En 1961, aproximadamente, llegué a trabajar como maestro a San Ignacio

Fiesta del Santo Patrono de San Ignacio

En 1961, aproximadamente, llegué a trabajar como maestro a San Ignacio, a la escuela Vicente Guerrero, de tradición histórica ya que en ella se asentó la Escuela Rural Mexicana de la que salieron ilustres maestros como Jesús López Gastélum, Gilberto Valdivia Peña, el profe Alamillo, Armando Murillo y otros que no recuerdo.

Llegué en el correo de Chema Aguilar, que hacía el recorrido semanario de Cachanía a San Ignacio, un camino de los mil demonios con sus dos cuestas impresionantes del Inferno y Las Vírgenes que era una odisea transitarlas principalmente en épocas de lluvia, aunque toda la ruta era insufrible: el Espinazo del Diablo, Cerro Colorado y las mesetas para llegar al destino. Era un recorrido de cuando menos tres horas y media. Cuando llovía se hacían 5 horas aproximadamente.

Cuando entré a la escuela sentí que algo me aplastaba el pecho; la mole granítica de la entrada con su puerta de fierro me impresionó. Muy luego me adapté, conocí al profe Valdivia, director, a los compañeros Juana Carmona, Consuelo Peralta, Chatita Ruiz, Rufina Melgar, Juanito Espinoza, Epifanio Fiol, Arturo Apodaca, Salomón Ojeda, Luis Manríquez. Al panadero del internado, Pino Meza (Cachanía) con el que nos iniciamos en el juego del volibol. La afable presencia del compañero Arballo, que fue el carpintero. En la Vicente Guerrero aprendí a amar el magisterio. Luego vinieron las serenatas, las parrandas y las cacerías en los Cerros del Telésforo y Las Mulas y los pasteles de carne, magistrales, de la esposa de Valdivia.

Hace unos años escribí la novela La Marcelina y el Granadito, referida a la Sierra de Guadalupe y sus serranías.

Transcribo parte el capítulo referido al tránsito para llegar a San Ignacio, sus lugares y sus personajes:

Esa noche el volcán de las Tres Vírgenes se miró como un ser de otro mundo: parecía una noche sobre otra, una empujando a la otra, peleando el espacio para estar en primera fila. La lava volcánica, ya vencida por arbustos, torotes y palo blanco que rompieron su estructura milenaria y nacieron de sus entrañas, corría vertiginosa rumbo al rancho de doña Flora. La lava pintada de ocre, de amarillo, azul, pardo, por la poca luz reflejada por estrellas. Luego atacamos la brecha que sin pavimento en los sesenta parecía espinazo de liebre: una cinta interminable de arena por la que se podía correr a cierta velocidad ya que era una banda plana golpeada por el chasis de los carros. La brecha era el paraíso de cientos de liebres dueñas de esa inmensidad. Hoy ya ni una se atraviesa por la carretera. Pasamos por el cerro Colorado, antiguo hábitat de serpientes, y luego miré los juegos de Nano Fong y la antigua propiedad de Tizón Espinoza, a la que muchas veces llegué a cenar, jugar billar y tomar cerveza.

A las once de la noche pasamos por el restaurante de Nano Fong y el espejo brillante de la presa me encandiló. Pasamos todo el palmar y en una curva miré el local de El Padrino, negocio de mi compadre Abel Aguilar. Llegamos a los dos topes y entramos al pueblo. Miré la antigua negociación de don Manuel Meza, ahora llena de herrumbre y soledad. Chacho Meza, su hijo, con terquedad y amor no quiso perder el oficio viejo de la familia, del negocio y el comercio, y en el local frente a la plaza lo continuó por muchos años. Un día puso una silla un lado del mostrador y se sentó a esperar los pocos clientes que llegaban. Luego la sacó un lado de la puerta, viendo para la plaza, hasta que llegó el dios Cronos y le mostró su nombre anotado en la lista de los olvidos.

