Terrenos en Cabo San Lucas

Civitas Californio XLII

El "Cepelin" del ejido Agua Caliente

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Las casualidades, muchas de las cuales las entiendo como diosidencias se presentan inesperadas, insospechadas y espontáneas.  Puede haber algo de misterio en ellas, y también puede que nos pasen a muchos de nosotros, cuando hemos pasado el umbral del medio siglo de vida y la llegada de la madurez; bueno, al menos eso creo.  Y cuando -conforme nos induce la creencia en Dios- intentamos encontrarle una razón a estas  casualidades, reflexionamos estos eventos y aceptamos que no son el producto de la casualidad, sino señales del Creador, generalmente nos conformamos y entendemos los porqués de que hayan sucedido.

Por muchos años le había perdido la huella a un primo, al que de chico le decíamos “El 7”;  hijo de mi tío Arnulfo “Nufito”, hermano de mi “apá”, quien toda su vida la pasó en Agua Caliente, un caserío a escasos dos kilómetros de “El Chorro”, que se ubica al pie de la sierra, de Santiago, para adentro. Aparte del parentesco y la curiosidad de saber de él, me intrigaba porque casi nadie sabía donde andaba (en nuestra familia la comunicación cotidiana no es el fuerte); aunque después supe que siempre estuvo muy cerca de Todos Santos.  Cumplida la mayoría de edad, “El 7” se había ido a La Paz para trabajar de  policía judicial, luego de agente de tránsito;  después tuvo problemas familiares y se vino a Los Cabos, donde trabajó también de agente de tránsito, y anduvo del “tingo al tango”, como se dice.

Decían que andaba en la calle, perdido en el vicio. Lo cierto es que hace unos dos años, después de casi veinticinco o treinta de no verlo, se presentó la casualidad.  Aquel día buscaba a mi amigo el doctor Víctor Hugo Castro, quien los fines de  semana trabaja en el nuevo Hospital Salvatierra, y estaba esperándolo cuando se presentó un conocido con quien coincidí laborando en el gobierno del Estado, en los años del leonelato. Después de saludarme, me indicó que estaba alguien que quería saludarme. “Ahorita lo traigo” -me dijo.  Esperé muy poco, y regresa seguido de una persona que de momento no reconocí.  Era “El 7”, quien con su característico grito de sorpresa y la sonora carcajada por delante, me vio y me preguntó: “¿No me conoces?”.  En cuanto lo escuché hablar, supe quien era;  andaba también con problemas de salud, los que me comentó sin más preámbulos y García Vela nos dejó platicar un rato, mientras lo llamaban a consulta.  Me dijo que tenía como diez o doce años trabajando cuidando unos terrenos cerca de la playa, que son propiedad de familiares de Álvaro Obregón, por el rumbo del Ejido Plutarco Elías Calles, cerca de El Pescadero; que vivía solo, en un paraje como ermitaño, y ocasionalmente salía de ahí.  Total, intercambiamos números telefónicos, y hasta de la enfermedad nos olvidamos un rato, recordando pasajes de nuestra infancia, cuando los fines de semana me iba con mi “apá” a Agua Caliente, para ayudarle en el estanquillo, la tiendita que tenía enfrente de la cancha del ejido, o las vacaciones escolares que nos íbamos al arroyo, a la huerta y a contar anécdotas y una que otra canción, guitarra en mano, sentados en la única banca de cemento que estaba enfrente de la vieja escuela ahora habilitada como  biblioteca municipal. No había luz eléctrica y las noches eran más oscuras que un “hoyo negro”.

Renovamos la comunicación, porque “El 7” tuvo que seguir yendo a La Paz a consulta médica, y siempre me hablaba, para ir a la casa, y reírnos a tambor batiente, porque tiene la gracia de contar las más sabrosas anécdotas, aderezadas de una que otra mentira, y expresiones que tanto provocan la hilaridad,  porque no se cuida para aventar una que otra grosería, recordar imitando las voces y expresiones de los familiares viejos que ya se nos fueron, incluso a su  propio padre, quien se hizo cargo de sus numerosos hijos, y con grandes sacrificios los “crió”, a la buena de Dios, haciendo leña, cortando vara de palo de arco, productos que transportaba en dos burritos, “El Zeppelin” y “El Pardito”; y sembrando maíz, frijol, calabaza,  chiles y tomates, principalmente, en una huertita cercana a su casa, hasta el final de su vida. Aún quedan los restos de su vieja casita de paredes de vara trabada, techo de palma y, eso sí, unas hornillas de ladrillo.

