Terrenos en Cabo San Lucas

Peor que un delito, ¡una estupidez!

Desde la tradición colonial, los mexicanos trastrocamos el valor de la palabra

Desde la tradición colonial, los mexicanos trastrocamos el valor de la palabra. Lo cambiamos por el del engaño y la mentira. En términos de las antiguas prácticas y costumbres políticas, se castigaba siempre el escándalo, nunca el hecho delictivo.

Todo estaba bien. Cualquier desaguisado o fechoría se podía corregir, tenía remedio, mientras no se supiera. Una vez conocido, dejaba de pertenecer al reino de lo secreto‎ y entraba a lo mundano indefendible, a lo terrenal sujeto a la ley. Siempre creí que era un consejo secular de la alta clerecía, que también se pintaba sola.

Hoy, el escándalo político ocupa las primeras planas y arrasa con la credibilidad y con las bases mismas que sustentaban la subsistencia del sistema‎, generando un crisol de amplio espectro que fomenta la indiferencia y la apatía.

Un crecimiento inusitado de la prensa especializada en política y, más aún, la presencia de un sector ciudadano combativo que transmite de manera inmediata las noticias hacia todos los confines, a través de las redes sociales, el WhatsApp y el internet en general‎, han transformado el rostro social.

‎No existe nada bajo el sol que en un segundo no se pueda compartir, casi con la velocidad de la imaginación, a todas latitudes, públicos, clases, razas, idiomas, y mentalidades de este mundo. Todo se entiende, complementado con la imagen, por más complicado que sea.

Por ello, las corruptelas, las transacciones extralegales, las manipulaciones financieras, los fraudes, y todo tipo de actividades al margen de las leyes‎, se han convertido en auténticas bombas de tiempo.

Todo aquél que‎ no alcance a entender que su actividad pública debe ser absolutamente transparente a los ojos del escrutinio ajeno, tampoco entiende el alcance de los límites que la sociedad ha señalado a la depredación. No lo han entendido los güeros de rancho toluquitas.

Primero mienten, después maniobran

Todo escándalo protagonizado por un actor político tiene consecuencias más allá del alcance de las leyes territoriales. Los escándalos no sólo desprestigian a los ingenuos e imperitos, ahuyentan los flujos de inversión, socavan los niveles de confianza y derrumban cualquier estructura en un santiamén.

Estudiosos de universidades occidentales modernas opinan que el intento de “echar tierra” a un error político (con engaños y falsos desmentidos) puede convertirse en esta nueva sociedad en una seria ofensa, peor que la original.

Los filósofos empíricos del siglo XVII –sir Francis Bacon, el ejemplar– ya habían advertido que “es más fácil que la verdad surja del error que se comete cuando se miente, que de la confusión causada por la aseveración mentirosa”.

El estilo del sedicente glamour toluquita consistente en que, después de mentir, abren un amplio abanico de cortinas de humo inocentes y desveladas es lo peor. Sus gazapos se truecan en mentiras infamantes, después de un retintín de pendejadas y bastonazos de ciego.

Demorar las decisiones, esquivar las preguntas, montar escenarios maquillados, torcer los hechos y ocultar las deficiencias, legales y personales, acaba pagándose. Hay un nuevo ojo vigilante que no permite , cuando menos, la inmunidad.

Dígalo si no el caso Paulette, que fue investigado más por la presión de millones de internautas que por iniciativa de los Atracomulcas. A cinco años de los acontecimientos, el asunto, “cuidadosamente” ensabanado, todavía huele peor.

Las redes sociales, nueva trinchera

‎Aparte de los inservibles organismos del Estado, los miembros de la sociedad consuntiva de la información deben tener la posibilidad de ver con mirada crítica los escándalos mediáticos… a ver si así funcionan mejor las cosas.

Que sean las propias organizaciones de ciudadanos quienes denuncien, con conocimiento objetivo, el reclamo de sus derechos ante la corrupción de los dirigentes de todos niveles y rangos.

‎Para quien dude que ya no alcancen los procedimientos verticales de la “autoridad” (para la autoflagelación), provenientes de una pesada parafernalia de instituciones inservibles de Auditorías Superiores y Contralorías Internas, habría que agregar otras de mayor actualidad.

Como las estrenadas en el cono Sur del Continente, donde se intentaron organismos civiles de control social sobre la irresponsabilidad de los aparatos políticos, después del nefasto “corralito” por el que los gobiernos despojaron de sus ahorros a los argentinos.

Lo menciono porque‎ es muy fuerte la tentación de los chichimecas de la SHCP, a los que no les alcanzarán los recortes presupuestarios del primero y del segundo semestre del 2015, ni el inexistente crédito externo, para hacerse de más dinero, y seguro, no tardan en querer incursionar en esta modalidad. Y si no decimos antes nada, nos bolsearán sin remedio. ¿No lo cree usted?

