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Civitas Californio XXIX

El Milo González. A su memoria (01-03-1956/18-06-2016)

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El domingo 19 nos preparábamos para festejar el “Día del Padre”, después de regresar a San José de La Paz con mi familia para un festejo familiar:  el cumpleaños y primera comunión de Rhyana, mi sobrina, hija de José.

Mi gran amigo Luis Alberto González, me había enviado un mensaje, muy temprano, con la terrible noticia:  “¿Ya supiste lo de Milo?”, me escribió.   “¿De qué?, le pregunté.   “Murió”, me contestó. Pronto la tristeza y el estupor me invadió,  y le marqué inmediatamente.    Me dio los pormenores:   habían llegado en la madrugada del domingo en La Paz y habían pasado por la Arena California, donde esa noche se presentaba El Milo, en su reencuentro con los escenarios, y afuera del local había inquietud en la gente.  No faltó quien le informara lo que había pasado.  Y fue lo que sus familiares, amigos y fans de El Milo, ya lo sabemos:   había iniciado su presentación, después de la primera canción, se dirigía al público y contaba la forma en que se había iniciado cantando con Los Astros de La Ribera;  cómo se había acercado a Los Muecas, y se reconocía paceño, nacido en San Juan de Los Planes;  el porqué habían llegado a Las Cuevas sus padres, después a Santiago, por último a La Ribera.   Y comenzó a sentirse mal, le faltó oxígeno y se desvaneció, ante el estupor del público y sus hermanos y familiares que ahí se encontraban.   Todo lo que vimos en el video que subió a la internet nuestro amigo Pedro Mazón Benítez, quien fue su último presentador, y con quien me comuniqué posteriormente.

Todo esto  lo comuniqué a mi familia.  No lo podíamos creer.

A mi familia las tenía al tanto de la amistad que sostuve en estos últimos años con El Milo, a quien busqué motivado por su legendaria participación con Los Muecas, de 1975 a 1977.   Ya lo había escuchado cantar con Los Astros de La Ribera, en mis años de adolescente, en la cancha del ejido Agua Caliente, Delegación de Santiago, donde mi padre Saturnino y mi madre Maclovia, tenían una tienda de abarrotes, enfrente precisamente de la cancha del pequeño poblado.  Eran las fiestas patronales de Agua Caliente, y él también, muy joven, su voz se distinguía por su parecido con la de Artemio, vocalista del conjunto musical de Mexicali, Baja California, que  se escuchaba en las estaciones de radio y muchas veces amenizaba en los bailes en las fiestas de nuestros pueblos, especialmente en  “El Vergel”, de Santa Rosa.

Todo esto, abigarrado con mis recuerdos nostálgicos, los narro, en un libro breve próximo a editarse, y que ya estaba diseñado y aprobado por El Milo.  Es un trabajo de veinte páginas que por cuestiones económicas no pude imprimir en vida de mi amigo.

Varias veces lo platicamos.  Él me decía: “no te preocupes, Valentín.  Está bien ya con lo que publicaste en Tribuna de Los Cabos”.  Pero yo le insistía en que tenía que hacer el tiraje;  que haríamos su presentación en un evento cultural, y que ahí le pediría que hablara y cantara,  que estuviera toda su familia, porque era un merecido reconocimiento que todos sus amigos le debíamos por su talento, por su sencillez, por su calidad humana, sobre todo, porque transitó de la música popular, donde destacó por su romanticismo, a la música evangelizadora, dando a conocer su fe, ayudando a su propagación con el talento (don) de una extraordinaria voz que Dios le regaló. Por eso como consuelo, coincidimos en señalar:  “Dios se lo llevó el Día del Padre, porque allá lo necesitaba, para que le cantara”.  Así lo creemos.

