Cartas de Helene Escalle, de 1886 a 1889.

Una mirada de mujer sobre el mineral el Boleo.

El mineral el Boleo en Santa Rosalía formalmente inicia los trabajos de minería de cobre en 1885, en pleno desarrollo de la producción y el avance tecnológico francés que permitió que más de la mitad del ahorro se canalizara a la inversión extranjera; tal es el caso de la minería en Santa Rosalía. Como todo inicio en la formación de un conglomerado humano, la población fue el resultado de la migración de ciudades del país, del sur de la península y la población extranjera formada por directivos y funcionaros franceses, técnicos e ingenieros, norteamericanos y suizos, principalmente, sobresaliendo los rasgos culturales, fisonomía, idioma, costumbres, religión, vestido. En estas cartas Madame Escalle vuelca su vena literaria impregnada de dulzura y humanismo.

 Llega a lo que sería Santa Rosalía en 1885, en pleno proceso de las instalaciones de la empresa, sus talleres, la fundición y el acomodo social de la población que ellos miraban desde las alturas: su Colonia Boleo.

En ese escenario Helene Escalle corrió la tinta en las 28 cartas que definen el presente libro. Su visión, sus sentimientos, en gran medida se reflejan en la cultura eurocéntrica, llegando en ocasiones, en las cartas, a desdeñar y descalificar las costumbres mestizas e indígenas; la desolación y la desesperanza la hacen presa días y semanas.

En sus cartas se acongoja y dice: “hay días terribles cuando pienso en las tres mil leguas que me separan de ustedes, entonces maldigo el exilio; mi semana ha pasado como todas, monótona, fastidiosa.

Pero también vuelca su bondad y humanismo al escribir: “Es una lección de moral de ver gente tan feliz en esa pobreza; los hombres vestidos con camisa corta y pantalón blanco con su gran sombrero y su zarape que le sirve de cobija. Las mujeres un sencillo vestido de india, rosa, azul y blanco, sus dos trenzas colgantes, los pies desnudos. Sus casas son piedras en círculo unas encima de otras hasta la altura de un metro; como rejado, ramas y un cuero de res; dos piedras en una esquina forman el fogón; un petate en otro rincón. He aquí la cama de la familia”.

Toda comunicación con el resto del mundo y en especial con París, se realizaba por el histórico barco Kórrigan que la empresa compró en 1886. También se realizaba por medio de los Veleros que llegaban con regularidad. Ese era el único medio de comunicación.

En las cartas da cuenta de mil temas, como cuando señala que los trabajadores de la fundición, talleres y las minas se embriagaban lastimosamente todas las semanas al grado de que la empresa controló la venta de mezcal. Otra calamidad reseñada por Madame Escalle fue la falta de agua al límite de la desesperación. En cartas dice: Mi querida Sussane: el Kórrigan llegó puntual y me trae la carta del 17 de marzo. Le comenta que toma valientemente el desafío de habitar en el Boleo; es valentía radicar en el Boleo, le dice.

En contraparte las mujeres dedicaban tiempo en estudiar español, inglés, bordar, cocinar, leer el periódico francés, tomar té, chocolate, ejecutar un poco de música. Organizaban paseos en mula, recreando la vista en el paisaje agreste, reseco con vegetación desértica. Algunas veces llegaban hasta Santa Águeda y comían en la granja de la empresa: los ingenieros inspeccionaban los trabajos para canaliza el agua al Boleo. Las damas, amantes del culto religioso se quejaban por falta de un sacerdote y un lugar para oficiar misa. Las mujeres yaquis acondicionaron un lugar y lo adornaron a su manera. Madame Escalle dice a Sussane en su carta: “lo adornaron de acuerdo a sus costumbres,

más bien parecía un culto pagano”. También le comenta que fueron a visitar el pueblo que estaba a la orilla de la playa; que se sorprendió de ver una cuna colgada del techo con cuatro cuerdas; era una caja alargada, eso sí, adornada con tela blanca que contrastaba con el desorden de la vivienda. Que también vieron en la playa unos zopilotes, sucios y horribles.

