Gabriela Fernanda González y Zenaida Mendoza

Eran costureras y lavaban ropa en el gran llano que alineaba dos filas de cinco chozas

NOTA:- Doña Josefa de Quintero, Manuel Rousseau, Gabriela Fernanda González, Zenaida Mendoza, José López, Pánfilo Villa, y francisco Moncayo, fueron residentes de la comunidad de San José de Magdalena que vivieron a finales del siglo XVIII y mediados del XIX. En mi novela (no publicada) La Marcelina y El Granaditos, en un capítulo aparecen diez chozas alineadas en dos filas. Ese gran espacio que después fue el panteón, en la novela y ya en el siglo XX, se llama el llano de la muerte. Los labriegos pasaban diario y un día vieron la fila de chozas y se asustan mucho (ya lo narré) Esta es la tercera colaboración de ese capítulo de la novela.

 &.- Gabriela Fernanda González y Zenaida Mendoza

Eran costureras y lavaban ropa en el gran llano que alineaba dos filas de cinco chozas. Vivían precariamente porque muy pocos  requerían sus servicios.

Muy de mañana vieron que doña Josefa de Quintero, José López y Pánfilo Villa, salían de sus chozas, se juntaban y se encaminaban a la de ellas:

Gabriela y Zenaida, venimos para que nos hagan tres vestimentas para estar presentables en el momento que váyamos a los servicios funerarios que se harán en el rancho San Javier, en el mero centro donde se juntan los arroyos de San Dieguito, Santa María, El Huérivo, San Sebastián y el de San Jerónimo, les informó Pánfilo Villa.

¿Y pos qué se train? ¿Por qué van a jondiar para esos arroyos que están retelejos? –dijo Zenaida.

¿Pos para qué un ajuar de primera si van a llegar hechos diasco? –intervino Gabriela.

Pos a poco no les llegó el run run de que en el cerro del rancho San Javier encontraron cuatro esqueletos que seguramente son de indios ya que están los meritos güesos y ningún ranchero ha desaparecido y mucho menos cuatro, -les informó doña Josefa.

Según nos contaron –y por eso vamos, además- porque dicen que los esqueletos están parados en el cerro, que los enterraron parados y no acostados como es la costumbre. Por eso nos urge la vestimenta porque queremos ver los esqueletos de pie. Dicen que los están desenterrando con mucho cuidado para que no se desbaraten y todos los rancheros que quieran ir los puedan ver recostados en el cerro. Y nosotros no queremos perder la oportunidad, -dijo José López.

Entonces manos a la obra, ¿a ver, cómo quieren los ajuares?

Yo quiero un vestido largo, hasta los tobillos, muy ancho, negro con blanco, el cuello y los puños rematados con holanes negros y ondulados. La parte de abajo del vestido con un encaje ancho color plata, -ordenó doña Josefa.

Nosotros queremos una gabardina larga, de pana negra, nada más, -ordenó Pánfilo Villa.

Tan pronto como les entregaron el pedido alistaron una carreta. Los demás vecinos ni siquiera indagaron adónde iban ni para qué. Además la carreta a ratos se miraba entre niebla y a ratos desaparecía. Cada quien vivía su mundo y para qué preocuparse si ya el vivir la vida era trabajoso y una gran congoja.

Francisco Moncayo andaba en los afanes de querer desenredar la bola que se le había formado dentro de la cabeza, y que cuando caminaba le sonaba como maraca. Cuando hablaba le salía una peste a zacate machacado. Su choza despedía un olor a establo… él no se daba cuenta de ello mucho menos de la carreta que preparaban para salir de viaje.

Manuel Rousseau miró a doña Josefa sentada al pescante, un lado de don José López que sostenía las riendas. Estaban envueltos en una niebla fina y opaca.

Recordó la tercia de quinas y el rechinido de la carreta que nunca llegó…¡Ah qué pinche compadre!, dijo, y soltó una carcajada.

Llegaron a La Marcelina que es la garita para internarse en la sierra. Después de tres horas vieron los corrales y el Papalote –molino de viento- del rancho. Faltando como cien metros para llegar se bajaron y doña Josefa se cambió en la parte de atrás de la carreta. Ellos lo hicieron detrás de unos matorrales.

