Doña Josefa de Quintero

Manuel Rousseau

Cansados y sudorosos llegaron al taste. Cuando pasaron el gran llano de la muerte  y al iniciar la bajada pedregosa para alcanzar el tular, jalados por una fuerza misteriosa los diez voltearon y el cuerpo se les hizo de hilacho, se les desparramó y las piernas temblorinas, como de trapo. Unos a otros se tomaron de los hombros. Algunos cayeron entre las piedras ¡En el gran llano había diez chozas alineadas en dos filas! orientadas de noreste a suroeste. Unas señoras, frente las chozas y las puertas, con baldes en mano regaban y barrían con escobas de racimos de palma de dátil. Vestían trapos humildes con rebozos cubriendo la cabeza. Parecían mujeres etéreas envueltas en humo y niebla.

Pasaron el tular y el arroyo como almas que lleva el diablo. En la carrera las piedras pequeñas de la bajada rodaron impulsadas por los zapatos y botas. Ni se acordaron del agua y mucho menos meterse en ella. Llegaron a sus casas y hasta el lunes, antes de regresar a las tierras de siembra, contaron lo sucedido.

Pero si allí nunca ha habido nada –dijo Juan a su hijo Leobardo.

Nadie les creyó.

Josefa de Quintero pasó las manos por la frente para limpiarse el sudor y luego las restregó en el delantal. Se puso una a manera de visera tomando el rebozo  y miró en el cielo un sol que parecía se movía para abajo y para arriba. Todavía “miraba estrellitas” cuando gritó a su hijo:

¡Amadeo!, ¿jonde andas retiecabrón? ¿Otra vez andarás buscando chicharras y chapulines? Anda con doña Mercedes al camino de abajo y dile que me mande una trenza de ajos; que cuando tu papá cobre las cargas de leña le vamos a pagar.

Sí, amá, nomás guardo mis chicharras y voy al mandado.

Doña Josefa dejó el  balde y la escoba un lado de la puerta y pasó el hueco oscuro y las sombras de dos cacaixtles, la tarima para dormir hecha con fajillas anchas de cuero de vaca, las sombras de la hornilla, el metate y el cajón de los trastos de la cocina, el comal y el molino de nixtamal se fundieron en su cuerpo que  cada día se atiborraba más por el peso de todas las sombras que se le prendían en las ojeras que le habían brotado por los cuatro rincones de la soledad y angustia. Se sentó en la tarima, se sacudió las demás sombras como cuando los perros hacen lo mismo para ahuyentar el agua de lluvia que se unta en su pelo.

Por el hueco negro y profundo de la ventana huyó el largo suspiro de doña Josefa, que cuando llegó a su boca ya era una sola hebra reluciente en saliva. Salió por la ventana ya como siseo de nostalgia.

Y es que el alma de doña Josefa estaba prendida con un Rosario largo de suspiros que poco a poco la iban matando porque los suspiros sorben la vida, -como rémoras- aporosan  el corazón hasta dejarlo como piedra pómez y  abren la puerta desportillada de la muerte.

Las demás sombras sólo atinaron a mirar para la ventana; se quisieron levantar de entre la tierra de la cocina y las sombras de todas las casas las aplastaron…y es que ninguna estaba autorizada a dejar el marco de lo negro… el metate le puso la pata en el pescuezo a la sombra del reloj.

¡Amá, ya fui por tu mandado! –gritó Amadeo confundido en la negrura del hueco de la puerta de la choza.

Doña Josefa intentó detener el suspiro, pero fue en vano ya que éste al conocer la luz del sol  de ninguna manera estaba dispuesto a regresar al mundo de tinieblas que habitaban en los huecos del corazón, en las rendijas de las paredes y en la cobija de los pulmones de la mamá de Amadeo.

Salió hasta la puerta, miró las demás chozas, alzó su cara y el sol estaba donde mismo, no se movía como si el tiempo no tuviera prisa por caminar… como si no tuviera tiempo…

Las chozas parecían una pintura desteñida. Las ramas de palma que colgaban de los techos tampoco se movían. Tomó el balde y la escoba, aventó a un lado del pescuezo el rebozo y se hundió en la oscuridad. Sus pasos levantaron polvo que al chocar con los rayos de sol que se filtraban por las rendijas se pintaron de luz como si los pies de doña Josefa fueran luciérnagas.

De reojo había mirado para la choza donde desde el guamúchil todo el tiempo estaba sentado don Manuel Rousseau…

“Siempre me he preguntado qué es lo que espera don Manuel. Ese afán de barajear unas cartas. El ruido que hacen entre sus manos es un ruido gordo que de tanto escucharlo ya se hizo delgadito, ya se confunde con el viento. Toda la mañana se la pasa mirando para el arroyo y el palmar; ni modo que espere a su vieja que se fue por el otro rumbo. El arroyo y el palmar que están retelejos, de tanto verlos ya se me hacen como que están muertos, sin vida, tan lejos, sin ruidos…”

“Tienen que llegar por el arroyo y subir la cuesta pedregosa; tengo que escuchar el ruido de la carreta cuando aplaste las piedras del camino. No recuerdo si hace diez años o más de cincuenta cuando mi compadre Salustio y Tomás, a la sombra de unos huérivos en la Misión de Guadalupe me prometieron que vendrían para darme la revancha en la jugada de póquer en la que me dejaron en puros cueros.”

Don Manuel Rousseau era un hombre sesentón que había aprendido a vivir solo en la choza ya que su esposa no le pudo aguantar más el vicio que tenía por la baraja. Desde el viernes por la tarde, debajo del guamúchil se juntaba con algunos rancheros y hasta que se terminaba qué apostar se levantaban pero ya habían perdido la cosecha del siguiente año, cuarenta cargas de leña, los burros o las vacas, los cinco cochis.  Para entonces ya se habían ido tres tardes y el cielo se entretenía pintando estrellas y la luna se había teñido de amarillo o rojo.

Salió a buscar un burro y regresó a los diez días.

Un ranchero que descansaba en la desviación de lo que muchos años después sería la entrada a las Bebelamas y el camino de largo para llegar a lo que sería San Dieguito, le dijo que había visto a don Manuel cuando en su caballo había cortado huella para la sierra de Guadalupe.

Al día siguiente de que regresó, doña Fidencia su esposa, y sus dos hijos pequeños, pasaron por La Minita y no pararon hasta llegar a San Marcos Tierra. Alea Jacta Est. 03-11-16. Miembro de ESAC.


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