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La ciudad del canal.- Crónica

En 1968, fecha en que llegué a Guerrero Negro, era todo un desierto limitado por el canal.

En febrero de dos mil nueve concurrí a la Procuraduría Federal de Protección al Ambiente para tratar con el delegado un problema del compañero Armando Naranjo Mariscal. Aproveché el viaje y le vendí mí novela sobre Cachanía “Sueños de metal y lumbre.” publicada en 2007. En abril me llama y me pide que escriba una novela sobre su pueblo: “usted la escribirá muy bien, tal vez más bonita que la que me vendió,” me dijo.

Sin jamás haber pensado escribir una novela sobre Guerrero Negro ya que conocí la ciudad salinera en 1969 y me dejó “un sabor amargo,” para junio ya me preparaba para ir. El diez del mes ya me encontraba en Biconsa, residencia destinada para las visitas de la empresa. A los dos años de haber iniciado la aventura de entregarle una novela al emporio salinero, el 17 de junio de dos mil once, en el Salón Fundadores presenté la primera edición que tiene como portada una imponente ballena que emerge del mar y sobre su trompa un águila pescadora que se va posando. La presentación fue una agradable sorpresa pues conociendo la idiosincrasia de la población, ese día en la presentación se respiró un ambiente lleno de cordialidad y compañerismo.

En el capítulo III de La ciudad del canal, página cuarenta (segunda edición) dice: “Mañana domingo, a las once y antes de la comida, estará con nosotros el ciudadano Daniel K. Ludwig, acompañado por un notario de Ensenada para protocolizar bajo acta notarial, la fundación de Guerrero Negro.

A las once de la mañana puntualmente se presentan el dueño de la empresa y el notario público. Después de las palabras del gerente y el dueño, toma la palabra el notario para leer el acta.

Teniendo como testigo a los trabajadores, (lee el nombre de todos, y cuando escucho el mío la piel se me pone de gallina) al ciudadano Daniel K. Ludwig, dueño de la empresa Exportadora de Sal, Sociedad Anónima, al gerente de la misma, Arthur Mckarthy, al ciudadano Arturo Castro, como representante personal del general Agustín Olachea, Gobernador del Territorio de Baja California Sur, siendo las once con cuarenta minutos de este día siete de abril de 1954, declaro oficialmente esta fecha como la fundación de Guerrero Negro.

Vienen los aplausos y los abrazos. Yo, alejado un poco pienso: ahora sí existimos, somos algo y cuando menos tenemos una fecha.”

Luego en el capítulo XVIII, página 244 dice: “Tomo un respiro y pienso: ¿En qué momento la empresa y el gobierno guardaron en su memoria los enormes sacrificios de los primeros pobladores que tuvieron que luchar en las carpas y los colectivos contra las inclemencias del desierto? Cómo olvidar tanto sacrificio de los pioneros; la lucha feroz contra el viento incesante, violento y fuerte que estrellaba en sus cuerpos la arena del desierto. Los campamentos sin agua y sin energía eléctrica, aislados sin comunicación, dueños del desierto y las distancias sin fin. ¿Cómo olvidar tanto sacrificio?

Como un acto de justicia era obligación histórica y moral, haber dejado un colectivo y una carpa, cuando menos, como historia viva de un pasado sacrificado para dar testimonio en el presente, de los hijos de la sal que tuvieron que inventar los nombres de todo lo que creaban: el canal, los vasos cristalizadores, el camino y la isla, la tienda, el Chaparrito, la Lavadora, la calle Baja California, el Hotelito, la Biconsa, Las Brujas, Las Bombas, El Solito.”

Hasta aquí el comentario sobre la novela.

Hace unos días leí por Facebook un comentario del compañero Toño Avilés, en el que escribe que se debería rescatar el Quonset (colectivo) que hizo las veces de oficina de telégrafos, que es el único que quedó; los demás que fueron muchos, sirvieron como habitación de trabajadores. En momento determinado fueron arrancados y actualmente solamente queda, muy derruido, el que servía como telégrafos. Está totalmente abandonado. El compañero Antonio Avilés lanzó la convocatoria a formar una asociación para rescatarlo.

En la página 244 de la segunda edición de La ciudad del canal, Raudel, narrador, reflexiona que la empresa y el gobierno deberían rescatar un colectivo y una carpa “como historia viva de un pasado sacrificado para dar testimonio en el presente de los hijos de la sal que tuvieron que inventar los nombres de todo lo que creaban.” No solamente rescatar ese colectivo, sino confeccionar una carpa, hacer acopio de materiales: herramienta vieja, motores, palas mecánicas, un tractocamión Dart que transportaba la sal, recortes periodísticos, fotos de los inicios y de pioneros, etc. y transformar todo en un museo histórico porque la memoria colectiva se va perdiendo, tan se va, que el aniversario de la fundación (7 abril) nunca lo festejan sino que se traslada a la fundación del sindicato que fue el 21 de octubre de 1959. Mi correo: raudel_tartaro@hotmail.com

PASEMOS EL RUBICÓN: En 1968, fecha en que llegué a Guerrero Negro, era todo un desierto limitado por el canal. Cuando fui para escribir la novela (2009), desde ese momento me enamoré a lo que llamé “mi ciudad impensada, mi segunda ciudad.” Hace dos años mi señora y yo pasamos parte del verano allá. Regresamos a La Paz a mediados de septiembre. En la soledad del desierto, el horizonte interminable y la furia de Aquilón, empecé a escribir y resultó un poemario en Haiku japonés al que llamé “Jaloneando voces y desiertos.”

Llenaron sus páginas personajes emblemáticos como: los doctores Lagarde y Noyola, el Gigio, el Machote, panteón clandestino, el Jojó, el Viky, don Miguelito y Fidelia, la Isla, los Gaviones, la lluvia, el desierto, el señor Luke, el parque Solidaridad, el Tubo, Loma Bonita:

Doctor Lagarde

Una cruz rota

me dijo que Lagarde

se hizo silencio

El filósofo

el jurado Hipócrates

se hizo silencio

Le cantó a la sal

y en el Chaparrito

se hizo silencio

Cantó a la vida

y desde el lecho-muerte

se hizo silencio

Tal vez quería

transitar sus caminos

en el silencio

En su capilla

sin puertas sin ventanas

se hizo silencio

Esa cruz rota

hace temblar su sombra

en el silencio

En el silencio

de tu alma mutilada

lloras silencios

En el silencio

del abandono fatal

eres silencio

Tu verbo alado

cruelmente sepultado

en el silencio

 Por las ventanas

huyó el numen de tu alma

entre silencios

En el olvido negro

que te circunda

eres silencio

Tu canto a la sal

para que no te olviden

en tus olvidos

Yo te canto sal

escribiste

con tu pluma dolorida

Una cruz rota

me dijo que Lagarde

se hizo silencio.

No pierdo la confianza de que –antes que muera- este poemario sea publicado por la Coordinación Editorial del Instituto Sudcaliforniano de Cultura. Alea Jacta Est.- 18-05-17- Miembro de ESAC.-


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