“Nufito” era delgadito, chaparro, de ojos tirando a verde olivo, tan  hundidos como sus cachetes. Casi siempre vestía de caqui, pantalón y camisa, sombrero de palma o de lona, y huaraches de vaqueta con suela de llanta.  Mi “apá” se refería a él diciéndole “Curnica”, aunque nunca supe por qué.  Toda su vida muy pobre, como la mayoría de sus hermanos,  pero tan trabajador como duro en el trato y la formación de sus hijos  el Pichirilo, el Chipano, el Amado y dos hijas, “mujeres” diría mi “amá”. Sobran anécdotas, pero falta el espacio para escribirlas.

Hace unos días, me topé con el Pichirilo.  Él también fue agente de tránsito en San José y Cabo San Lucas, y se encuentra imposibilitado por enfermedad para trabajar.  Casi logra  ya la jubilación, prácticamente humanitaria. Lo traje de El Pescadero, donde vive y aloja a su hermano “El 7 “, en su casa, a Cabo San Lucas.

En el trayecto carretero, al modo como su hermano “El 7”, vino recordando sus travesuras y pillerías cuando niño, y recordé que mi “apá” siempre se acordaba de cuando mi tío “Nufito” vendió al fiel burrito que tanto le había servido, por casi cuarenta años: “Qué hígados tan negros tenía Curnica”, repetía incesantemente, lamentando lo que le pareció una ingratitud al haberlo vendido en su burrina vejez. Y que conste que mi “apá” tampoco tenía los sentimientos muy a flor de piel.

A ese borrico mi tío le puso por nombre “Zeppelin”, pero como era un burrito mexicano, no alemán como el inventor que patentó los dirigibles “Zeppelin”, yo lo escribiré como “Cepelin”.  Era un animalito de pelambre oscura, casi negra, que con tantos años encima, tantos como las cargas de leña que resistió, le sirvió de único medio de transporte para tal vez miles de cargas de leña que de varios kilómetros sacaba de entre el monte y las serranías  y las transportaba hasta su casa, para de ahí subirlas al camión de redilas de mi “apá” Saturnino las que  vendíamos en La Paz, a las panaderías o por las calles de la colonia Vicente Guerrero, cuando la leña no era un lujo, sino una necesidad para cocinar los alimentos.

La tragedia del “Cepelin”, ocurrida más o menos hace treinta años, se parece tanto como al desastre del Dirigible Hindenburg, uno de los verdaderos  “Zeppelin”, que se estrelló el 6 de mayo de 1937, para ya  jamás a surcar los aires europeos.

Al “Cepelin” de Agua Caliente, que fuera propiedad y fiel escudero de mi tío “Nufito” se lo tragaron los leones de un viejo circo, que inusitadamente llegó como los gitanos de “Cien Años de Soledad” y se colocó en el centro del pequeño caserío del ejido.   Cincuenta pesos le dieron por él y cayó víctima de un hachazo propinado por otro lugareño, el Poli Amador, quien nunca se imaginó que treinta años más tarde una ley estatal de protección a los animales, lo podría haber mandado a juicio.

El viejo, maltratado y golpeado cuerpo del “Cepelin” cayó masacrado por varias docenas de golpes para destazarlo y  arrojarlo después a  un par de leones, también viejos y desnutridos por el mal trato  de los cirqueros, que ante tan escaso público que los fue a ver tuvieron que retirarse pronto a otros lugares.  Como maldición, cuentan que ni los cincuenta pesos que pagaron por el viejo burrito sacaron del público asistente con las entradas a sus presentaciones.

El crimen del “Cepelin”, como otras tragedias mexicanas, “no se olvida”.

#Sus comentarios y sugerencias las recibo en  mis correo:  civitascalifornio@gmail.com;  y valentincastro58@hotmail.com (04-10-2016).


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