El albergue de los olvidados

El albergue de los olvidados

Casi un centenar de personas con SIDA y otras enfermedades conviven en el albergue tijuanense Las Memorias­­­­­­­­­. Es el único lugar en Baja California donde deportados, migrantes y víctimas de la violencia sexista encuentran tratamiento médico y espiritual totalmente gratis y por tiempo indefinido. Sufren adicción a las drogas y proceden de los campamentos que pueblan el canal de la céntrica vía Internacional de Tijuana, junto a la barda fronteriza, y de toda la zona norte de la ciudad.­­­

Unas puertas blancas y abiertas de par en par dan la bienvenida a todo el que se acerque a Las Memorias, el único albergue de Baja California gratuito al que no dejan de llegar para recibir atención – o simplemente a morir – personas en situación de calle, adictos a las drogas e infectados de VIH desde 1999.  Actualmente acoge en sus instalaciones a 83 personas de las que casi un 70% son migrantes, y aunque casi todos comparten su lucha contra el SIDA, también se registran casos de tuberculosis, minusvalías y otras afecciones. Es común que los efectos de otras enfermedades se vean acentuados por el propio VIH, y aquí cada caso lo ejemplifica; esta semana murieron Voltaire y Mª Luisa, toxicómanos seropositivos que no aguantaron las complicaciones de una meningitis. Su estado era muy delicado cuando llegaron solicitando ayuda. Como el 98% de los residentes, trataban de superar una fuerte adicción a las drogas, aunque no lo lograron. Como ellos, muchos no soportan el duro programa de desintoxicación y terminan abandonando el albergue para buscar droga en las calles. Al tiempo regresan prácticamente para morir.

Encontrar el albergue no es fácil. A casi una hora de distancia de la zona de la línea cruzando la ciudad, hay que adentrarse en el barrio La Morita, en el camino viejo a Tecate. Este barrio tampoco es ajeno al problema de las drogas, y muchos toxicómanos se acercan al albergue para pedir agujas nuevas. Al llegar al lugar contrastan en el ambiente la melancolía y una luz tranquilizadora que refleja el estado de ánimo que aquí se proyecta. Por este espacio de unos 3,000 m2 donado por el Gobierno Estatal en 2006 – pero que lleva en funcionamiento desde 1999 – han pasado casi dos millares de enfermos de distintas edades, procedencias y afecciones. Junto al personal voluntario conviven hombres, mujeres y niños a los que se les proporciona vestuario, alimentación, transporte y cuidados sanitarios por periodo indefinido. Por ser el único albergue gratuito de este tipo en Baja California también recibe a personas sin recursos que vienen “del otro lado”.

Algunos pacientes llevan años viviendo en esta comunidad en la que tampoco faltan huerto, lavandería, taller de carpintería y televisión. Los usuarios destacan que lo mejor es la comprensión, el apoyo y la orientación de la que carecían en la sociedad y que aquí se prestan continuamente unos a otros para hacer frente al SIDA. Esta peculiar familia crece poco a poco, gracias a las mejoras que gradualmente se han ido consiguiendo desde la beneficencia y el trabajo de voluntarios. Antonio Granillo, director del albergue y precursor del mismo, recuerda las dificultades con las que se ha ido encontrando en su andadura con Las Memorias. “Cuando iniciamos nuestra labor el 4 de enero de 1999 habíamos ocho servidores y un solo paciente. Veníamos del centro CIRAD de Tijuana. Allí nos prepararon a partir de una férrea disciplina. Fue en 2005 cuando nos constituimos legalmente y empezamos a incluirnos en los catálogos municipales, estatales y federales; desde entonces recibimos aportaciones gubernamentales a razón de 55,000 pesos mensuales. Sin embargo hemos duplicado nuestra ocupación y necesitamos concienciar tanto al gobierno estatal como a la sociedad de las grandes necesidades que tenemos”.

El albergue de los olvidados

Módulos para la integración

Las Memorias se construye poco a poco. Granillo recuerda que al principio era poco más que cuatro paredes, sin techo ni piso con un terreno baldío en la parte trasera. Son varias empresas las que han colaborado durante estos 14 años en la edificación de módulos y equipamiento, también personas anónimas que siguen aportando donativos, trabajo o alimentos para conseguir cubrir las necesidades de los residentes. Desde la dirección del albergue, cada proyecto responde a una necesidad concreta, como la creación de espacios separados para mujeres, familias, enfermos de tuberculosis, etc. Es importante que cada colectivo cuente con cierto grado de intimidad y comprensión, en algunos casos también se requiere por seguridad.

Misael

Misael.

