Los niños de “Little” Oaxaca

Los niños de “Little” Oaxaca

Un centenar de niños indígenas, hijos de jornaleros agrícolas mixtecos, triquis y zapotecos, reciben educación gracias al compromiso de profesores voluntarios en la escuela benéfica levantada entre cultivos e invernaderos de Ensenada. En “El Castillo” la mayoría de los niños compaginan las clases con trabajo en el campo o labores domésticas. Gracias a la relación diaria con profesores y otros niños, aprenden español y valores de convivencia. En algunos aspectos, la cultura y tradición de las familias migrantes supone un impedimento para el desarrollo educativo de los niños.­­­

Los niños de “Little” Oaxaca

A escasos veinte minutos de la colonia Maneadero, al sur de Ensenada, entre campos de calabazas, pepinos, ejotes, tomates y cebollas, custodiados por una cadena de montañas y nubes blancas que recorren los cerros verdes cuesta abajo, se levanta “El Castillo”. Esta escuelita de color amarillo, y que debe su nombre a su aspecto de fortaleza medieval, recibe a diario alrededor de un centenar de niños y niñas que aprenden a hablar español (su lengua natural es el mixteco o el triqui), para después salir junto a sus padres a trabajar el campo. Seis profesores voluntarios coordinados por CONAFE, el organismo federal que facilita educación y profesorado en zonas rurales de todo el país, son los encargados de impartir matemáticas, historia, lengua española y las demás materias comunes al plan de estudios de Educación Primaria de la SEP.

Dean y Alba Tinney llegaron a Ensenada en 1998 desde San Diego. Fue en el centro de la ciudad donde conocieron a varios niños indígenas que se dedicaban a la venta ambulante de cigarros, chicles y golosinas en horario de escuela, por lo que se interesaron en saber dónde y cómo vivían. De esta forma llegaron al Ejido Meliandres, cerca de la sureña colonia Maneadero, y vieron con sus propios ojos las condiciones de vida que tenían los hijos de los jornaleros inmigrantes. Descalzos, desnutridos, vestidos con harapos, y casi sin saber hablar español; decidieron ofrecerles alimentos y utensilios de higiene y pensaron en cómo darles algún tipo de educación.

Los niños de “Little” Oaxaca

Las primeras clases se impartieron debajo de un árbol, y con el tiempo se fueron adentrando en las necesidades de la comunidad: casas de lona o cartón sin agua ni electricidad. Reuniendo algunos fondos y gracias al apoyo constante de voluntarios pudieron adquirir un terreno enclavado en medio de los campos de cultivo y así levantar la escuela, un castillo con salones para que los niños pudieran recibir su educación.  Alba Tinney  agradece que “la gran mejora llegara con la entrada de CONAFE y los profesores voluntarios que el organismo facilitaba a la escuela. De esta forma, a los niños se les otorga un certificado de escolaridad primaria totalmente regularizado que les permite acceder a secundaria”.

El matrimonio Tinney, que encabeza otros proyectos educativos similares en Belize y Filipinas, habla de cómo han cambiado las actitudes de los inmigrados en Ensenada. “A través de los años muchas familias han querido asentarse en Ensenada, por lo que pasamos de tener 40 niños (o solo 15 en épocas de migraciones por temporalidad agraria) a casi 100. Los niños sienten que esta escuela es para ellos y por eso vienen contentos y con ganas”. Según Dean, los resultados están siendo “fabulosos”, ya que algunos padres empiezan a comprender que es necesario que los niños asistan a la escuela.

Trabajo infantil

La profesora voluntaria Selene Noemí Hernández, de 26 años y embarazada de su tercer hijo, vive en la comunidad ejidataria desde hace casi cinco años. Aunque le gusta la vida en el campo y opina que es más tranquila, resalta las dificultades de los hijos de los trabajadores agrícolas para recibir una buena educación. “Con la creación de la escuela, la actitud de los patrones ha cambiado. Ahora esperan a que los niños tengan 11 o 12 años para permitirles trabajar junto a sus padres, no toda la jornada (para evitar tener problemas). Aunque las familias cambian muchas de sus costumbres cuando se asientan aquí, aun me llaman la atención muchas cosas cotidianas de los habitantes de esta comunidad”. Selene habla de los casos comunes de matrimonios jóvenes, o de hombres casados con dos o tres mujeres y de la venta de niñas a partir de los 15 años para emparejarlas con hombres mayores en lo que supone una costumbre que se mantiene tanto por tradición como por necesidad económica.

Ahora estamos consiguiendo que terminen hasta 6º grado, ya que la secundaria no la estudian por imposición familiar.

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Juan Pérez Benito, estudiante de Ciencias de la Educación y profesor voluntario en El Castillo desde hace tres años, habla de los diferentes roles que se las familias mixtecas otorgan a los niños dependiendo de su sexo. “Las niñas, que antes ni tan solo podían sentarse al lado de un niño, ya se relacionan con los demás niños. Las más grandecitas, que antes no tenían el permiso para venir a la escuela, ya empiezan a venir. En 6º grado tengo una sola niña, y la condición para que asista es que venga cuidando de sus 3 sobrinas. La semana pasada no pudo venir porque una de las sobrinas estuvo enferma y tuvo que quedarse a cuidar de ella”. En la escuela hay varios casos de niñas que asisten a clase cargando con hermanas, primas o sobrinas mucho más pequeñas En este aspecto la profesora Selene señala que “las niñas se quedan en casa para aprender labores hogareñas y cuidar a los niños pequeños. Ahora estamos consiguiendo que terminen hasta 6º grado, ya que la secundaria no la estudian por imposición familiar”.