La empresa fue extendiendo su radio de acción y da vida a El Purgatorio, Providencia y Soledad. Le dice que quiere conocer esos asentamientos mineros. En las extensas cartas, que duraba hasta tres días redactándolas, suelta su imaginación y le narra que van a la playa a ver las quietas olas rosadas.

En su carta del 30 de noviembre de 1886 le dice que algunas veces el Kórrigan no puede zarpar por el tiempo borrascoso que azota al Boleo y también a Guaymas. Su formación eurocéntrica se refleja también cuando dice: “todo mundo estaba tan deseoso de querer tener noticias de su querida Francia” Al decir todo el mundo, olvida que había un mundo de trabajadores que nunca esperarían noticias de Francia, ni acudirían al muelle a esperar el barco, a menos que fuera para descargarlo.

En otro párrafo le dice a su hija: “qué hubiera sido de ti en este pequeño rincón sin ningún recurso intelectual, sin amigas, sin ocupaciones importantes”.

En cartas muy extensas habla de su chalet, que es el más grande, bien acondicionado.

Se entiende a la perfección sus pensamientos sobre   sus angustias de vivir en un lugar tan desolado y que la vida dura no la doblegará.

 Las cartas de Helene Escalle nos muestran un mundo distinto, un mundo que vive y respira en otros ojos y alma. Nos transporta a ese mundo

ajeno a lo que conocíamos de una minería que nada tiene que ver con la visión de Helene Escalle. Vale una pequeña reflexión: habemos Cachanías que hemos escrito muchas páginas, muchas hojas, incluso novela, de la minería en Santa Rosalía…pero no escribimos que los franceses del último tercio del siglo XIX hasta mediados del 20 también tenían alma, respiraban, sufrían y añoraban su querido París.

Las cartas Helene Escalle nos presentaron esa realidad.

 Es incuestionable y no admite discusión: las cartas de Helene Escalle nos hacen vibrar en el otro mundo, el de ellos; nos hace vibrar en la realidad inmaterial que en las cartas de Escalle dan un vuelco a la realidad, sin desconocer la vida sacrificada de obreros y mineros. Quién si no ella nos lleva a la realidad que no conocíamos… un simple barco, el Kórrigan, iba a ser parte de sus vidas; el Kórrigan, con la correspondencia francesa, no era una mole de fierros, tenía ojos y alma que entraba en el palpitar de las cartas. Helene Escalle nos descubre esta gran verdad. La espera del Kórrigan fue como la espera de Egeo, padre de Teseo en la mitología griega, cuando subió al barco de velas negras ya que significaba la muerte de siete mancebos y siete vírgenes que serían sacrificadas por el minotauro de Creta. Teseo dijo a su padre que derrotaría al minotauro y regresarían con el velamen blanco, signo de triunfo. Que si regresaba con velas negras él habría muerto en las garras del monstruo de Creta: el padre atisbó desde lo alto de las rocas – como atisbaban al Kórrigan las damas francesas- el regreso de Teseo, que al dar muerte al Minotauro olvidó cambiar las velas. Su padre al ver las velas negras se lanzó entre las rocas del mar.

La presencia del Kórrigan que era esperado en la Mesa Francia o en la playa, era el barco de las mil velas blancas; velamen que unía a los radicados en el Boleo con sus seres queridos en París.

Quién si no la escritura de Helene Escalle nos llevó a la realidad de un barco con alma. De velamen blanco… muy blanco.

 Vale rendir un gran reconocimiento a los historiadores Mario Manuel Cuevas y al doctor en historia, el compañero Cachanía, Juan Manuel Romero Gil, que nos presentaron el latir de una mujer, sus cartas, su familia y su querido París. Que nos hicieron entender que hay barcos con alma, alma blanca como la del Kórrigan.

GRACIAS

13 de junio 2019

 Leído en el Archivo Histórico Pablo L. Martínez

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