Aún nos queda el desierto ( 2 )

Tal como lo anoté en la pasada colaboración, el bulevar Zapata termina en el Colegio México

Black Warrior, B. C. S. Tal como lo anoté en la pasada colaboración, el bulevar Zapata termina en el Colegio México. Escopinichi es el único maestro de los que fundamos la secundaria, que permanece en la población; las casas sufren los estragos del tiempo: viejas, despintadas y maltratadas. La lavandería de doña Chuy, en la que metieron los dos chivos para la fiesta de los maestros, y que los malosos Rauladas, Viudo, Gordo y Mócori, se los robaron por la noche, también recibe los estragos del tiempo y ya no es lavandería. Pero lo que llamaban “colonia americana” sigue siendo un conjunto de primera para los empleados importantes y directivos. En la calle Benito Juárez está la librería Vázquez (esquina) luego la primaria Amado Nervo que en 1968 por la tarde-noche era la secundaria Flores Magón, que fundamos Antonio Muñoz y un servidor. Después de la escuela está BICONSA, comedor y departamentos de visitas y empleados. Allí viví llegando y regresando a La Paz aproximadamente un año. Pero la ciudad es de concreto y arena: El bulevar, de unos cinco kilómetros de largo, es de concreto y termina en el colegio México; las dos calles, también de concreto, que corren paralelas son la Domingo Carballo y la Josefina Flores que terminan donde empiezan las colonias de arena. Por la D. Carballo está la secundaria que fundamos y que ahora se llama Francisco J Mújica. Por la J. Flores está el Cet del Mar. Las calles que entroncan con el bulevar y que están trazadas rumbo al desierto (al norte) son de concreto: la Marcelo Rubio que llega a la J. Flores y luego sigue el desierto. A su derecha están calles cortas: Sal magnesita, Sal Amoniaco, Sal Vilchy; chocan con la barda de la secundaria. Las otras de concreto son: la Miguel Alemán, con comercios por las dos aceras: la frutería San José de un compañero de esa comunidad, segundas y el diecisiete, negociación muy concurrida. Esta calle topa con la barda del Cet del Mar. La López Mateos, en un pequeño tramo de dos cuadritas también tiene concreto. Ya apunté que la Calzada de la República es de concreto y a varios kilómetros es de asfalto, ya en el mero desierto. Las bandas de arena la atraviesan por las tardes. En este rectángulo de concreto, del bulevar a la J. Flores está la ciudad de cemento, llena de negocios. Las calles de muchas curvas que salen desde la delegación de gobierno, desde la D. Carballo y la J. Flores y se internan en el desierto han dado vida a muchas colonias de miles de habitantes: un contraste explosivo entre casas confortables y de triplay, cuartos que parecen abandonados, mal hechos y otros sin ventanas. Eso sí, por todos lados hay comercios. Hay un parque que se llama Solidaridad, que emerge entre el arenal y las casas. Ya lo apunté: las calles que van al desierto son muy largas y entre ellas hay varias colonias comunicadas por calles caprichosas de arena blanca que chocan con casas y otras calles.

Pero aún nos queda el desierto para extasiarnos y ahogarnos en la distancia en la que se miran puntos verdes, amarillos rojos, que son casas que parecen hacer equilibrio para no irse al vacío en la línea del horizonte como la leyenda del Mediterráneo y el Estrecho de Gibraltar, peñón en el que “Hércules grabó: “non plus ultra” para indicar que no había tierra más allá, que ahí terminaba el mundo conocido.” Y más allá de la línea del horizonte en el desierto de mi ciudad impensada parece que el mundo se termina: al caminar se va internando en un paisaje ocre, enmohecido, pardo, seco, viento agresivo, montículos incansables coronados por rama oscura, lanchas sacrificadas llenas de huesos de ballena, cajas, llantas rodeándola, malla mohosa cubierta por arena, bolsas, palos, botellas, cartón, trapos, un cuarto con el frente bombardeado por el silencio, un pedazo de pared de cartón movida por Aquilón, y como en mágica aparición un conjunto de tallos con savia anquilosada, rodeados por un cerco de llantas, conjunto de tallos parecidos al paisaje de la Bruja de Blair, un montículo con un palo clavado en el que el vecino colocó una bandera, pero el viento le jugó la broma de juntar los dos extremos y el rectángulo es un listón tricolor que deja ver un pedazo del ala del águila que ahora sí fue vencida por la serpiente. Pero aún nos queda el desierto para sentirnos libres de la cárcel de cemento, libres y dueños de la distancia y del viento del norte. Mi correo: raudel_tartaro@hotmail.com

PASEMOS EL RUBICÓN: En algún momento el límite del canal fue dando paso a la ciudad de arena que irrumpió en el desierto: En algún momento las carpas fueron desmanteladas así como los colectivos. En algún momento la calle Francisco I. Madero fue quedando en el olvido y los silencios. Y allí están todavía, en reclamo vertical la farmacia de Toto Herrera, la tienda de Lupón, la de Fausto y Manuel Cota, ¡y el olor magistral de las tortillas de harina de doña Talpa! Y al inicio de la calle está un “parquesucho” con la placa: “Parque Pioneros de Guerrero Negro” y la fecha, 1957. Hasta en la fecha hay contradicción porque los pioneros fundaron la población el siete de abril de 1954. “Cada 7 de abril en la playa Malarrimo se levanta una densa niebla que dibuja caprichosas figuras de fantasmas, querubines, barcos piratas y el Black Warrior. Alea Jacta Est. 03-09-15


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Una Respuesta de Aún nos queda el desierto ( 2 )

  1. Bug Itzcuauhtli 04/09/2015 en 11:01 PM

    En 1970 llegué a Guerrero Negro a cursar segundo y tercero de secundaria…se llamaba Escuela Secundaria Benito Juárez, bajo un patronato al frente del cual estaba Toto Herrera, quien a la postre fue nuestro padrino de generación, y utilizábamos las instalaciones de la escuela primaria Amado Nervo, en el turno vaspertino…la primeera generación de la secundaria, si mal no recuerdo egresó en 1971, con el nombre de la escuela secundaria Benito Juárez, hasta 1972 que egresé como parte de la segunda generación en junio 1972. Esos memorables tiempos viven todavía en mis recuerdos, así como mis Maestros, inolvidables, Cesar Bouttier, Ramona Salgado, Eduardo Martínez, Jose cuevas, Alfonso Scopinichi, Ramón Arce, Pablo Calderón, Benjamín Arce, mi primer director fue el profesor Abiel (no recuerdo su apellido) y luego el Profr. José Luis Marmolejo, con quien nos graduamos…inolvidable ese tiempo…

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