Estoy ante la computadora tratando de acomodar mis recuerdos.

Por el camino del recuerdo

Estoy ante la computadora tratando de acomodar mis recuerdos para plasmarlos en esta, mi última entrega del 2018.

Nadie puede negar que en estos días navideños tenemos más a flor del recuerdo nuestro tránsito por la vida… no quiero pensar en los más desprotegidos, los enfermos, las familias muy pobres ya que no sé qué pensarán, cómo encaminarán sus pasos al ver luces de colores, tránsito amontonado en tiendas comprando mil cosas y escogiendo el arbolito de navidad. ¿Se sentirán felices en la infelicidad diaria? ¿Sus hijos tendrán sus manos temblorosas pegaditas al cristal, al ver sus sueños perdido como equipajes del barco que nunca pudo llenar, como el ruido del tambor que jamás podrá escuchar?

No quiero estar en sus zapatos y lo único que les puedo entregar es mi pensamiento solidario y los renglones que escribo… sin olvidarlos…aunque no me lean, pero yo leo por ellos, y muchos leerán conmigo.

El recuerdo como presente de un pasado sin tiempo para en este escrito vivir mi pasado en presente:

¿Qué cómo recuerdo mi infancia? Viendo a mi padre salir diariamente a la mina y regresar oloroso a esquirlas de metal, a grasa de donque (malacate) y cañuela encendida. La torre de San Luciano, las calles pedregosas, sin olvidar al policía Ramoncito cuando pasó frente a la escuela sosteniendo sus intestinos entre las manos. El tránsito a la playa para subirnos en el San Luciano o el Kórrigan, surcar el Golfo de California, el Pacífico hasta arribar a Ensenada. La infancia llena de fríos y calorones en el valle de Mexicali. Los ranchos, vacas, cercos de púas, perros con rabia, ¡víboras!, planicies sin fin pobladas por enormes trigales, cebada, alfalfa, algodón, nueva visión que mis ojos de cerro y mina no estaban acostumbrados a ver.

Por el camino del recuerdo volver a mi origen minero y llegar a Cachanía porque mi pueblo San Luciano ya había entregado su cuota de cobre, enfermedad, injusticia y olvido. Y allí está la torre como un pasado sin tiempo.

Volví a ver calles de piedra con postes de la luz por en medio, casas de madera, los tanques del agua, la palanca para acarrearla, troques llenos de metal, pitazos de la fundición y el tránsito de mi padre nuevamente a las minas. Mis ojos ya estaban acostumbrados a ver trigales y trilladoras, corrales de gallinas, pilas de agua y ranchos olorosos a estiércol y leche recién ordeñada. Y volver a aprender a mirar cerros y piedras, minas y mineros, sin planicies como las de Mexicali. Mis ojos encerrados entre tres ceros y la playa…y aprendí a vivir la nueva orografía y la nueva idiosincrasia pueblerina, sus charras, sus puntadas y sus apodos. Oír hablar de los nagudos, el rompecalzones y la llorona. Recordar a mineros que trabajaron con mi padre: el Nufa, Emilio, mi tío Arturo, Los Güero Chulos, Eliseo y Elías, el Capi.

Recordar que también fui minero por muchos veranos. La chinga de la mina cuando llegaba crudo y en las labores calientes casi vomitaba.

Volver al recuerdo la escuela Antonio F. Delgado, en la que fui alumno, después practicante y maestro. ¡Y ver correr sus paredes y bancos por la furia del arroyo en el chubasco de 1959! Mis correrías nocturnas en el billar del Central, las cantinas de Juan Ojeda, Cuate Hidalgo, Viejo Domínguez. Esperar por las tardes del sábado en la cantina de Manuel Antonio, los tamales del Tío. Las caguamadas irrepetibles de los callejones. Los saltos de muerte de mi pueblo en 1954 y 1985, fecha en que dejó de escucharse el silbato melancólico y triste como ronroneo de gato siamés de la fundición, que era el tic tac del pueblo. La Ramada y sus Fariseos, el montículo de piedras en el arroyo del Pozo, lugar donde mataron a “la viejita.” Los tacos de Anita, los lonches de Monobe, los burros del Calelo, los tacos de Filomeno, las empanadas de los Gatos, las gorditas de Doña Sabina y las pitahayas de la panadería del Boleo.

Volver al recuerdo cuando mi hermano y yo vimos pasar por el arroyo, frente a nuestra casa a William Cook, asesino buscado por la policía de Estados Unidos. Al Nueva York y al Pachuco, al Tenampa y el Machi, a Pablito que en un instante de furia mató de una pedrada a su patrona, a don Rómulo que en un arranque de coraje mató de una puñalada a Reyes, a los alijadores Alejito y el Mariguano, al Chato Bastida y Casipesca, al Mundo Hirales y la escuela Benito Juárez, al Chorombo y el Yigo, al fariseo Pancho Sández…

Volver en el recuerdo sin tiempo para recorrer nuevamente sus calles de concreto –ahora-, recordar los postes de en medio con un tibor a cada lado, postes y tibores que “la modernidad” tiró a la basura. Mi colonia Ranchería con su paseo el Chorizo, la vía del tren que estaba al final de él, el arroyo del pozo, el parque Zaragoza, la avenida Constitución y la Obregón, la emblemática plaza ya derrotada por el tiempo. El correo y el telégrafo, los lotes y sus fantasmas, la iglesia y sus feligreses, mi casa de Calle Uno que guarda los suspiros y porrazos de cuando mis hijos eran pequeños, los incendios y los temblores, la primera ambulancia que pasaba rápidamente con su característico ulular y la gente corría tras ella; algunos la seguían hasta el hospital.

Mis sueños y lucha por dar a los mineros un patrón, los miles de renglones que he escrito a mi pueblo. Mis novelas Caídos del cielo del infierno y Sueños de metal y lumbre. Mi premio estatal de literatura en una crónica puntual de Cachanía.

En estos días de fiestas navideñas, cerrando los ojos recorro mi pueblo y sus recovecos, mi calle empinada a Nopalera, su vieja historia y sus viejos recuerdos. Llegar al atrio de la iglesia y mirar a mi lado a Soledad Purificación, a la que el pueblo –en cuento- le llamó la Misteriosa.

Tomado de la mano con mi familia recorrer sus banquetas angostas y sus dos calles llenas de autos, detenernos en la Casa de la Cultura y en la panadería saludar al compañero Tiquirín y panaderos. Formar para comprar unas pitahayas, saludar algunos taxistas, a mi compadre Chato Verdugo, recordar los cines el Trianón y el Buenos Aires, propiedad absoluta del Zurdo cuando micrófono en manos y bocina en su coche anunciaba “Santo y las momias de Guanajuato”. Las peleas de box donde el Pachuco, al traspasar las cuerdas, enseñaba los güevos. Recordar que una vez, en esa cancha donde él boxeaba mi señora y yo fuimos a escuchar a Lorenzo de Monte Claro. Y nadie puede dejar de recordar al Jaiba y sus desmanes. –por llamarle de alguna manera.

Tomado de la mano con mis recuerdos darle gracias a la vida por el instante gigante que me ha permitido vivir, con mis aciertos y errores, con mis sueños por una humanidad sin amos ni esclavos donde la pobreza y miseria sean derrotadas. Donde el “tu” y el “yo” sean fundidos en uno solo.

Feliz navidad y año nuevo pensando en que hay muchísimas familias que no saben de pavo, regalos, arbolitos y mucho menos de las doce uvas de los doce segundos para empezar el 2019. Alea Jacta Est.- 20-12-18

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