Compadre, creo que la defecamos

Íbamos subiendo la cuesta del Infierno, rumbo a San Ignacio

Íbamos subiendo la cuesta del Infierno, rumbo a San Ignacio, cuando mi compadre Quiqui García, que iba al volante, voltea y me dice: “compadre, creo que la cagamos.” ¿Por qué? le reviré. Porque llevamos pistolas abajo del asiento y si nos paran los soldados lo primero que revisarán será debajo de los asientos. Sentí un cosquilleo en el cuerpo, me dolió el estómago y las piernas se me aflojaron. Por qué me lo dice hasta ahorita, le dije.

Una noche antes habíamos interceptado a Luis Echeverría, presidente de México, en la plaza Juárez. Cuando quedamos frente  a frente él y yo, una mano como garra lo sujeta de la cabeza, lo agacha violentamente, lo voltea e inician una carrera endemoniada. Luego supe que fue hacia el ferri. Y pasado el estupor me di cuenta que el pueblo estaba totalmente a oscuras. Luego unas cincuenta personas corrieron acompañándome al ferri, porque alguien me dijo que Echeverría me esperaba allá. El pueblo estaba lleno de soldados.

A Enrique García Ruiz, -Quiqui García- lo conocí cuando  regresó de Jalisco ya que fue comisionado como docente a aquel estado. Fuimos compañeros por toda la vida y de ese compañerismo compartimos el compadrazgo ya que nos bautizó dos hijos: Fátima Araceli y Julio Cesar –el Pico- Como éramos jóvenes la farra nos acompañaba con cualquier pretexto los viernes o los sábados. Formamos una camaradería fuera de serie: Pancho Padilla, Laquito Ochoa, Quiqui García, Cital, Gibe Girón, Lucio Vargas, Benito Cañedo, Adalberto Alcántar, Abraham Rivera y yo, en los trabajos, caguamadas, la farra y el beisbol. Y cualquier noche ya cuando la parranda nos alcanzaba, alguien atinaba a decir: “vamos llevando serenata a la comadre; mi compa Quiqui llegaba con una Tuba, Padilla con la guitarra y el Mito Castro con su violín. Padilla y yo éramos los trovadores. Llegábamos a mi casa, nos colocábamos en un ventanal e iniciábamos la serenata. A la segunda mi compadre pedía el Toro, y cuando cantábamos “ahí viene el toro” mi compadre ya con la campana –trompa- de la Tuba colocada en el dintel de la ventana, tomaba aire y nada más se oía un estridente sonido: ¡bu, buuu, bu buu! que hacía temblar los cristales de la ventana. Mi señora se moría de coraje y varias veces nos corrió.

El Charo García, su padre, era músico y tenía una famosa orquesta. Por alguna razón esa tuba llegó a manos de Quiqui García. Es una tuba muy bonita, chica y estética. A estas alturas debe ser pieza de museo.

Hace muchos años, degustando un platillo de caguama en su casa, me platicó que cuando trabajó en la Huaracha, comunidad serrana del municipio de Encarnación de Díaz (la Chona) –Jalisco- los escusados estaban volados a  ras  de un cerro, y cundo defecaban el excremento volaba hasta el fondo donde los puercos hacían una escandalera para comerlo. Que los escusados quedaban al final de la explanada donde estaban las casas y que tenían que caminar varios metros para llegar; que al principio le daba pena ir a defecar ya que todo mundo lo miraba y más cuando los cochis subían con mierda en el lomo. Esa plática me quedó muy grabada y cuando escribí la novela sobre Guerrero Negro, los escusados volados aparecen en un capítulo. Cuando la edité, fui a Cachanía, llegué a su casa y le entregué una autografiada, le comenté el episodio, se rio y me dijo: “cómo chingados no me voy acordar de la Huaracha, los pinches escusados y los malditos cochis… nos reímos.

