El enredo de los desenredos

La generación 52-58

Antes que nada una disculpa a mis lectores que esperan mis colaboraciones los miércoles y viernes, pero circunstancias muy particulares me han ocupado desde hace unos 30 días. Procuraré desafanarme –como dicen en los ranchos- para volver a mi ritmo de escribir dos veces por semana.

¿Qué es la nostalgia? Es el amor que se queda.

Y se enredan los pensamientos cuando pretendo desenredarlos para revivir una etapa de mi vida que fue definitiva en mi formación social:

Llegué a esta ciudad en agosto de 1952 después de haber sorteado en el troque del Tabaco (creo) brincos por hoyancos gigantes, pedregales, cuestas de pura piedra, ¡el arroyo del Frijol! Y los polvaredones de los llanos de María Auxiliadora, esos lodazales de Comondú y su vecino San José de Comondú, “los Picachos” de los últimos 50 kilómetros para mirar la línea azulosa del mar paceño, después de 24 horas o más cuando llovía.

Era un plebe que no cumplía 12 años de edad y nunca había durado tantas horas montado en un camión. En Mexicali apenas si me trasladaba con mi padre en picap para llevar a la Lechería Mexicali en Quenas, desde el rancho, la ordeña de la semana. Pero era un viaje de media hora, nada más… mucho menos llegar a una ciudad que tenía casas de concreto y algunas calles pavimentadas. Recuerdo que nos bajaron del troque en una calle de tierra, frente a una gran pared de cemento y una enorme puerta de madera –de dos hojas- Luego supe que se llamaba Calle Reforma. Entramos a un enorme patio, varios árboles y granados. Como a la mitad del patio había un galerón de madera y triplay; era el escusado con seis cajones y sus respectivos orificios. Muchas veces las puertas estaban caídas y las teníamos que “medio colocar” enfrente del cajón donde defecaríamos. Y no vaya usted a pensar que los cajones eran individuales, nada de eso; era el galerón con los seis cajones.

Estábamos conociendo el flamante internado de varones. Entrando por Reforma, a la derecha había un cuarto con tres camas, seguidamente estaba una enramada que caía hasta el suelo. Muy luego la raza le encontró utilidad y levantó con palos y barrotes, metieron dos camas y desde ese día se llamó “La Selva.” Al fondo del patio, detrás de los escusados había una fila larga de cuartos construidos por internos del sur, con barrotes y petates, eso sí, con su respectiva puerta protegida por un candado Máster o de combinación (esos candados eran la novedad) Estos cuartos no tenían techo, pero eran muy altos para que no se pudieran brincar… y aquí una anécdota: Un compañero al que apodamos El Pingo, consiguió una vara larga y gruesa y empezó a tratar de brincar un cuarto. Hizo muchos intentos y por fin lo logró. Fue tal su destreza que en las olimpiadas territoriales de noviembre fue campeón de salto de garrocha. Por ese mismo rumbo había una gran pila que estaba llena de basura y escombros;un lado había un pozo que la raza también había tirado cochinero y medio y ya no tenía agua.

Siguiendo de frente, pasando por el portón de la Reforma, el patio se extendía y al fondo estaba un galerón a dos aguas, de palma; ese era el flamante comedor con piso de cemento. Después del comedor y frente a él estaba la cocina y un pequeño cuarto donde el administrador guardaba latas de dulce (durazno, piña, etc) y el canasto de pan y virote que diariamente llevaban para los alimentos. A la derecha del comedor estaban los baños y un pasillo largo al que llamábamos Cuarto Siete. Después del cuarto siete había varios cuartos que colindaban con la Calle Revolución. Había un pasillo y una puerta con salida a esa calle.

Allí, un grupo de adolescentes, jóvenes y adultos escribimos una historia por seis años y que sigue prendida en nuestros pensamientos. Unos no aguantaron la carrilla y abandonaron el barco. MI generación salió en el curso 57-58. Nos graduamos como maestros y tomamos distintos rumbos. Creo que nuestra generación fue la última que vivió en el viejo internado. Los demás inauguraron la modernidad (baños con regadera y escusados de primer mundo, comedor decente, un ladito de la Normal Urbana… Y ahora es otra historia. Mi correo: raudel.-tartaro@hotmail.com

PASEMOS EL RUBICÓN: Algunas veces, en vacaciones transité por la Revolución, puse mis manos sobre los barrotes de la ventana, barrotes que los habíamos quitado de tal forma que no se notaba que nada más estuvieran presentados. En las correrías de madrugada, los quitábamos y entrábamos. Con mis manos sobre ellos recordaba esos hermosos tiempos. Y el amor que se queda brincoteaba en mi mente en esos momentos nostálgicos de mi amor por ese edificio, ahora abandonado y solitario lleno de ecos de nuestras andanzas.

Y un día desapareció, fue convertido en escombros rodando una historia de muchos años en esa vida de internos, años que marcaron nuestra estancia como ciudadanos y como maestros. Aquella aventura para juntar dinero para ir al Cine California a ver una película “pornográfica” protagonizada por Columba Domínguez… ¡qué cura!!

Y un día de los escombros surgió una mole granítica a la que llamaron El Águila. Tan pronto vine a radicar a la ciudad en 1982 fui al Águila para ver si reconocía mis espacios y mis huellas, el Cuarto Siete, La selva, los terroríficos escusados, el comedor, la puerta de la Calle Revolución, el lugar donde estaba una enorme palma…

Di varias vueltas entre mercancías y cajones, y nada. Sentí un frío enorme y una soledad que recorrió los cuatro puntos de mi alma.

Y el amor que se queda volverá a recorrer el interior de esa tienda ya que, al igual que el internado,desaparecerá de la memoria colectiva. Su desaparición no será tan abrupta como la nostalgia que sentimos los que aún vivimos y defecamos en los terroríficos escusados. Los que me lean y vivieron en el internado tomarán de la mano sus recuerdos y brindarán por el amor que se queda. Alea Jacta Est.-  15-03-18

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