En el espacio para familias, Misael, uno de los niños del albergue, y su mamá, comparten cuarto con otras dos seropositivas, Graciela y Rosa, en estado muy delicado. También se encuentran Montse, recuperándose de su pierna tras ser atropellada, Xotchil, la cocinera de las mujeres, y otras chicas. Frente al suyo se levanta el Módulo de Mujeres, construido por Cemex. Aquí comparten habitáculo y atención por la novela Ana María, Graciela y Vicky. Gaby estuvo tres años sin caminar tras sufrir un aparatoso atropello; ahora se encuentra mucho mejor. Vicky, la única procedente de Tamaulipas, fabrica pequeñas artesanías con las que recauda algunos fondos. También hay una muchacha de Hermosillo y Celia que padece ceguera permanente – aunque “mira con el corazón”-.

Gilberto Ruíz

Gilberto Ruíz.

Gilberto Ruíz, de 28 años, es de Veracruz y con apenas una semana es uno de los internados con menos tiempo en el albergue. Padeció el desprecio y maltrato de sus padres y el rechazo de su comunidad durante años por su homosexualidad, lo que le empujó a una vida en las calles, a la droga y a la prostitución. “Tal vez el amor que no sentí con mis padres lo pueda encontrar en un lugar como este, donde me puedan entender y respetarme como humano”. Después de vagar por diferentes ciudades fronterizas desde Piedras Negras a Baja California, en Mexicali realizó un test clínico que confirmó su positivo en VIH. Aunque muestra numerosas cicatrices fruto de los ataques que las maras le propinaron durante su viaje, hoy está menos triste porque un análisis de sangre ha descartado que padezca tuberculosis. Comparte vivencias y consejos con sus compañeros del módulo de homosexuales, y parece sentirse arropado entre estos muros.

Sin embargo, hay una zona en la que los pacientes están  aislados;  es el lugar más apartado del resto del albergue. Se trata del módulo para enfermos en fase de cuidados intensivos, cuya construcción se terminó en febrero de este mismo año.  En el piso superior conviven Alfredo, Ricardo, Sergio, enfermos de tuberculosis y VIH. Compartían habitación con M.Luisa y Voltaire, los dos fallecidos esta semana por meningitis.

Una parte fundamental para el funcionamiento del albergue además de la diferenciación por zonas es que los propios residentes (aquellos que estén en mejores condiciones de salud), ayuden en las labores de mantenimiento diarios. Rodrigo, natural de Michoacán, deportado después de vivir 33 años en el este de Los Ángeles, lleva viviendo unos cuatro años en el Las Memorias. Es el encargado de la farmacia, donde ordena y administra cientos de medicaciones de todos los pacientes y la entrega de jeringas nuevas para toxicómanos. “Ahora tenemos a nuestro amigo Magic Jack, un teléfono que nos donó la organización Christie´s place y que nos permite establecer comunicación con el EE.UU. Es un alivio ya que cuando eres deportado rompes casi por completo con la familia que has dejado al otro lado”.

El albergue de los olvidados

La frontera y las drogas

Granillo, ex-toxicómano y portador del virus de la Hepatitis C, achaca el crecimiento en la llegada de enfermos de VIH al consumo de cristal (metanfetamina) entre la población que vive en las calles del norte de la ciudad. “Yo fui adicto a la heroína y al alcohol durante 24 años. Esa vida casi me llevó a la muerte, pero acabé recluido en La Mesa por diez años. Allí, gracias al apoyo de la Hermana Antonia Brenner logré rehabilitarme. Fue entonces cuando la Hermana me dijo que Dios ya me había convertido y que desde ese momento en adelante debía ayudar a las personas que estaban pasando por la misma situación”.

La vida en las calles tijuanenses no es fácil, en especial para los deportados y migrantes cuyo número no hace más que aumentar. Sin papeles y en contacto con la droga, la historia se suele repetir para la mayoría en forma de abusos, prostitución, robos,… que se traducen en un tiempo de reclusión en la cárcel de la ciudad. Según Granillo, “la mayoría de casos que recibimos están directamente relacionados con la droga; ­­­­predominan los adictos al cristal, que es más barato y fácil de conseguir que en mi época la heroína”. Los adictos a esta droga sintética la fuman o inyectan, lo que potencia el peligro de contagio.  De esta forma, los reclusos con VIH son remitidos a Las Memorias, siempre que ellos quieran, y la penitenciaria ofrece un apoyo mensual en forma de especie, despensa, pago de recibos de luz, teléfono o gas,…

Victor Manuel Guillen

Victor Manuel Guillen.

No todos los que pasan un tiempo en la cárcel tijuanense salen bien parados. Victor Manuel Guillen,  de 49 años y natural de Acapulco, fue deportado de Santa Ana en 2004. “esta maldita Tijuana fue mi perdición, aquí me quedé. En su momento fui feliz, con las drogas y el dinero, pero estas son las consecuencias”. Víctor Manuel se señala las piernas inmóviles, acostado casi en 180 grados debido a la lesión de médula que se llevó de recuerdo de La Mesa, manifiesta sus ganas y apego a la etapa  “esperando un milagro de Dios para volver a caminar. Pienso que es un proceso lento pero tengo fe en que pueda lograrlo con ayuda de mis compañeros”.


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