Llegaron impecables al rancho y de inmediato se fueron a la falda del cerro donde descubrían los esqueletos. Ya había una treintena de rancheros.

Poco a poco los iban descubriendo. Cuando ya los habían desenterrado hasta las rodillas, apareció el cráneo de una criatura. Todo mundo se sorprendió del hallazgo. Con mucho cuidado los retiraron del paredón del cerro y los colocaron en el suelo. Hasta entonces se dieron cuenta que el esqueleto que estaba junto al del niño le faltaba la quijada de abajo y el niño tenía pulverizado el esternón y las costillas cercanas al corazón estaban rotas.

En ese momento escucharon por el cauce de los arroyos la voz potente y silbante del viento que provocaba sonidos impresionantes en la montaña y árboles que se doblaban en penitencia. Desde lo alto del cerro bajó una niebla muy fría y espesa que enredada en la furia del aire dibujaba figuras caprichosas que se prendían en el cuerpo de los rancheros.

Doña Josefa se hincó y empezó a rezar. Se escucharon gritos y sonidos de indios danzando. La niebla se hizo más espesa y nada se podía ver. De repente –como salido desde el fondo de la tierra- escucharon un rumor sordo que subió por la montaña.

Cuando volvió la calma y ya no había niebla, los esqueletos habían desaparecido.

En la cueva de la Misión de Guadalupe en la que los Cochimíes realizaban sacrificios, y que había estado cubierta con cueros de venado, zorra y víbora y cabezas de venado a la entrada, se escucharon pasos y gritos… toda la cueva se cubrió de una niebla en azul desteñido.

Los habitantes del gran llano ya habían olvidado –don Francisco Moncayo ni al olvido llegó- que un día doña Josefa, José López y Pánfilo Villa, habían salido en una carreta, cuando escucharon por la subida pedregosa, arriba del arroyo, el ruido de una. Dejaron sus faenas ya que nunca llegaba alguien. Llegó la carreta jalada por las dos mulas. Los que salieron en ella no regresaron. La carreta continuó su tránsito rumbo a la loma de enfrente… una rueda trasera se salió y la carreta dio tumbos entre la tierra y piedras. Las mulas continuaron su paso… cayó una rueda delantera y la carreta empezó un brincoteo como gallo despescuezado. Poco  a poco se fue destartalando; caían las tablas, el pescante, las otras ruedas, levantaban polvo amarillo y en resplandor de luz desaparecían. Las sombras de las chozas brincaron por las ventanas y treparon por los lados. Subieron y al instante cayeron por los huecos del piso y se hundieron en la tierra como si fueran topos…

Adalfo de la Rosa, Manuel Navarro y Eustaquio González, -vivieron en los siglos XVIII y XIX-  al ver las sombras que levitaban para montar la carreta, rompieron la sombra oscura de las puertas desportilladas y la persiguieron. Cuando alcanzaron a poner las manos en la raca de atrás se fueron haciendo de barro amarillo. Se agrietaron como lodo reseco y se quebraron. Cayeron formando tres montones amarillos de barro seco. Un resplandor tornasol y un manto de gotas de agua, blancas, amarillas y opacas, como si fueran perlas de un collar, cubrieron todo el llano y la colina de enfrente. Las diez chozas se fueron desintegrando poco a poco.

El lunes, a las cuatro de la mañana, Leobardo ya estaba listo para devolverse a las tierras de siembra. Después de tomar café se encaminó a la puerta:

Papá, mamá, ya me voy para reunirme con los demás compañeros, pero no puedo irme sin contarles lo que vimos el sábado en el gran llano de la muerte. Cuando pasamos una fuerza extraña nos hizo voltear y casi nos desmayamos: vimos dos filas de chozas y unas señoras andaban regando y barriendo y no…

¡Pero si allí nunca ha habido nada!, -lo interrumpió su padre.

Alea Jacta Est.- 08-12-16.   Miembro de ESAC.


* * *


Anúnciate en Peninsular Digital

 

¿Quires anunciarte en Peninsular Digital?

Aquí puedes descargar nuestras tarifas.

Email de contacto: publicidad@peninsulardigital.com.