El mismo domingo 19, como a las once de la mañana, apesadumbrado y triste por el golpe moral recibido, nos trasladamos con mis hijos Valentín, “Chomy” y  Juan Pablo, a  la casa de El Milo, en La Playa, para ver a su familia, pues ellos también lo trataron aunque brevemente.  Estaban sus familiares cercanos, su grupo de canto de la iglesia y muchos amigos. Tristes también, ojos llorosos, rostros  marchitos por el dolor y la pena de su pérdida.  Esperamos algunas horas, la gente seguía llegando.  Personal de la funeraria alistaba las carpas  y el mobiliario.

Recibido el féretro con su cuerpo, se introdujo a su casa, en la sala, donde se le veló, teniendo a un lado las imágenes sacras de Dios y la Virgen de Guadalupe, algunas fotografías de su juventud y con el grupo “Los Muecas”, que por esas horas supieron del deceso, porque iban junto con sus amigos  “Los Búhos”, también de Mexicali, con quienes grabó algunas canciones de alabanza a Dios, como la de “El Cristo Roto”, que personalmente me llega hasta el corazón.

Por la tarde del día lunes 20, a las cuatro, se levantó su cuerpo para ser llevado a la iglesia de su comunidad.  Lleno total, mucho pueblo, gran acompañamiento.  En su  homilía el padre Raúl Mendivil, con quien cultivamos amistad en la Iglesia del Inmaculado Corazón de María, en La Paz,  se refirió a El Milo como un hombre de fe cuyo talento lo puso al servicio de la comunidad, y la certeza de que Dios lo llamó porque lo necesitaba.

Seguidamente, el funeral hizo un breve recorrido por La Playa, cerca de la marina, por donde nuestro amigo transitó en innumerables ocasiones, para luego partir al panteón de San José, aledaño al Estero y la Misión Vieja, donde se sostiene que unos trescientos metros antes, se fundó la Misión de San José del Cabo “Añuití”.

Centenares de personas lo acompañamos a su última morada, donde sus restos mortales ahora descansan al lado de cientos de cabeños de antaño y de nuevo cuño que se nos han adelantado en el viaje a la eternidad.  Ahí recibió un breve homenaje y la despedida con sus canciones.

Y tuve la oportunidad de saludar a sus hermanos José Rosario y  Ángel  Martín, a quienes invité al homenaje a El Milo, que se llevó a cabo entre Miraflores y Santiago, en el Trópico de Cáncer el martes 21 próximo pasado,  en el Segundo Plenilunio organizado por el Instituto Municipal de Cultura y las Artes, que dirige Alán Castro, y donde participaría nuestro amigo, cantando sus canciones.

Como yo lo había invitado, desde el Primer Plenilunio celebrado en mayo, había comprometido estar ahora.   Yo le haría su presentación, leyendo parte de su biografía y su trayectoria musical, como siempre lo hice, y él cantaría.  Para ello le había pedido que al final cantara una de sus canciones favoritas: “El Cristo Roto”, a lo que gustoso había accedido.  Creo que siempre la cantó, pero ahora, ante el sendero luminoso que Jesucristo le abrió el sábado casi a media noche, cuando lo llamó.

Platiqué con sus hermanos, José y Ángel Martín, quienes junto con sus respectivas esposas, nos acompañaron en el Segundo Plenilunio, donde se le rindió homenaje a El Milo.  Sobrepuestos al dolor, se dirigieron al público, muy agradecidos, y contaron algunos pasajes de la vida de su hermano.

Quedo pendiente (con mi único lector) en una próxima entrega, relatar la experiencia milagrosa que vivió El Milo hace más o menos quince años, cuando tuvo que salir a buscar una operación de su  corazón, y que por diversas razones, no realizaron manos humanas.

Hay mucho que comentar y escribir de nuestro querido amigo El Milo. Sirvan estas modestas líneas, escritas más con las manos del corazón,  para reconocer su talento y su vida.  Murió como quería, en la raya;  y está donde quería: gozando de la luz divina.

Descanse en paz.  A su familia, pronta aceptación y nuestra solidaridad. (23-06-2016).

#Sus comentarios y sugerencias las recibo en  mis correos:  civitascalifornio@gmail.com;  y valentincastro58@hotmail.com


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