El Arroyo / parte II final

Quedarte detenido por el paso de un arroyo puede llevarte horas

Quedarte detenido por el paso de un arroyo puede llevarte horas, a mí me tocó estar una noche completa en el de Santa Rita; antes del auge del Internet y la telefonía celular no había mucha oportunidad de saber que ocurría a cien kilómetros de donde vivías, tenías que correr el riesgo de salir a carretera y ver qué pasaba. Antes en los viajes uno siempre llevaba lonche y agua, ante cualquier imprevisto no sabías que podía pasar. Esa vez que nos quedamos varados en Santa Rita fue terrible porque fueron muchas horas, y además porque fue mi culpa que tomáramos carretera a pesar de que sabíamos que estaba lloviendo y que era probable que estuvieran corriendo los arroyos.

Hay cientos de arroyos a lo largo de la península, miles de arroyos, la columna vertebral de la Baja California, la Sierra de la Giganta, divide a la mitad el jirón de tierra en que vivimos; en algunas partes coquetea con el Pacífico, en algunas otras, como en Loreto, moja sus pies en la cálidas aguas del Golfo de California, de ello deriva la geografía ajada con cientos de estrías que abren, a veces un poco más, a veces un poco menos, la piel tostada de esta Calafia desnuda.

Aceptaba pues la mea culpa, de haber obligado a mi familia, padres y hermanos, además de unos tíos que tuvieron el mal tino de viajar de raite con nosotros, de emprender el viaje a sabiendas de la alta probabilidad de quedar detenidos en un arroyo; era la víspera de navidad y me urgía volver a pasar la fiestas con mis amigos. Qué puede la sensatez y la autoridad paternal contra las rabietas de un adolescente lleno de granos y con pelos en la mano, ¡nada!.

Me sentí sumamente mal porque nadie me culpó, en la camioneta sólo existía el silencio brutal de que pesaba más que el reclamo, además de la densidad del aire que fue tornándose cada vez más insoportable debido a los humores de ocho personas encerrados en un vehículo, afuera el frío hacía que te dolieran las patas y moquearas como Somalí.

Otra de las cosas curiosas de los sudcalifornianos es nos encanta es la pachanguera en el monte, específicamente ir a la brecha. Es bueno cualquier pretexto, que llovió, quedarse en el arroyo y la baja mil ni se diga para agarrar para el monte y quedarse al lado de alguna brecha a beber y comer. Esa noche en el arroyo de Santa Rita, ya muchos resignados y llenos del espíritu navideño luego luego empezaron a armar sus fogatas, a subirle al estéreo al carro y a asar quien sabe qué, pero algo pusieron en las parrillas improvisadas. A fin de cuentas si no fuera por la transpeninsular todo aquí es brecha, así que el convivio en el tierrero se nos da bien.

En la mañana me tocó pagar por insistir en el viaje: sentí la imperiosa necesidad de ir al baño. A hacer del dos, a tirar el maizoro pues. Digo, evacuar es algo tan natural como odioso y vulgar, pero necesario, el problema es que en aquellos tiempos yo no sabía que cuando uno iba a liberar a Güili en el monte no debía de bajarse la ropa hasta los tobillos, como lo harías en el baño de tu casa, y digo de tu casa porque los sudcalifornianos sólo vamos al baño en nuestra casa, salvo que ya esté en puerta una peritonitis. El caso es que la técnica de desove al aire libre implica dejarse la ropa a la altura de las rodillas para evitar que el producto del desove caiga sobre tu propia ropa; de tal suerte para mí las pocas veces que me había enfrentado a tal necesidad había sido toda una odisea salir bien librado, pues no asumía normalmente la posición de catcher y listo, más bien tenía que efectuar toda una serie de posturas que fácilmente me hubieran ganado un lugar con los acróbatas del cirque du soleil.

Bueno, el quid del asunto es que para mi suponía un hecho terribilísimo, para esto ya era de día, y no tuve más que romper el silencio y tragarme mi orgullo para pedir papel higiénico, mi mamá de manera más bien ojete me dio todo el rollo de charmín acolchado y con olor a potpourrí, – ¿no es algo perverso, contra natura y hasta ridículo traer el aniceto oloroso a potpourrí?[1]

Totalmente desconocedora de la psique juvenil, mi madre se atrevió a pensar que yo saldría rumbo al monte con el rollo de papel en la mano, o sea, jelóu, antes muerto que sencillo, desde luego envolví un pedazo de papel en mi mano, el suficiente para volver a embalsamar a Tutankamón, y caminé sobre el lodo y entre la dispersa floresta al igual que muchos otras personas que avanzaban con pies de plomo, eligiendo donde dar el siguiente paso. Éramos la primera línea de avanzada sobre un presunto campo minado, que en realidad había ya sido abonado durante la noche por otros inquilinos del St. Rita Riverside con un metabolismo más afortunado que los evacuadotes matutinos.

