Cuando los años pasan…pesan

Se amontonan los recuerdos

Muchas veces me he preguntado qué será más virtuoso: ser joven o llegar a viejo. Porque los jóvenes no sienten lo que los viejos y habremos muchos viejos que no añoramos la juventud sencillamente porque aquella pasó –o pasa- en páginas que se escribieron y se fueron borrando con rapidez: la euforia de hoy da paso a la de otro día y así, el tránsito se va borrando en el carruaje de esa juventud, que es tan eufórica, tan relampagueante que no nos ponemos a pensar en nada más: el ahora y ya…

Y llega un momento en que uno se detiene –sin pensar si se había detenido alguna vez- y mira para los lados, para delante y para atrás. Empieza a darle forma a las cosas y a la vida espiritual, entendida la espiritualidad como el don de pensar en las acciones buenas, la bondad, la alegría, dejando en un rincón de la casa la vida material del tener muchas cosas, carros nuevos, casa chocante con las demás, ropa fina e hijos de alcurnia que se van los fines de semana “a gozar la vida” porque “papá tiene”.

Llega el momento de recalentar los años, tomarlos en tus manos y darte cuenta que ya son muchos, que pasaron muchos y que también pesan mucho… y te preguntas entonces si valió la pena. Y he ahí la virtud de la vida y de los años porque los jóvenes no se preguntan si valió la pena porque nada vale todavía para ponerlo en una balanza. Y los viejos sí tenemos mucho que poner en ella. Y como cada viejo es su clon ya tendrá a mano las cosas que pesará, es decir, la vida material y espiritual que echará a su báscula.

Porque fui joven y no recuerdo que hubiese tenido preocupación por mis años y por las cuentas que tendría que rendir a la hora de buscar mi balanza. Y vaya que la vejez nos da una lección cada día para procurar aligerar el peso, el paso y los años, ¡para pensar en la vida, vaya! y  tomarla muy en cuenta, reflexión que no anida en la juventud.

Entonces ¿qué será más virtuoso: ser joven o llegar a viejo?

Ya me enredé en este léxico  – galimatías- sin querer, tal vez la vejez me esté jugando una enredosa  y malosa jugada. Y todo porque decidí en esta colaboración no tratar el tema escabroso y doloroso del quehacer gubernamental, su sistema “anticorrupción” y las fallidas declaraciones del gobernante y su cancerbero mayor.

Y es que se amontonan los recuerdos: la amistad y sus canciones, los poemas, los amores, el 14 de febrero y “Cuando un amigo se va,” de Alberto Cortés, que enchinó mis recuerdos cuando abrí el correo del compañero Saúl Zamora, o “Los amigos” canción interpretada por El Puma, o Noche de bodas, escrita y cantada por el poeta cantor Joaquín Sabina, o su impactante canción de vida y muerte: Contigo: “porque amores que matan nunca mueren.”

Y es que se amontonan los recuerdos: mi compadre Laquito Ochoa murió un 14 de febrero. En un febrero mis huellas se pintaban y se borraban al instante por Aquilón que incansable soplaba ese norte que barría las dunas y a mí, en aquella, mi ciudad impensada, Guerrero Negro, tierra que palpita en la geografía ósea del compañero Toño Avilés.

¡Y es que se amontonan los recuerdos!

Hace apenas unos días leí una publicación de la compañera Sofía Sui Qui, que puntualmente se refiere a cualidades positivas –que a lo mejor no poseo- de este humilde viejo, al que se le siguen amontonando los recuerdos. Mi correo: raudel_tartaro@hotmail.com

PASEMOS EL RUBICÓN: Y es que se amontonan los recuerdos: con toda humildad agradezco los buenos conceptos sobre mi persona y mi forma de escribir: Sofía, Estela Davis, Juan Melgar, Arturo Meza, Antonio Sequera, Publio Octavio Romero, Rubén Sandoval, Francisco López, Miguel Ángel Avilés, Mario Benson, Jesús López (+)  Luis Pavía (+) Adrián Ojeda, Pipi Zúñiga. Es un honor que tan dilectos escritores se refieran por escrito a mi persona.

Y es un honor compartir días, tardes y noches con compañeros de San José da Magdalena, en esas amenas pláticas con Arnulfo Sui Qui, que me hospedó como inquilino “incómodo y gruñón,” en casa de Horacio y en la de Sebastián, las pláticas con Trini y Octavio, con doña Libradita, que me acompañaron a llenar hojas y más hojas que dieron vida a La Marcelina y el Granaditos, novela sentida de esa sierra de Guadalupe.

Si con los compañeros escritores me identifica la literatura y la amistad, con los compañeros de San José de Magdalena me identifica el olor a vida, a surco mojado, a poza rebosante, el canto de los grillos y el cántico tristón de las ranas. Escenarios que dieron vida a Fermín y su muñeca, a doña Cuquita y Heriberto, a doña Josefa de Quintero y a Manuel Rousseau, a la Piedra Escrita, a San Dieguito, Carpóforo y Juan Carlos, y el corrido de San José.

Por el otro lomo de la sierra, por San Ignacio, me llevó Güero Verdugo a recorrer esos caminos infernales hasta llegar a las Higueritas, rancho-vergel de don Mayelito Rojas.

Y estos rancheros tampoco se quedaron atrás y don Toribio Rojas nos cantó “La Vaquerada” corrido de esa sierra.

Y es que los recuerdos se amontonan: felicidades en este día de la amistad, virtud que deberíamos profesar todos: como un todo universal, amistad a la humildad, a la madre naturaleza, amor al humano porque el tú y el yo, somos lo mismo.

Alea Jacta Est.- 14-02-17.- Miembro de ESAC.


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