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Neoliberalismo y organización

El neoliberalismo no nació por generación espontánea

La mayor parte de los estudiosos de la sociedad aceptan que el neoliberalismo comenzó a instrumentarse a partir de los años setenta y que se volvió hegemónico a nivel global en la década siguiente, cuando el binomio compuesto por Margaret Tatcher y Ronald Reagan encabezó el ataque contra el llamado Estado de bienestar, que se había mantenido vigente durante el mundo de la posguerra. Este viraje conservador significó, poco más o menos, un debilitamiento del Estado, que transfirió sus empresas a manos de particulares (en algunos casos las privatizaciones resultaron auténticos saqueos de los bienes públicos) y dejó de garantizar el acceso gratuito a servicios como la educación y la salud, lo cual estuvo ligado íntimamente a la disminución del gasto social; asimismo, entrañó un duro golpe para las clases trabajadoras, pues se arremetió contra sus sindicatos y se disminuyeron los derechos laborales conquistados a lo largo de décadas. Todo esto fue acompañado por una serie de medidas que derribaron las regulaciones en los mercados (por ejemplo, las que acotaban el sector financiero), y que implicó el abandono de políticas proteccionistas en países económicamente débiles, lo cual permitió aumentar el margen de ganancia de los países poderosos. En suma, el Estado que reconocía su obligación de brindar bienestar a sus habitantes se convirtió en simple regulador, en el encargado de vigilar el correcto funcionamiento de los mercados y mantener la paz social.

El neoliberalismo no nació por generación espontánea. Como señala el geógrafo marxista británico David Harvey en su libro “Breve historia del neoliberalismo”, la instrumentación del modelo estuvo precedida de un trabajo propagandístico envuelto con halo científico que se encargó de posicionar la idea de que el problema era el Estado y las restricciones que imponía al mercado; en consecuencia, la solución era derribar todo aquello que estorbara al correcto funcionamiento del mercado, es decir, sustituir el Estado de bienestar, basado en la teoría keynesiana, por uno más apegado a las políticas de manufactura neoclásica. Desde luego, este trabajo ideológico pudo fecundar porque las condiciones económicas y políticas estaban dadas para un gran cambio, ya que el modelo económico surgido en la posguerra mostraba signos evidentes de agotamiento.

Conviene no omitir, como gustan hacer algunos estudiosos del tema, que el modelo neoliberal, igual que el citado Estado de bienestar, son expresiones de diversas fases del sistema capitalista; dicho de otro modo, el neoliberalismo expresa una etapa temporal en el desarrollo del capitalismo, que es, esencialmente, como señaló Lenin, el sistema económico donde los medios de producción están en manos de un grupo minoritario (burguesía) que explota a un grupo mayoritario que no tiene más recurso para sostenerse que su fuerza de trabajo, es decir, el proletariado. No sobra decir que está plenamente demostrado que el objetivo de los capitalistas –como personificación del capital- es obtener el logro de la máxima ganancia sin importar los efectos que esto conlleve. Si alguien duda, ahí está el problema del calentamiento global que demuestra que ni siquiera la preservación de nuestro mundo está a salvo de la carrera por la ganancia.

Pero no solo eso. Precisamente porque el neoliberalismo expresa una etapa temporal del capitalismo, también representa un estado de la lucha de clases, concepto que algunos tildan de anacrónico, pero que el mismo Warren Buffett, el tercer hombre más rico del mundo, utilizó cuando dijo: “Hay una guerra de clases, y de momento la estamos ganando los ricos.” No hay duda de que el neoliberalismo significó un cambio en la correlación de fuerzas sociales, favoreciendo el aumento del poder de los sectores empresariales y financieros en detrimento de las clases trabajadoras. El viraje económico y político hacia el neoliberalismo tuvo como objetivo aumentar la tasa de ganancia que se veía amenazada.

Los resultados de 30 años de modelo neoliberal en México y el mundo están a la vista: crecimiento acelerado de la desigualdad; aumento del número de pobres; crisis cada vez más devastadoras, como la hecatombe financiera de 2008 en Estados Unidos; ralentización de la tasa de crecimiento económico; y, por si fuera poco, más inestabilidad política en zonas como el Medio Oriente, así como los altos niveles de contaminación que amenazan seriamente la vida humana. En pocas palabras, todo el progreso prometido no pasó de ser un bello discurso digno de olvido.

Sin embargo, por más problemas estructurales que presente el modelo y aunque no haya cumplido las expectativas de las masas del mundo, no va a caer solo. La experiencia de otros países que decidieron transitar por caminos diferentes al sendero neoliberal demuestra que la fuerza organizada de las clases trabajadoras o las clases sociales sometidas ha sido fundamental para esta transformación económica y política. No hay duda de que en esos países la economía sigue atada a la dinámica del capitalismo mundial, pero también es cierto que es un modelo más racional, más apegado a los intereses de las mayorías y abona para avanzar en la ruta que un día tendrá que desembocar en el mundo post-capitalista.

Por eso creo que, en el caso de México, fallan todos aquellos que veneran la rebelión espontánea de la gente, algo que está sucediendo en estos días por el llamado “gasolinazo”. La inconformidad social solo puede fructificar en un cambio de modelo económico si está acompañada de una fuerza política estructurada, que a su vez tenga un proyecto para transformar el país. Como señalamos líneas arriba, el neoliberalismo no se impuso solo y no se sostiene solo; al contrario, fue la respuesta de las clases dominantes del mundo para aumentar su ganancia y garantizar su dominio político, o sea, es un proyecto de clase. De esta manera, si las clases oprimidas de México buscan un modelo económico más justo, deben impulsarlo luchando, en primera instancia, por el poder político y, luego, defenderlo en todas las trincheras. Por esas razones coincido con todos aquellos que sostienen que, en los días que corren, la tarea de los que verdaderamente luchan por un cambio profundo en el país es explicar pacientemente la situación a las clases trabajadoras y llamarlas a crear la fuerza organizada que sea capaz de instrumentar un modelo económico diferente al neoliberal, que está arrasando con el país.

Luis Antonio Rodriguez Rodriguez 
Lic. en Economía por la UNAM
Lic. en Historia por la Universidad Autónoma de Tlaxcala


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