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El nazi-fascismo

No es un fenómeno aislado en la historia universal

Entre nosotros es frecuente calificar a un oponente, rival o «enemigo», sea quien sea, de “fascista”, es decir, de émulo de Hitler. Se hace tal abuso del calificativo que ha acabado por perder toda eficacia, tanto para el público como para el o los destinatarios de la injuria, y se ha vuelto necesario, por eso, ahondar en él para devolverle algo del contenido que ha perdido. En este orden de ideas, lo primero que hay que precisar es que el fascismo, visto como una ideología y un régimen político que se caracterizaron por su ruptura radical con los “valores” de la civilización cristiano occidental y su consiguiente sangre fría para cometer los más horrendos crímenes de lesa humanidad (el mayor de los cuales no fue, como muchos creen, el genocidio de judíos y otras “razas inferiores”), no es algo aislado y único en la historia. Bastaría, para convencerse de esto, investigar mejor qué pasó, por ejemplo, durante el periodo esclavista de la sociedad, sobre todo en su fase más desarrollada, es decir, tal como funcionó en Grecia y Roma. ¿Sabemos acaso, con exactitud, cuántos miles de esclavos murieron en las minas de plata y oro; cuántos en las guerras emprendidas por los señores esclavistas; cuántos en las distintas rebeliones que intentaron en busca de su liberación? Si lo supiéramos, nos quedaríamos pasmados por su número y por la indiferencia con que los “cultos” esclavistas griegos miraban morir de hambre, trabajo excesivo y malos tratos, a miles de hombres y mujeres para satisfacer su sed de riqueza. Recordemos que, según varios estudiosos, la derrota de Espartaco y su ejército de esclavos fue sellada por los romanos victoriosos crucificando a cinco mil de ellos a todo lo largo de la Vía Apia.

¿Y qué decir de la piadosa Edad Media? ¿Cuántos hugonotes fueron masacrados en la terrible “noche de San Bartolomé”? ¿Cuántos hombres, mujeres y niños, cristianos y musulmanes, perdieron la vida durante las cruzadas? Un historiador católico de las mismas calcula en más de medio millón el número de “soldados de la cruz” y de “peregrinos de occidente” muertos solo en la primera cruzada, sin contar las bajas causadas a los “enemigos de Cristo”. Este mismo historiador dice que, al entrar el ejército cristiano victorioso en la Ciudad Santa de Jerusalén con el piadoso Godofredo de Bouillón al frente, la matanza de “infieles” fue de tal magnitud que la sangre de las víctimas, acumulada en la plaza de la mezquita de Omar, alcanzaba “hasta el bocado de los caballos”. ¿Se han contado acaso las víctimas por la “guerra de los cien años”, o por la  “de los treinta años”; o las causadas por los colonizadores ingleses, holandeses, portugueses, franceses y españoles, entre las razas nativas (que ellos calificaban, igual que Hitler, como “razas inferiores”) en América, África y Asia? No es necesario seguir buscando ejemplos. Lo que trato de probar es  que el nazi-fascismo no salió de la nada, ni fue fruto de la mente perversa de un loco; y que no es, tampoco, un fenómeno inusitado, sin antecedentes ni consecuencias en la historia humana. Los ejemplos que he dado (y muchos más que pueden aportarse) prueban que la crueldad brutal de Hitler, su doctrina sobre la superioridad de la raza aria, y, por tanto, su derecho a adueñarse del gobierno y de los recursos del planeta entero, tiene su antecedente y un profundo parentesco con todas las guerras de conquista ocurridas antes de él, incluso en lo que respecta a la “ruptura” con los valores de la civilización y del humanismo y al desprecio por “las razas inferiores”. Estos hechos espeluznantes, muchos de los cuales hemos olvidado convenientemente, tienen una sola raíz y una matriz común: el irrefrenable deseo de dominio de unos pocos sobre la gran mayoría de las masas populares con el fin de aprovechar su capacidad de producir riqueza material para beneficio de sus dominadores.

Y este deseo de dominación tampoco es congénito en el hombre ni nació de las cabezas de algunos ambiciosos. Es una necesidad ineludible impuesta por la división de la sociedad en poseedores y desposeídos, división que, al concentrar todos los medios para producir riqueza en manos de muy pocos, vuelve materialmente imposible que sean estos pocos quienes manejen este gran arsenal de medios productivos. Se vuelve indispensable emplear para ello a las mayorías desposeídas, las cuales son obligadas a trabajar para enriquecer a otros mientras ellos consiguen apenas lo indispensable para sobrevivir. Como tal “reparto de tareas” y de la riqueza es absolutamente inequitativo, solo puede implantarse y mantenerse mediante el uso de la fuerza. De aquí nace la teoría del “poder político” y del “Estado” como su necesaria materialización, y de ambos la necesidad de someter a las mayorías al poder de la ley y del Estado.

