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Subir el cerro (1 de 2)

Hoy en día las cosas ya no se hacen por salud o placer

Hoy en día las cosas ya no se hacen por salud o placer, como solían hacerse antes, hoy las cosas se hacen para que te vean, que es, de alguna manera, otra especie de placer. Comer, pasear, trabajar y un sinnúmero de actividades más parecen haber perdido su sentido intrínseco y tener valor siempre y cuando puedan ser compartidas a través de las redes sociales;  la comida pasa de ser una combinación de elementos nutricionales indispensable para el funcionamiento del cuerpo a ser un fetiche al cual se le conceden atributos o cualidades que van más  allá de su calidad de alimento, atributos metafísicos y su exposición y consumo personal ahora transitan al plano colectivo donde se le atribuyen cualidades de estatus social.

Así, hoy la vida se vive no de acuerdo a convicciones religiosas, ni políticas, no  con base las tradiciones familiares o regionales, gustos  o necesidades personales; en La Paz la vida se vive de acuerdo a puro trending topic, si la gente va a correr al malecón y se toma selfies, todo mundo quiere ir y ser parte de eso; a un amigo le armó un tango su mujer que casi se divorcian porque no la había llevado a El Triunfo, y mi amigo le dice que desde cuando le gusta El Triunfo, la mujer ni sabía dónde estaba ni que había, ni la historia ni nada, solamente vio que muchos de sus contactos iban al mentado Triunfo y ella no había ido, se sentía mal, su vida valía poco la pena, incluso se empezó a cuestionar el futuro de su relación ¿tendrá caso estar con alguien que no te lleva al Triunfo? Helo madre, que bonito se oye la conjugación del verbo: Helo, helo muy madre! Que hermoso es el español; bueno, el caso es que la pinche vieja ya no quería saber nada de nada, pensaba en el divorcio, se masturbaba compulsivamente para alejar de su cabeza la fijación de ir al Triunfo, veía al marido con rencor y sentía asco cuando la tocaba, ¿porqué? Porque no la había llevado al Triunfo, pero no al triunfo en general, no a un triunfo moral o económico, sino al retazo de pueblo que está al sur de la ciudad, donde hay más pianos que casas, cuyo encanto quizá radica en que todavía se respiran su historia y sus leyendas, pero eso ella no lo sabía, solo sabía que se sentía vacía, fuera de lugar porque sus contactos habían ido al triunfo y ella no.

Empezó a alejarse de la gente, sentía que murmuraban a sus espaldas porque no ella no tenía fotos de El Triunfo en su face. Empezó a sentirse excluida, a comprender el apartheid, las juderías, al lobo estepario, a sentirse sola, como Fidel caminando en Wall Street, como una pestaña sin ojos (Arjona Dixit). El caso es que mi compa la llevó un domingo, nomás estuvo media hora, se tomó unas fotos pal feis y dijo que ya se fueran porque hacía musho pinshi calors y le había picado una hormiga, santo remedio, la mujer ya estaba feliz, hasta salió embarazada de nuevo.

Bueno, el caso es que ahora uno nomás anda viendo que hacen los demás para ir también a hacerlo y dejar constancia ante la humanidad que se vive y se vive bien, es decir, de acuerdo a las tendencias cibernéticas. Yo tuve la brillante idea de dejarme seducir por una de las moditas más ojetes que trae la gente por acá: subir el cerro. Antes la paceñada subía el cerro, pero el Cerro de la Calavera, que está en el malecón, solo iban unos cuantos, los que se ejercitaban por convicción genuina, como no había face, pues ahora ni quien los recuerde ni a quien le importe. Ahora la gente va y sube el cerro atravesado, en todos lados hay un cerro atravesado, el de aquí es el primero que está saliendo por el libramiento de la Coca a mano derecha, o bien, donde topa la 5 de Febrero.

No sé qué fue lo que me animó a subir el cerro, una persona con los problemas de sociopatía que yo padezco no crean que anda buscando aglomeraciones de gente para sentirse bien, por el contrario, las rehúye en lo posible, por eso nunca voy a misa ni he estado en una orgía, bueno, casi nunca. Pero también los sociópatas somos vulnerables a otros males, pa acabarla de chingar, y uno solo puede imponerse la idea de subir el cerro por dos razones, la primera, porque andas de lurio detrás de una morra que ya sabes –por el face, obvi-, que va al cerro, o dos, porque viste que un cabrón que siempre consideraste más gordo y más guango que tú subió el pinche cerro; ese golpe el orgullo no puede soportarlo y tienes que ir y subir el maldito cerro para mantener a salvo tu dignidad. En mi caso particular, como aparte de todo también soy bien huevón, pues tuvieron que conjugarse ambas cosas para que solo así me decidiera a ir a subir el famoso Cerro Atravesado.

No te pases de verdolaga. Tsss. Los primeros 300 mts. No hay tos, con una inclinación de 45º no pasa nada, ahí alcanzas a meter la segunda, pero cuando doblas a tu derecha en la primera curva ahí empiezas a sentir lo que es amar a dios en tierra ajena. El primer jalón lo sientes en las pantorrillas y en ese músculo que no sé cómo se llama pero está a un ladito de la espinilla, la inclinación del camino es más visiblemente más pronunciada, y ya tienes que echar el carapacho un poco hacia adelante para ayudar a las piernas, y vas sintiendo cómo poco a poco la sangre empieza a circular y empieza a ponérsete calientita la sangre, y unas doñas, cuasi nanas, te pasan por un lado plática y plática como si nada y te cala, y el pinche orgullo hace que aprietes el paso y todo lo demás, porque a esas alturas ya sientes las piernas ardiendo de la putiza de ir subiendo, por más que aprietas todo sientes que todo se aguadea, haz de cuenta que vas para la costa, en esas rectas de puro permanente que hasta el cenicero le suena al carro, le bajas y el carro trr trrr trrr y le aceleras y el carro trrtrrtrr, te haces a un lado, al otro y no hay manera de que el carro no bote. Así cuando vas subiendo, por más que tratas de mantenerte compacto sientes que te faltan las fuerzas para tensar desde el músculo más evidente hasta el más escondido.

Cuando crees que ya se va a acabar la subida, viras un poco a la izquierda y ves un pisito de cemento que hace la última ese de la cuesta, ahí sí, en ese pisito sientes lo que es bueno, sientes unas piernonas calientes del esfuerzo que el músculo hace por subir lo más empinado de la subidita esa, y hay gente, ni modo de regresarte, o sentarte, solo la idea de no ser menos que el pinche gordo ese que odias te impulsa a seguir adelante. Sientes que se te acaba el aire, que te crecen las nalgas, que te prendieron lumbre en las patas como a Cuauhtémoc cuando querían que les diera el password del tesoro mexica, y no gritas y te regresas porque hay un chingo de conocidos que se van a dar cuenta, o más bien, van a comprobar que vales madre y eso no puede ser. Narciso Agúndez y su gabinete subían, y subían en chinga, pero que madre, tenían el incentivo de salir por piernas cuando terminara el sexenio.


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4 Responses to Subir el cerro (1 de 2)

  1. Julio Martínez Rojo 22/06/2016 en 12:30 PM

    ¡¡Genial!!

  2. mary 22/06/2016 en 12:44 PM

    jajaja hey, se quedó en lo mero bueno!

  3. Alberto Kimba 23/06/2016 en 3:06 PM

    cualquier parecido pura coincidencia…
    muy bueno jajajaj

  4. Ramón Cota Gutiérrez 25/06/2016 en 7:53 AM

    Buenos Días. Felicidades. Me gustó casi tanto como mi café mañanero. Le seguiré.

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