En mi mente se arremolinaban mil pensamientos.

Ojalá no sea mi último viaje (segunda y última)

El jueves salimos a dar una vuelta por el pueblo Mulegé y nos encaminamos hasta el faro, lugar donde nos reuníamos con el compañero Jesús Solís Alpuche, farero que fue candidato del Partido Comunista. En una piedra plana del faro está dibujado el logo del Partido Comunista de México. Allí me tomaron algunas fotos que enviaré al compañero Alpuche.

El viernes salimos de Playa Los Naranjos a Cachanía. La intención era llegar a San José de Magdalena y después de saludar al compañero Arnulfo Sui Qui y dejarle la novela (engargolado) La Marcelina y el Granadito, continuar rumbo a Santa Rosalía. Naranjo me dio un encargo y decidimos irnos de una a Cachanía y cuando regresáramos el domingo llegar con Arnulfo.

En mi mente se arremolinaban mil pensamientos: despedirme de las calles de mi pueblo, la iglesia, la panadería de mi amigo Tiquirín, el chute de la escoria, que está a punto de caer, Nopalera y mis amigos (allí escribí “Sueños de metal y lumbre), mi antigua casa de Ranchería donde transitó mi pubertad, mi casa de Calle Uno, hermosa y vertical de dos pisos, donde nacieron y crecieron mis hijos, lo que queda de la Sección 117 donde me enfrenté al charrismo sindical de Napoleón Gómez Sada, la casa de visitas de Mesa Francia donde tuve encuentros con el ingeniero Jorge Leipen Garay, hombre de altos cargos en la minería nacional: Trabajó en los gobiernos de Echeverría Álvarez, López Portillo y De la Madrid, fue director de fomento minero, subsecretario de recursos no renovables, director de altos hornos de México, entre otros cargos.

Quería llegar a Cachanía y despedirme de todos mis recuerdos, de la torre de San Luciano, de donde emprendimos la Hégira a Mexicali, de mi Juventud y terquedad por defender a los mineros.

Cuando llegué a Palacio Municipal, antigua escuela Benito Juárez en la que fui maestro de sexto año, me saludaron muchos funcionarios. Saludé algunos maestros, al compañero Humberto Mayoral, al mecenas Juan Carlos y ya cuando me retiraba, al compañero Tolo Estrada y otros. Cuando me encaminé a mi camioneta, que estaba un lado de la plaza, al llegar me gritaron del changarro que era de Lito Cuevas. Allí atiende ahora el compañero Cachi Castro.

El sábado visité al compañero Pipi Zúñiga, le entregué la novela, con la súplica de que la haga llegar al alcalde.

No quise regresar a esta ciudad sin comer en el Pollito´s ni ir en la noche al changarro que está entrando a Nopalera donde sirven unas tostadas magistrales. Recordé los lonches de Monobe, los tacos de Anita, los tacos de Calelo y Filomeno, las empanadas de Los Gatos y las gorditas de doña Sabina.

El viernes por la tarde le hablé al compañero Nacho Arce, directivo del Rincón Beisbolero. Los de la asociación tienen la costumbre de reunirse todos los sábados en Pichel Café. Como soy miembro de la asociación me invitó a que los acompañara, como otras veces lo he hecho.

Nos habló Chalía, nuestra ahijada, invitándonos a desayunar el sábado y no pude asistir con los compañeros de Rincón Beisbolero. Después de mediodía saludamos a mi hermana María, Machara su hija y una hija de Machara. Allí jugué un rato con dos perros que tiene mi hermana. Pasamos por mi antigua casa y Fátima, nuestra hija, tomó algunas fotos. Luego fuimos a comer con Oyuky mi sobrina.

Por la tarde nos encaminamos al panteón a visitar la capillita de nuestro hijo Pico, que se fue como mística paloma hace ya 30 años.

El domingo salimos del hotel y hacer una parada en San José de Magdalena. Allí escribí la novela La Marcelina y el Granadito, novela que recorre toda la sierra de Guadalupe entrando por La Marcelina y llegar a San Dieguito, rancho de Carpóforo, padre del compañero Juan Carlos López que hizo el favor de llevarme por esos caminos y arroyos increíbles. Luego encontré otro mecenas que me llevó por el otro lado de la sierra entrando por San Ignacio. Güero Verdugo me llevó, pasamos por San Joaquín y San Zacarías, ranchos que guardan algunas pródigas borracheras con el profe Valdivia. Luego pasamos por el Álamo hasta llegar, otro día, a las Higueritas del afable ranchero don Mayelito Rojas. Muy eufórico nos mostró la pila que construyeron los Dominicos.

Llegando a la Casa de Piedra, de Arnulfo Sui Qui, casona de larga historia narrada en la novela, nos recibió con animosa cordialidad. Arnulfo guarda largos silencios, le gusta la soledad y la naturaleza.

En esa casona de piedra escribí La Marcelina Y el Granadito. Agradezco profundamente su hospitalidad y la invitación que nos hizo para que lo siguiéramos visitando.

Le entregué la novela con el encargo que al leerla se la pasara a Sebastián Meza, a Horacio, a Octavio y a Trini (que nos cantó el corrido de San José)

Tan pronto como me vio Luna su perra, que estaba amarrada se volvió loca de contento; no paraba de brincar y tirarse panza arriba; escarbó un gran hoyo y allí se metió. Salía llena de tierra y me aullaba.

Arnulfo mostró a mi hija Fátima y Julio lo grande de la casa que tiene paredes de piedra de un grosor como de un metro… está a prueba de terremotos y Arnulfo nos indicaba los arreglos que le ha hecho y los proyectos que tiene.

Estuvimos en las mismas sillas en las que por la tarde-noche él, Sebastián, Horacio y yo pasábamos rato platicando de los ranchos y sus aventuras, que plasmé en la novela.

Nos regaló muchas naranjas, limas, naranja-limas y granadas.

Cada vez que le decía que ya nos íbamos nos detenía e insistía en que nos quedáramos más; le dije que se hacía tarde y que todavía teníamos que llegar con Naranjo.

Por fin aceptó que nos fuéramos. Me despedí de Luna…

Llegamos con Naranjo, platicamos y nos despedimos…

Ciertamente ocupamos mucho tiempo y llegamos a esta ciudad casi a las nueve de la noche.

Mi correo: raudel_tartaro@hotmail.com

Miembro de ESAC.- 06-11-18

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