Cuando el dinero rendía, los dos meses de vacaciones los pasábamos en la capirucha. Formábamos para un préstamo en pensiones, gastábamos lo poco que llevábamos, y a esperar el préstamo. Algunos veranos tuvimos que pedir coperacha entre los maestros que concurrían a la SEP. Cuando salían los préstamos nos dábamos la gran vida y regresábamos al terruño con muy poca feria. Un lado del Hotel Congreso había un restaurante que se llamaba –o se llama- Los Jarritos: Comimos, agarramos los mariachis y de repente dice mi compadre Quiqui. “Bueno, al cuarto que voy a hacer en casa de mis padres,  no le voy a poner corredor, es mejor la música. Y así, luego le quitó las ventanas y por último, no le quedó dinero ni para el cuarto. Mi correo: raudel_tartaro@hotmail.com

PASEMOS EL RUBICÓN: el jueves 16 fui a unos trámites a Tránsito y me encontré un compañero que me informó que mi compadre Quiqui García estaba internado en el Issste. El viernes fui a visitarlo, le dediqué mi libro Ojos de madera cuchillos de vidrio, estaba dormido y le dije a una de sus hijas que se lo entregara. Me comentó que a las tres de la tarde lo daban de alta, y que lo visitara en su casa.

Dejé pasar sábado y domingo para dejar que se repusiera un poquito. El lunes le tuve miedo al frío e hice el propósito de ir a platicar el martes, día que me avisaron que había fallecido a las cinco de la mañana. Fui a casa de su hija, encontré a su esposa, Ofelia, le saludé y platicamos. Estaba Marcos Núñez y su esposa. Cuando se fueron me senté con Ofelia y recordamos los bellos tiempos y anécdotas. Llegaron El Churchy y Raúl Rousseau y la plática se alargó. Nos informaron que lo preparaban en el Patronato Mutualista y que se los entregarían entre cuatro y 5 de la tarde. Nos despedimos, vine a comer y faltando veinte para las cuatro me trasladé a la funeraria. Estaba cerrada, entré por el pasillo amplio en el que hay carrozas, pasé al lado de un ataúd, saludé fuerte para que alguien me escuchara, y salió una persona. Le indiqué a qué iba y me señaló que la persona estaba en el ataúd. Lo abrí y miré a mi compadre como si estuviera dormido, igualito y bien vestido. Al rato llegó Ofelia y su hija, Jany y otros y a las cuatro con 30 minutos salió la carroza con mi compadre.

Ofelia y yo recordamos viejas puntadas. ¿Y qué fue de la tuba, en qué terminó? Le dije. Allá está en la casa y hasta en su estuche. No te deshagas de ella, es una reliquia, le dije.

“Compadre, creo que la cagamos.” Y es que en la noche del 30 de noviembre de 1973, ante una muchedumbre ansiosa por ver al mandatario, paralizamos su tránsito y cuando ya íbamos a platicar y apenas alcanzó a decir “usted es el profesor,” lo voltearon violentamente y lo llevaron corriendo hasta el muelle donde estaba el ferry La Paz. Después me comentaron que se había corrido el rumor de que en Cachanía lo querían matar. Nunca lo creí, pero ¿Por qué se lo llevaron corriendo si tranquilamente podíamos platicar “a oscuras”?

Mi compadre era un irredento jugador y un irredento compadre; nos guardamos una entrañable amistad, compañerismo y un absoluto respeto, que en la fuerte lucha minera todo tiempo me acompañó, al grado de hacerla de chofer cundo llevábamos cuatro pistolas en la posible plática que sostendría con Echeverría en el Paralelo 28, en la inauguración de la carretera.

Un recuerdo para él y un par de ases en su mano, un cubilete y un  trago de tequila.

Para ti, Ofelia y sus hijos y demás familia, un abrazo de concordia para tener a flor de alma a Quiqui García, sus viejos pasos y los caminos que recorrió con ustedes, con esa fraternidad que lo llenó por los cuatro rumbos de su alma. Compadre, allá nos vemos…

Alea jacta Est. 23-02-17.- Miembro de ESAC.-


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