Pildorita de la Felicidad

Rodrigo Solís 

El hombre que espera un cambio 

Esta es la historia del hombre que espera un cambio. El hombre que espera un cambio todos los días se queja de su mala suerte. De ahí su carácter avinagrado y huraño. El hombre que espera un cambio atribuye sus pesares a los gobernantes de este país. Vocifera cual politólogo aventajado que todos los políticos son unos ladrones sinvergüenzas. “Míralos, tan campantes, saqueando al país y sin que nadie les diga nada”, dice con la particular estridencia que tiene su voz.

Un día la suerte del hombre que espera un cambio, cambió. Fue un día de luto, murió su padre. La empresa de la familia cayó en sus manos. “Es una gran responsabilidad”, dijo a su madre y hermanos. “Pero acepto el reto”, agregó con el pecho inflamado.

El hombre que espera un cambio, ahora empresario, fiel a su naturaleza, empezó a maldecir su suerte. “¡Qué mala suerte tengo!”, decía a los cuatro vientos, dándose golpes de pecho. Se le podía ver lloriqueando en cada esquina diciendo que en realidad a él le hubiera gustado ser otra cosa. “¿Qué te hubiera gustado ser?”, le preguntaba su familia. La respuesta era un silencio denso.

No pasó ni un año cuando el hombre que espera un cambio le informó a su madre y hermanos que la empresa estaba en números rojos. “Papá es un irresponsable, nos heredó una empresa quebrada”, se quejó con amargura. En consecuencia, el hombre que espera un cambio dejó de darle dinero a su madre. Ni un solo peso. Los hermanos, no hicieron esperar sus reclamos. “Si la empresa está en números rojos, ¿cómo le has hecho para comprar casa, coche, etc.?”

Indignado por los cuestionamientos en su contra, por que se pusiera en tela de juicio su honestidad, el hombre que espera un cambio dijo que esa casa y ese coche y esa televisión de plasma de cincuenta y tantas pulgadas y todo lo demás, había sido fruto de su arduo trabajo en manejar las finanzas de la familia, que cómo se atrevían a contravenir su autoridad al frente de la empresa.

Hombre previsor, el hombre que espera un cambio, le hizo firmar a su madre unos papeles donde le cedía todos los bienes que le dejó su difunto esposo, entre ellos unos terrenos que raudo y veloz vendió a unos constructores.

El hombre que espera un cambio, hoy día se queja amargamente de su suerte pues nadie lo entiende, en especial su familia, que injustamente lo acusa de robo y le ha retirado el habla. “No es justo, maldita mi suerte, yo sacrifiqué mi vida por ellos”, le dice bajo las sabanas a una mujer de paga, quien le cobra hasta el último peso de todos sus desfalcos por soportar sus insufribles y eternos soliloquios.

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