atiende en las comunidades rurales. Se levantaron y el pesar lo arrumbaron en el primer pedazo de barro tirado en el piso. Nos llevaron a ver las ruinas de lo que fue una casa de material enjarrada con barro. Sólo quedan pedazos de paredes que mostraron restos de los años que lidiaron con el tiempo, la humedad, las lluvias y los incendios. En lugar de barro hay pedazos de laja que se mantienen a duras penas. Hay trozos de vigas, que en algún tiempo detuvieron los techos de hoja palma y láminas de zinc.

  • Yo te conozco a ti, -me dijo Magdalena- Estuvimos en la primaria, en Ranchería, en la Antonio F. Delgado.

Desenredé la piola de la memoria y me vi en los patios de tierra y piedras de la escuela. Y sí, en los vericuetos de mis pensamientos apareció una niña hermosa que había llegado a sexto año, no sé de dónde. Me impactó –y a todos los niños- pues llamaba la atención el color de su piel, sus ojos y el de sus cabellos, una cabellera larga con bucles de oro. Volví al presente y al mirarla recorrí los patios de la escuela donde ella, la bella niña jugaba en el recreo con nosotros escondiéndose entre los laureles de hojas como lanza, color verde oscuro y flores amarillentas que despiden un olor agradable. Yo conocía los laureles ya que cuando viví en Mexicali el patrón de mi padre nos prestó una casa en uno de sus ranchos, y en ella había muchos laureles sobre una acequia. Allí dormíamos en el verano y mi madre nos dijo que no durmiéramos debajo de los laureles porque eran de mal agüero.

Libramos algunos trozos de bloques, varas de carrizo y palma. Las dos Adelitas nos acompañaban.

  • Aquí dormíamos, -nos indicó Sincy- Sólo hay herrumbre y unos colchones viejos.
  • Hasta aquí llegó el incendio del palmar, -nos señaló Magdalena los pedazos de paredes ahumadas.

Llegamos a lo que fue la cocina: vestigios de otra pared cacariza, sin barro y las lajas a la vista. Un tambo y sobre él un cajón y una bandeja. Un rin de picap que hace las veces de hornilla y sobre él una olla grande totalmente ahumada. Una hornilla de barro, una parrilla y una olla chica y a la derecha otra grande muy ahumada. A la izquierda una estufa buena con una cafetera y un sartén. Un lado una pared enmarcada con madera y unas flores amarillas talladas en madera. Lo poco que queda del techo y las paredes denotan los estragos de un incendio que llegó desde el palmar, incendio que seguramente fue provocado por manos criminales ya que se propagó y arrasó con varias viviendas.

Regresamos a lo que queda del fortín asaltado por los villistas. Magdalena y Sincy vuelven a sus sillas que las contiene y deletrea, como las casitas que están y no están en el entorno donde vive Trini.

No pasa el tiempo en ellas porque hace mucho que pasó por su casa y ellas andaban en la misa de la tarde que anuncia un automóvil parroquial. Por eso están allí, en su casa en ruinas que para ellas es la misma de antaño. Por eso están allí porque para ellas sólo hay un presente sin tiempo.

  • Pero cómo le hacen para vivir aquí, cómo pueden dormir y en dónde, sin techo que las proteja, entre tanta penuria y necesidades, -les dije.
  • Dormimos en esa casita que está allí arriba, unas sobrinas nos la prestan, nos informó Magdalena.
  • Tenemos familiares en Asunción y Tortugas, y ellos nos ayudan para sobrevivir, acotó Sincy.
  • A pesar de las penurias que pasamos estamos contentas y aquí, en ésta que fue nuestra casa de siempre, aquí queremos morir porque aunque nos vayamos con los familiares, no olvidamos nuestro origen y a él volvemos. Nadie nos puede robar la mágica presencia del arroyo y su corriente cristalina de agua, sus pozas, el tular y el palmar. Cuando viene el cura de Cachanía siempre estamos allí porque somos católicas y con la fe nos mantenemos a pesar de todo. –Dijo Sincy.
  • Solamente mantenemos un gran pesar porque el pueblo ya no es igual. Antes éramos amigos todos y platicábamos sin cuidarnos de que alguien fuera con un mitote. Ahora no, ahora te dicen: “cuando vayas con fulano ten cuidado con lo que dices porque luego le van con el mitote a la subdelegada y a Eliseo que es el que parece es dueño de todas las opiniones. –Dijo Magdalena.
  • Ahora sí que estamos curiosos: los de aquí no podemos hablar en cualquier lugar porque parece que nos vigilan, nos tenemos que cuidar. No podemos hablar y pasar por cualquier lugar como antes lo hacíamos, -dijo Sincy.
  • Pero no nos vamos a enfadar. De aquí somos y aquí queremos morir teniendo en nuestros ojos el bello paisaje de enfrente, -dijo Magdalena, abarcando con sus brazos la montaña, el arroyo, el palmar y el tular.

Cuando me despedí de ellas y ya bajando hacia la torrentera miré para atrás y las vi vestidas de barro, con el humo de las hornillas, con los sartenes, tenedores y tazas colgándoles por los costados: sus ojos despidieron una chispa tornasol y de sus manos, al agitarlas como despedida, brotaron estrellas y mariposas rojas. Nos subimos a la camioneta y mi pensamiento se hizo un remolino de agua.

NOTA:- El jueves 2, y ahora martes 7, abordo el capítulo 9 de mi novela “La Marcelina y el Granaditos.” Obviamente habría que leerla completa para entender pasajes como los de tío Lalano y Melchor que llegaron por doña Libradita. En capítulos anteriores el tío Lalano llegó al rancho Agua Amarga con varias cargas de leña. Las depositó un lado del pozo de agua y se recostó en uno de los palos del brocal, con tan mala suerte que se derrumbó –por viejo- y tío Lalano se precipitó al fondo. Un ranchero se dio cuenta, avisó a los demás, nadie se animó a bajar y decidieron allí enterrarlo, es decir, cubrieron el pozo con llantas, palos, láminas y tierra hasta la superficie; allí le hicieron su tumbita. –tío Lalano quedó muy bien enterrado-  Melchor vivía en una cueva y allí murió. Cuando llegaron con doña Libradita “eran muertos como los de Comala.” Por eso cuenta la tradición oral que en los fríos amaneceres se mira a doña Libradita y sus dos acompañantes sentados en el brocal del pozo. Cuando escribí la novela doña Libradita vivía. Ojalá todavía esté en su tienda…Alea Jacta Est.- 07-03-17.- Miembro de ESAC.-


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