De malpuestos y limpias

Alrededor de El Bolas, joven desesperado de El Calandrio, la señora aquella traza un círculo de cenizas, justo en medio de la ramada que el bajo mundo porteño conoce como Los 7 Pilares, sitio de lo más libertario al que el infelizaje porteño acude en busca de consuelo a los sofocones que un verano y un Reich de 12 años en retirada les deja, inclemente.

El Bolas ha tenido que recurrir a la “limpia” porque no ve la suya desde hace rato: los cobradores de Copel, de Electra y de Fonacot juegan panguingue bajo la benjamina que está frente a su casa; su mujer amenaza con dejarlo porque no le da ni para el gasto ni para nada, pues la diabetes lo trae de encargo; su hijo mayor está necio en cohabitar con la Morena del Peje, y los perros callejeros lo mean sin recato… Por ello es que está esta tarde al centro del aguaje, parado en medio del círculo de ceniza y cubierto por una sábana, mientras una doña ceba las brasas del anafre con incienso, al tiempo que azota al Bolas por todos lados con varas de romerillo, ruda y albahaca, repitiendo palabras rituales que ninguno entre los reunidos entiende, por más atención que le ponen al asunto. El punto culminante llega cuando la bruja saca del morral un huevo de gallina de Guinea y lo va pasando en espiral desde los tobillos hasta la coronilla del Orgullo de El Calandrio, para luego, con teatral movimiento, romperlo. Un murmullo de admiración recibe a la masa negra y peluda que brota de entre las cáscaras blancas.

—Aquí está la maldad, la malaria, el malpuesto que el hombre traiba –afirma con voz tipluda la maga, que enseña a la tribu aquella babosa pelambre representativa de la salación y suerte perra que El

Bolas se cargaba, pero que a partir de ya, ha empezado a ser cosa del pasado inmediato.

De un salto, el prohombre ya sanado avienta la sábana y sale del círculo para dirigirse con paso seguro hacia las hieleras, donde con voz firme, de hombre nuevo, ordena al Ultramarinero que destape las necesarias para proveer a cada uno de los parroquianos que han sido testigos del milagro: del antes y el después de un sudcaliforniano entero, brioso, decidor y con un nuevo brillo en la mirada.

—¿Cómo la ve con su colega, amigo Chamán? –pregunta Carambuyo Bill al anciano de la Alta Pimería, que ha observado el ritual de la bruja con mirada indescifrable, lejana y desapasionada.

— Hay magia para todos los gustos –responde cauteloso el anciano yaqui—. Si al Bolitas le gusta que le hagan trucos y le representen su aura en forma vil, allá él. Hubiera pedido ayuda y aquí le organizamos una terapia de grupo, de la que habría salido más alivianado que con la “limpia” de mi colega, y además, de pilón, ebrio y jacarandoso. Pero, cada quién –concluye.

La bruja recoge su parafernalia: sábana, ramas de olor, anafre con carbón y la ceniza regada, para luego caerle al Bolas con la cuenta, que éste cubre sin chistar. “Tal como están las cosas –piensa el aliviado en voz alta— no es conveniente quedarle a deber a nadie que tenga pacto con fuerzas oscuras, que forme parte del narco o que sea amigo de Leonel”.

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