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Crónicas de un pueblo que se sale de sus calles. ( 4 )

Pasamos San Bruno y a los tres kilómetros tomamos la carretera a San José.

Antes de salir a las fiestas de Alán le dije a mi esposa que cumpliría el ofrecimiento hecho a Arnulfo Sui-Qui, de ir a su casa en San José de Magdalena. Te voy acompañar, me dijo, pues quiero revivir los recuerdos de mi infancia y adolescencia en esa casa. Me tienes que tomar una foto en el ciruelo del monte que está al fondo en el patio.

Pasamos San Bruno y a los tres kilómetros tomamos la carretera a San José. Ocho kilómetros después, entre subidas y bajadas encontramos una pendiente escarpada, ya sin pavimento. Recorrimos unas cuantas curvas pedregosas y de golpe explotó en nuestros ojos una serpiente ondulada de límpida agua. Es el ojo de agua que recorre el arroyo de esa comunidad y que con los meteoros recientes lleva mucha. Es un cuerpo azuloso que se pierde en las montañas de la sierra: garzas, patos, tildillos, que juegan entre los pequeños promontorios de rocas y en el tular: “San José de Magdalena, lindo y hermoso lugar donde viven las morenas que saben lo que es amar”. Corrido que escuché en ese pueblo en 1951. Una señora me dijo que su padre lo cantaba… hay que rescatarlo.

Arnulfo no nos esperaba pero se alegró de vernos. En la década del 60 el Chato Bastida llevaba su familia, y mi esposa que era como de la familia los acompañaba… por eso quería ver el ciruelo, los cuartos y la tienda. El escudero de la casa, Gonzalo, la cuida cuando Arnulfo sale. Nos mostró los cuartos con buenas camas y colchones, incluso hay plasmas en ellos, energía eléctrica, Sky y teléfono. La cocina bien acondicionada con refrigerador. En un cuarto hay unas bicicletas, para cuando vienen los nietos –nos dijo- Para ese momento mi señora ya revivía la memoria de su infancia y adolescencia al ver los cuartos. Entramos a lo que era la tienda y nos mostró un reloj solar circular, de metal, que un español regaló a uno de sus hijos. Abrimos las puertas del frente y nos recibió una visión magistral: la brillante franja de agua, las palmas y al fondo la montaña. Por estos escalones de piedra subíamos la América, Sofía y yo, me dijo mi esposa con su voz un poco adrenalinada. Después nos sentamos en el amplio espacio interior, tomamos café de rancho, tortillas de harina y riquísimo requesón. El pozo de agua, que está un lado de las hornillas, permanece cubierto con láminas esperando su tarea milenaria. En su pick up recorrimos toda la comarca, el camino viejo donde viven los López, los Villavicencio, los “Gaspar”; recordamos a Toño Romero, Manuel López, la casa de Chabela, todos aferrados –como en Comala- a la memoria colectiva, a su origen y sus huertas. Pasamos por la escuela y por el internado que se llama Juan Luque Gutiérrez. Tomamos el camino rumbo a San Juan de las Pilas para visitar la familia de don Procopio López Altamirano, sobrino de don Pedro Altamirano, capitán del ejército durante la revolución. Su hija Trinidad nos narró parte de la historia de la virgen de Guadalupe, labrada en madera, conservada a la perfección. Le  hicieron su capilla y su nicho. Tiene una antigüedad en su familia de más de 200 años ya que pasó de sus abuelos a sus padres y así se mantendrá con los hijos y los nietos. Cada once de diciembre inician el homenaje y lo continúan el 12. Es una tradición que reúne a familiares y amigos. Me comentaron en Santa Rosalía que hay un pergamino con la pintura de la virgen, que creen fue pintada por uno de los grandes artistas europeos del siglo XVIII. Que ese pergamino se encuentra en poder de una familia josefina. Nos llamó poderosamente la atención el que al llegar a la bajada donde inicia el arroyo, hay un letrero grande que prohíbe estrictamente a todas las personas aprovechar el arroyo y sus aguas para bañarse, recrearse, acampar o jugar. Lo firma la subdelegación municipal. Creo que es una medida errónea ya que esa parte del arroyo –por donde pasan los carros- es una magnífica alternativa para realizar actividades recreativas para los habitantes y las familias que pueden  llegar de las comunidades vecinas y de Santa Rosalía. Con un buen plan de manejo se puede establecer una fuente de trabajo que ayude a la comunidad: limpiar el área, colocar unas palapas, juegos, venta de productos regionales, y claro, cobrar una cuota a las familias que lo utilicen. Mi correo: raudel_tartaro2@hotmail.com

PASEMOS EL RUBICÓN: en San José de Magdalena no hay tiempo para la muerte ya que los habitantes deciden en qué momento morir. Visité algunas tumbas y todas tienen inquilinos de más de 80 años de vida. Manuel López, un gran amigo de los profes, cuando iba a Cachanía le dábamos carrilla pues tenía no menos de 20 años de subdelegado. Ya me quiero retirar, nos decía, -soltaba una carcajada medida- pero los vecinos no quieren; creo que me voy a morir en el puesto. Y así fue ya que murió de más de 80 años siendo  subdelegado. Alea Jacta Est. 4-12-13- (continuará).


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