El informe a la burguesía

El pueblo vive otra realidad

En el segundo informe de Marcos Covarrubias llegué hasta donde siempre están unas damas que checan los nombres de los que van a entrar. Aquella tiene los nombres de los periódicos y periodistas, me dijo un compañero. Entré, la abordé y le dije que escribía en el Peninsular. No me encontró en la lista selecta. Le hablé a Eliseo Zuloaga y me dijo que no podía ser, que él  había dado mi nombre, pero que en ese momento iría a entregarme una invitación. Ni con ella pude pasar al recinto. Los siguientes años solamente pasé en mi camioneta por la calle observando “el movimiento del acceso principal.” Miré mantas de los maestros, unas de  ONG y al padre de Jonathan Hernández en protesta. En los cuatro años Marquistas hubo protesta.

Hoy fui para pasar por la calle donde está el acceso principal –frente al teatro- y me topé con calles cerradas dos cuadras antes del perímetro del teatro, es decir, un cerco de varias decenas de miles de metros cuadrados. Un cerco –de ese tamaño- jamás colocado en la época priista. Encontré un pequeño espacio a tres cuadras y me encaminé rumbo al teatro por la calle de la rotonda. Desde que buscaba donde estacionarme me percaté de decenas de policías amontonados debajo de los árboles, unos con celular en la oreja, otros con vasos de raspados o café –posiblemente- Después de la valla de la rotonda, que también estaba cerrada, encontré un pequeño espacio y por allí pasé. Como a los cinco pasos me alcanza un joven con guayabera y me dice que no puedo pasar. Después de darle mi argumento de que sí puedo pasar por ser libre tránsito me dice que son órdenes que tiene. Órdenes del gobernador, le digo y me contesta que así es. Continúo, llego a la otra calle y tomo a la derecha hasta llegar al acceso principal coronado por tres enormes carpas, los clásicos guardias con guayabera, las clásicas damas cancerberas. Allá al fondo otra carpa donde están unos músicos. En el trayecto me enfadé de contar policías: a los 150 ya no los conté pero seguramente había a los alrededores más de 800 y un montón de patrullas en día de campo: paraba en plena calle, se bajaba una policía, le gritaba a los que estaban debajo de los árboles, les enseñaba un vaso y uno iba a recogerlo y surgía la carrilla… ¡era pura fiesta!

A la una de la tarde el teatro era una masa blanquecina pues “el pueblo asistente” portaba guayaberas de finas marcas.

Sentado frente la mesa del comedor me dispuse a escuchar al democrático tribuno que arengaría “al pueblo allí reunido”

Llegó el momento en que me empecé a inquietar, voltear a los lados, ver las mismas paredes, el reloj grande, la repisa con una botella de tequila y otra de Whisky. Volvía a escuchar y mirar la pantalla y no sabía si estaba soñando o si estaba en otro mundo muy distinto al que dibujaba el gobernador. Me cercioraba de que estaba en mi casa y en el comedor y me preguntaba entonces qué era lo que estaba pasando pues lo que decía el gobernante enguayaberado en nada se parecía a la realidad del pueblo que gana de 2500 a seis mil pesos mensuales, o los miles de ciudadanos sin trabajo. Llegó a decir que tienen una lucha frontal contra la delincuencia y resulta que su gobierno nunca se ha enfrentado al crimen organizado: NO es lo mismo llegar en chinga con patrullas y un montón de policías al lugar donde ya nada tienen que hacer, en lugar de enfrentar a los sicarios antes de que maten a los que están matando, que a estas alturas ya nadie debe de llevar la cuenta real. Antes la llevaba Peninsular digital. Ya no vemos el número en la cabeza del periódico.

Dio su informe al “pueblo” de guayabera el viernes y para la noche, sábado y domingo mataron seis entre La Paz, Los Cabos y Constitución, rafaguearon dos en el libramiento Roldán e hirieron unos tres más. Y vuelvo a asegurarme de que estoy en mi casa –ya me sentía hasta preocupado- cuando dijo que crecimos dos veces más que la economía nacional,  y vinieron a mi mente las tomas televisivas de los cinturones de miseria de las colonias marginales en las que sus casas son de cartón y tablas de cacaixtle, las ventanas y puertas protegidas por cobijas y cartones, basura acumulada y charcos de agua sucia. Y me volvió a dar un vuelco la “entendedera” cuando dijo que en un año se construyeron 260 vialidades, es decir, recalcó, cada 36 horas se edificó una calle…Cuando lo escuché ya no cabía en mi incertidumbre… ¡cada 36 horas una nueva calle! Y me remití a las comunidades rurales y ejidales de todo el estado donde los caminos son intransitables. Conozco la sierra de Guadalupe y San Pedro, en Mulegé y lo dicho por el gobernante es un insulto. Que se han creado en su gobierno 2mil 719 empresas y en los cruceros y bocacalles ya no caben los mágicos vendedores y el crimen organizado “se organiza” con sujetos sin trabajo.

Y apenas ayer recibí un boletín de prensa de los ejidos de los Cabos (Ranchería La Trinidad, Migriño, la Rivera, el Ranchito, Caduaño, La Candelaria) en el que se quejan de las precarias condiciones en que viven sin luz, agua, transporte, escuelas, bancos, policía y calles llenas de polvo y tierra. En el boletín anuncian que se reunirán este viernes 17 a las 17 para invitar al gobierno a platicar sin politiquerías. Mi correo: raudel_tartaro@hotmail.com

PASEMOS EL RUBICÓN: Tal como lo sabíamos todo el pueblo, el gobernador no negó su estirpe, su prepotencia e intransigencia: obligar  a todo mundo llevar guayabera. Esta sola decisión pinta un gabinete de primates, ¡no tener libertad ni para vestir!! un grupo político sin dignidad ni decoro. ¡y mañana van a querer repetir o formarse en el nuevo gobierno que no sea panista!! ¡Y van a volver a entrar! Ya que para estar dentro la primera materia es no tener dignidad ni honestidad.

¿Cuál será el argumento para justificar las dos cuadras a la redonda amuralladas, aparte del espacio del teatro? ¿Por qué la federación le mandó un avión militar lleno de gendarmería? ¿Por qué los sicarios no mataron a nadie en el día si la ciudad estaba sin vigilancia y empezaron a matarlos por la noche?

El acto del informe donde el teatro se llenó de guayaberas, el denigrante cerco en más de dos cuadras después de la superficie del teatro, la bufonesca presencia de más de 800 policías que se miraban como zopilotes debajo de los árboles, es el acto más denigrante que me ha tocado presenciar en la historia política moderna.

Fue el acto que terminó de pintar la arrogancia y autoritarismo de un gobernante que en un tronar de dedos obligó a sus bufones a ponerse guayabera. Esta simple actitud nos enfrenta a un gobierno que no tiene dignidad ni decoro… y todavía hablan de democracia y piden que en su fallido programa de “vivir en paz” participe la ciudadanía… ¿cuál, la de adentro o la de afuera que no tiene derecho a entrar a un teatro que es de ella? El pueblo no tiene guayabera ni de las de Soriana, pero ya va siendo hora que empiece a recobrar la dignidad que no robaron desde la transición de territorio a estado.

¿Y la antigua  rebeldía de los maestros, grupos no afines, el padre de Jonathan y los de estudiantes de la casa del estudiante en la Ciudad de México, no pudieron llegar o no se animaron a intentar? Alea Jacta Est. Miembro de ESAC. 15-11-16


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