De nada les va a importar saber que el escandaloso “corralito” argentino –sucio procedimiento por el cual los bancos secuestraron los ahorros de los ciudadanos–, estuvo a punto de causar una revolución urbana en el país meridional.

Pero de algo sirvió en aquella Nación para ensayar legislativamente consejos ciudadanizados que actúan de manera transversal sobre la actividad de políticos y burócratas para transparentar los manejos de efectivo.

Aquí en México, ni eso nos alcanza. Ni controles verticales, horizontales, ni transversales, ni consejos ciudadanos ad hominem. Nos cocemos aparte. Posiblemente, nuestra trinchera sería entonces la de las redes sociales.

Hora de que se percaten: no quedarán impunes

Nosotros necesitamos que el Comité de las Naciones Unidas para evitar casos de desapariciones forzadas, deba intervenir desde la ONU para corregir el autismo gubernamental y la inacción para investigar a los responsables de Iguala. En una de esas, ¡levantan a EPN!

Requerimos que desde afuera se meta la nariz de extraños para desenredar un lío que provocamos con la abulia “gubernamental” y un temor sacramental a llamar a las cosas por su nombre –y a señalar culpables del uniforme que sean–, amén de que el delito, como tal, no obstante ser de lesa humanidad, ¡no está bien tipificado en nuestra legislación penal!

‎Hasta aquí nos llevaron los escándalos de los falsos adalides creados por la poderosa “caja idiota” a quienes les tiemblan las rodillas para defender a la población. Estamos empezando a sufrir como sociedad las consecuencias de las engañifas de falsas promesas de campaña con cargo a los impuestos de los hijos de nuestros hijos.

‎A falta de credibilidad institucional y abundancia de desprestigio, desde hoy, por el tamiz de la observación de las redes sociales y del internet deberá pasar la vigilancia sobre la actuación de la “autoridad” civil desprestigiada y falaz.

También la violencia de las fuerzas armadas, inodadas en este tenebroso asunto, la justicia, las sentencias judiciales, el respeto a las normas de convivencia, el ejercicio del presupuesto, el funcionamiento de las “empresas productivas” energéticas.

Así como la actuación de las Cámaras de Diputados y Senadores, las influencias empresariales extralegales, la adjudicación de los negocios públicos, la impunidad de todo el entramado político, y todo lo que esté protegido por un manto de leguleyos poroso y casi indestructible.

Los movimientos sociales, la protesta legal y la exposición‎ mediática, son los nuevos medios de apremio y exhorto de una sociedad autocomplaciente y vejada, de cabo a rabo.

México es demasiado grande, rico en tradiciones y movimientos culturales, para creer que se siente representado por un puñado de avorazados y oportunistas que no saben ni donde termina su espalda.

Es tiempo de que empiecen a darse cuenta que no son ni serán impunes. Que el gran ojo‎ de esta nueva sociedad los vigila. Frente a él, sus aparatos demodé de espionaje y tortura, no sirven para nada. Nosotros, de algún gancho tendremos que colgarlos. ¿No cree usted?

‎Ojalá de hoy en adelante, la democracia exija a los políticos conocimiento de lo que traen entre manos, valía personal, humor, fuerza de voluntad, habilidad y convicciones, entre otras virtudes. Por lo visto, los actuales no tienen ninguna.

En sólo meses, acabaron con un sistema blindado. Arrasaron con todos los prestigios y todas las esperanzas.

‎Lo que han hecho los toluquitas es peor que un delito. ¡Es una pendejada!

Índice Flamígero: ¿Será que ya empezó a entender (remember: el “no entiende que no entiende” que le sorrajó The Economist)? Ayer, tras cuatro meses de escándalo, Enrique Peña Nieto nombró titular de la Función Pública y lo instruyó para que indague si hay o no conflicto de interés en la compra de las casas de Lomas de Chapultepec e Ixtapan de la Sal. Cuatro meses. Apenas ayer usted leía aquí que “un gobierno es tan fuerte como aquello que es capaz de hacer sin temor a las consecuencias… y es tan débil como todo lo que no puede hacer. O lo hace al revés…”. La sospecha, ahora, es que “ya arregló papeles”. ¿Usted qué cree?

www.indicepolitico.com / pacorodriguez@journalist.com / @pacorodriguez


* * *


Anúnciate en Peninsular Digital

 

¿Quires anunciarte en Peninsular Digital?

Aquí puedes descargar nuestras tarifas.

Email de contacto: publicidad@peninsulardigital.com.