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Otro de los problemas en la educación de los niños que todos los profesores voluntarios señalan es la falta de interés por parte de los padres. Juan se queja de que los padres solo están pendientes de sus trabajos en el campo y de que dejan toda la responsabilidad educativa a los profesores. Con un promedio de entre 7 y 10 hijos, y con una jornada laboral que va desde las 5 de la mañana hasta las 6 o 7 de la tarde, “el niño que viene a la escuela es porque quiere, nadie les obliga. A veces no asisten porque o tienen ropa o zapatos, o porque tuvieron que salir al campo a trabajar, algo que ellos mismos nos confiesan. También se nota en la manos: les pido que me enseñen las manos para ver si han estado trabajando y enseguida compruebo que es cierto”. Por eso, Juan no puede dejarles demasiada tarea para casa, y aún menos a los más mayores, porque realmente no tienen tiempo para hacerla. Llegan a casa a comer y se van rápido a trabajar y no regresan hasta la tarde. “Debo ser flexible en este punto. La mayoría trabaja sábados y domingos completos”.

Jazmín Guerrero, otra profesora voluntaria, también relaciona el problema del bajo nivel académico de los niños con la relación con sus padres y las obligaciones a las que están sujetos. “En la escuela notamos un rendimiento bajo. Esto es porque casi ningún niño cuenta con apoyo de sus padres para poder hacer tarea, leer o trabajar en casa. Queremos empezar a concientizar un poco a los padres para que el rendimiento aumente. Algunos niños pisan la escuela por primera vez con 8 o 10 años”. En este aspecto, Juan Pérez va más allá y pone de manifiesto un problema afectivo entre padres e hijos. ”Los niños son felices porque no son materialistas, incluso con el poco amor que les dan sus padres. Sin embargo sufren de importantes carencias y esta etapa determinará el tipo de personas que serán en el futuro. Cuando llegamos a la comunidad no existía comunicación entre niños y niñas. Se daban algunas conductas agresivas entre ellos, se llevaban mal y peleaban mucho. Hemos trabajado mucho con ellos para mejorar ese comportamiento y hemos visto grandes cambios”.

Migración mixteca

Los niños de “Little” Oaxaca

Aunque se han realizado varios censos poblacionales en el Ejido Meliandres, no se sabe con exactitud el número de personas que lo habitan. Debido a la temporalidad en los cultivos, muchas familias viajan a Baja California Sur u otros estados durante algunos meses del año acudiendo a los trabajos de jornaleros que surgen. Sin embargo, se puede afirmar que esta comunidad la componen migrantes mixtecos, en su gran mayoría, aunque también hay triquis y zapotecos.

La Mixteca es una zona que abarca el occidente de Oaxaca y parte de los Estados de Puebla y Guerrero. Se trata de una de las regiones más pobres de México (con una estimación del 60% de desempleo), con altas tasas de mortalidad infantil y analfabetismo. Las familias mixtecas cultivan una tierra empobrecida y erosionada que no les proporciona suficientes recursos para sobrevivir (se calcula que hasta un 70% de los niños mixtecos padecen desnutrición). Los pueblos carecen de agua potable, servicios básicos, escuelas y caminos. Pero si las condiciones de vida en Baja California no significan una gran diferencia, ¿por qué se producen tales migraciones?

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Selene Hernández explica que un jornalero mixteco gana en los campos ensenadenses una media de 140 pesos diarios en jornadas de entre 12  y 15 horas. “Si una familia mixteca puede ganar aunque sea un solo peso más al día en Baja California, emigran. Hay una comunicación entre los trabajadores de aquí y sus familiares de Oaxaca, por eso muchos comparten la procedencia”. Mª Eugenia Anguiano, en un estudio para el Colegio de la Frontera Norte de Tijuana, analizó el fenómeno de la migración mixteca y encontró que efectivamente hay una red extensa y bien integrada de relaciones sociales entre las distintas familias migrantes, de tal forma que se comparte información sobre la experiencia migratoria y las probabilidades de éxito en el tránsito hacia el destino laboral. Así se explica que en el caso del ejido Meliandres de Ensenada, la mayoría de migrantes mixtecos proceden de los pueblos de San Martín Peras y San Martín Duraznos, ambos situados cerca del límite de Oaxaca con Guerrero.

Los niños de “Little” Oaxaca

La migración oaxaqueña de trabajadores del campo, al igual que en otros estados de la República como Veracruz, Jalisco, Sinaloa y Sonora, es notable en toda la península de Baja California. En Tijuana y el norte de Ensenada hay zonas, casi siempre colindantes a las zonas de invernaderos y campos de cultivo, donde las familias migrantes se han venido asentando desde la década de los 80 y a las que directamente se les han llamado “Colonia Oaxaca”. Entre los meses de noviembre y junio se da una gran movilidad de trabajadores de este ejido a La Paz. Hay familias que por esta circunstancia de temporalidad del trabajo no tienen acceso una vivienda en condiciones (que debe facilitar el patrón). Las familias suelen vivir en cuarterías muy chiquitas con poca higiene, sin piso y el techo de lámina. Pese a todo y la adversidad del duro trabajo del campo, los niños de esta comunidad disfrutan de forma privilegiada de la naturaleza que les envuelve; de las montañas y las nubes que descienden desde sus cimas, de la yerba, los animales y los frutos de la tierra, y de la brisa del pacífico que les hace más llevadera la jornada.


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