Así, zigzagueando entre pastelones de las más variadas consistencias, formas y coloraciones por fin llegué a un lugar que tras una rápida evaluación consideré propicio para mi escatológica empresa. No relataré los pormenores del desazolvamiento del triperío por respeto a usted, gentil lectorcillo, la luz del entendimiento me hace ser muy comedido, y también por salvaguardar una pizca de dignidad que pienso perder en las próximas campañas electorales. Les diré, porque el nudo de la narración así lo exige, que fue tan doloroso, sucio y escandaloso como un parto en la banqueta del Seguro. Es algo que quisiera olvidar…

En otra ocasión tuvimos la mala fortuna de quedarnos en un arroyo yendo hacia Loreto. Desde las dos de la tarde la cola de vehículos se prolongaba por unos cuatro kilómetros, había que estacionarse en la cola y caminar un buen trecho hasta llegar a la orilla del arroyo para ver cuánta agua traía y hacer un cálculo de lo que tardaría en bajar. Volver casi nunca es una buena idea, porque de regreso de igual manera te puedes encontrar con que ya está bajando algún otro arroyo e igual te quedas sin poder pasar, así que la mayoría de la gente opta por esperar.

A eso de las diez de la noche, mi abuela que viajaba con nosotros, quiso bajar de la camioneta y al hacerlo resbaló con la gravilla que siempre hay a la orilla de la carretera, se quebró un brazo. Se desmayó y fue muy difícil hacerla volver en sí, mi tío, su hijo, tuvo que soplarle en la boca para hacerla reaccionar. A esa hora ya empezaban a pasar algunos carros, todavía la fuerza del agua era bastante considerable. Mi papá, siempre atento a las formas, encendió la camioneta y se encaminó por el carril de venida, ante las mentadas de madre y cláxones de los que venían y de los que hacían cola para pasar. Al llegar al arroyo mi tío se bajó y explicó la situación a los que estaban organizando el paso, pasaba solo un carro de ida y uno de venida por el lugar que se suponía más seguro.

Por fin nos dieron el paso. Conforme la camioneta avanzaba se sentía la pesadez del agua empujándola de lado, el motor cada vez se oía más y más fuerte y la camioneta avanzaba más lento; empezamos a sentir cómo troncos y piedras golpeaban por debajo del carro, empezamos a sentir el agua helada que se colaba por las puertas. El golpeteo del agua contra el carro que avanzaba lento pero a la vez se deslizaba hacia un lado, mi abuela inconciente, el llanto de mi madre y de mi tía, mi padre tratando de sostener el vehículo sobre la cinta asfáltica que tenía que adivinar sobre el agua chocolatosa. El agua golpeteaba con fuerza y salpicaba todo el parabrisas, hubo que prender los whippers, justo en medio, donde el agua se arremolina más y se hace bulto, se apaga la camioneta; mi papá generalmente ecuánime golpea el volante y dice: “carros más bajitos ya pasaron y esta pinche porquería tenía que pararse”. Quería mucho esa camioneta, y aunque mi mamá y nosotros le habíamos pedido que ya la vendiera se resistía, en ese momento supe que ese sería el final, como ocurrió a las semanas que la llevó a vender a Los Cabos.

Mi tío rápidamente se quitó zapatos y se remangó los pantalones y buscó algo con que golpear las terminales de la batería, lo más probable era que la corriente por el agua se había cortado, tras varios intentos que aumentaban uno a uno nuestra desesperación, la camioneta por fin arrancó y pudimos cruzar el maldito arroyo con mi abuela todavía desvanecida.

 Salmo Responsorial: “cuando el río suena…”.

 

[1] Reflexiónelo estimado lector, piénselo bien, no una ni dos veces, platíquelo con su familia, hable con Miguel Ángel y pregúntele a la psicóloga pedorra esa que habla chiquión si es correcto. Pregúntele al obispo una vez que ande bueno y sano si es correcto negar la naturaleza humana y por tanto, la obra de dios.


* * *


4 Responses to El Arroyo / parte II final

  1. Ana R. 26/09/2014 en 7:24 AM

    Gozo

  2. lectorcillo 27/09/2014 en 8:09 PM

    muy bien, aunque el estilo es algo raro es de reconocerse que de cosas tan comunes el tal simitrio haga una reflecxión, gran observador

  3. Iconoclasta 28/09/2014 en 9:21 PM

    Gracias Simitrio, en estos días de tribulación, entre ejecuciones, vientos huracanados, rapiña y ministerios públicos que disparan (con armas de fuego) a sus novias, siempre es un placer leer tú en este caso escatológica columna.

    Haz pensado en publicar un anecdotario o algo así? Como tú lectorcillo asiduo, al menos yo lo compraría. Saludos

  4. pacegno 30/09/2014 en 12:26 AM

    se me hizo bien, y mas lo de la psicologa esa panochera de como habla

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