Pero la dominación de los pueblos por la pura fuerza es costosa y precaria. Se hace necesaria la ideología, esto es, una especie de sublimación de los rudos intereses económicos y políticos en la cabeza de las clases dominantes y de los “intelectuales” identificados, consciente o inconscientemente, con ellas. De aquí nacen todas las ciencias, la técnica y la cultura de la sociedad, razón por la cual todas ellas, incluso las más “apolíticas” como las matemáticas o las ciencias naturales, buscan reforzar el dominio (económico, político e ideológico) de la clase poderosa y las cadenas de los oprimidos mediante el adormecimiento u obnubilación de su conciencia. Por eso también, estas ciencias, estas ideas filosóficas, políticas y culturales, no admiten nunca la crítica verdadera, no aceptan que se les siente en el banquillo de los acusados por sus víctimas. A éstas, por el contrario, se les exige que renuncien a pensar, a discurrir por su cuenta, a hacer uso de su intelecto y del raciocinio para aceptar o rechazar lo que se les presenta como verdades inconcusas. A quienes se atreven a dudar, a los que tratan de pensar por su cuenta, a los que ensayan otros caminos distintos para la sociedad, de inmediato se les tacha de “herejes”, “agitadores”, “revoltosos”, y de ser “un peligro” para la “paz social”. Los defensores del sistema, sea por convicción o por interés, acaban convirtiéndose en partidarios del irracionalismo, es decir, acaban declarando, como los líderes fascistas: ¡“muera la inteligencia”; muera la crítica, muera el pensamiento libre, y vivan la obediencia ciega y el servilismo!

Por eso el fascismo, dije y digo, no es un asunto personal; su poder destructor no reside en un “loco” como Hitler, sino en las fuerzas económicas, políticas y militares que lo sostienen. Y por eso afirmo que el representante del fascismo norteamericano no es Trump sino los grandes monopolios industriales y comerciales y los gigantescos trusts bancarios de Wall Street. Y, aplicando la tesis a lo que ocurre con el Movimiento Antorchista, sostengo que el peligro que encierra la atroz intolerancia y persecución desatada por el inefable Higinio Martínez, alcalde de Texcoco, en contra de un hombre bueno, inteligente y culto que solo busca un mejor destino para los pobres de Texcoco y de México, el Dr. Brasil Acosta Peña, no deriva del irracionalismo mentiroso de Higinio y camarilla, sino directamente de la fuerza política que lo respalda, sostiene y azuza en contra de los antorchistas, es decir, del interés de MORENA por hacerse con el dominio completo del país a como dé lugar. La amenaza, por tanto, tampoco afecta solo a los antorchistas sino al país entero. Y como si la intención fuera darnos argumentos para probarlo, acaba de explotar en Atlixco, Puebla, un conflicto que parece calcado de los hechos de Texcoco. Ahí, según la prensa poblana, el día miércoles 26 de octubre, los señores Pablo Maurer y Miguel Ángel Ordóñez, priistas de rancio abolengo, convocaron a los “líderes” (?) del PAN, PRI, PRD y MORENA (¡ojo! otra vez Morena) con el propósito de crear un frente único para cerrarle el paso a la presidencia municipal, “a como dé lugar”, a la dirigente local antorchista, la diputada Hersilia Córdova. Es curioso que, según la prensa, en la reunión hubo quien afirmó que el crecimiento de Antorcha y de su diputada es culpa de los propios convocantes, que nunca se ocuparon de las necesidades de los pobres cuando fueron gobierno como sí lo están haciendo los antorchistas. A pesar de todo, acordaron desatar una guerra mediática mortífera para denunciar la “historia negra” de Antorcha, y convocar a una “megamarcha” (¿¡) con el mismo fin. Y ya están en la calle los primeros frutos “intelectuales” de los fascistas liliputienses: un volante redactado con excremento en vez de tinta, y un obsceno montaje fotográfico en internet en el que lo más publicable que dicen es que los antorchistas son “asesinos” y “putos”. Toda una lección de cultura y ética política.

Pero aquí, igual que en Texcoco, es obvio que el peligro no son estos pocos bellacos y malandrines cuya capacidad de convocatoria veremos pronto; sino la mano que mece la cuna y que se esconde detrás de tan distinguidos títeres y amanuenses como demuestran sus primeras publicaciones. Desde aquí hago notar al gobernador en funciones, Dr. Rafael Moreno Valle, y al gobernador electo, José Antonio Gali Fayad, de que, de no intervenir con toda energía y oportunidad para frenar este ataque a la democracia y a los derechos constitucionales de un importante grupo de mexicanos, el conflicto en Atlixco se escalará a nivel de todo el Estado de Puebla y de todo el país, y necesariamente alcanzará al Gobierno poblano. No digan mañana que no hubo quien los alertara del riesgo.


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