  • Chacho, ya llegó la hora, mete la silla y ve y regresa de tu casa. Siéntate en la banqueta y en las bancas de la plaza, regresa tu tiempo a los tiempos de los bailes de la trastienda del salón de petróleos, en el negocio de don Vidal y la algarabía de Hercilia su hija. Tómate una cerveza con Luis Castro, platica en la memoria con Mayito Villavicencio y recuerda la bella presencia de Elba su esposa, y su hermana Licha Floriani. Recréate en los pleitos de Montoyita y mira para la banca donde se sentaba Jorge Fischer; camina por esa banqueta y descansa en la de Arnoldo y Judith, comerciantes como tú. Mira con atención para la plaza y de repente mirarás la figura inconfundible de la Güera Zúñiga, enfundada en su vestido negro, vaporoso y largo acariciado por el viento vespertino. Pon un poco de atención para que escuches música que sale de Petróleos y mirarás a Ramón El Trompeta, a Jacobo y al profe Luis con su saxofón. También escucharás Granada y Ojos Tapatíos cantadas con maestría por Quelo, tu hermano.

Por las tardes escucharás el susurro de los frailes Franciscanos.

La picap pasó por la plaza y miré a la derecha la portentosa iglesia construida por los Franciscanos. Pasamos las casas de los Zúñiga y llegamos a lo que antiguamente era la huerta de don Chente y que hoy se llama Callejón Gilberto Valdivia Peña. Continuamos y llegamos al hotel la Huerta. Regresé en el tiempo para ver la huerta en su esplendor llena de acequias y emparrados. Me miré en los bailes de Petróleos, época en que el gobierno realizó perforaciones por las mesetas de los cerros del Telésforo y Las Mulas en las inmediaciones del restaurante de Fischer que es el referente para tomar la brecha de la izquierda –en aquellos tiempos- y llegar a La Bocana y Punta Abreojos en la Pacífico Norte.

En ese entorno de Petróleos la memoria colectiva apuntó el tránsito del profe Luis Manríquez, que era músico y tocaba en los bailes, y al terminar acompañaba a su novia, con saxofón en mano, que vivía por el rumbo de El Rincón, barrio que estaba antes del internado de la escuela Vicente Guerrero, escuela en la que un puñado de maestros jóvenes trabajaban. En una de tantas acequias recostaba su saxo para tener libres las manos y buscar el punto “astral” de su amada.

Llegaba al internado y le preguntábamos por su saxo.

  • Lo dejé en una acequia, mañana voy por él, -nos contestaba.

Otro día –domingo- pasaba por El Rincón y bajaba rumbo a la huerta con tan mala suerte que ese día tocaba riego y el saxo nadaba en la acequia.

Parsimoniosamente se sentaba en su cama y lo empezaba a desarmar. En la ventana colocaba la boquilla, la caña, la llave y las corchetas para que se orearan con el sol.

También sirvió la vereda y acequias de la huerta para que el profesor Salomón Ojeda, después de dejar a su novia Tony en su casa, casa famosa porque Rosa Amelia, su mamá, nos vendía cerveza, caminara entre las acequias y emparrados tejiendo mil escenarios que terminaban en la iglesia, Por fin sus sueños se hicieron realidad y se casó en esa iglesia con Tony.

Los maestros comíamos con doña Andrea, que tenía su casa un ladito de la de Rosa Amelia. Bartolo, su hijo, nos llevaba los platos con comida. Los viernes después de la cena nos íbamos con Rosa Amelia a “pachanguiar.” Ya entrados nos encaminábamos a la cantina de Luis Castro, un lado del salón de Petróleos.

Llegamos al hotel y me asignaron el cuarto un lado de la administración. Un hotel muy bonito, con cuartos lujosos con servicio de primera.

Otro día después de desayunar con el Toto Floriani, frente la plaza, regresé al hotel a esperar a Güero Verdugo. A las doce iniciamos el trayecto por un camino pavimentado que llega cerca de la laguna de San Ignacio. Llegamos al rancho San Joaquín, rancho muy antiguo que en los años del sesenta era visitado por el profesor Gilberto Valdivia, director de la escuela y por una camada de jóvenes maestros. Llegamos al rancho, saludamos a los residentes: hay tres casas bien construidas que nada tienen que ver con los orígenes de casas de palma y adobe de principios del siglo XX. Miré parte del viejo esplendor: árboles enormes, palmeras, una pila y acequias de piedra construidas por  Franciscanos,  enormes árboles de higo y brevas, emparrados. Nos invitaron a tomar café. Salí y caminé por sus alrededores. Entre piedras y ramaje observé tramos que parecen veredas antiguas. Le pregunté al joven que nos acompañaba:

  • ¿Lo que estamos viendo son veredas de vacas, o qué son?
  • Antes de que las ramas y arbustos las cubrieran se miraban mejor. Nos dicen los abuelos que era la ruta que seguían los frailes Dominicos que venían desde la misión de Guadalupe y que le llamaron camino misionero, acompañados por indios Cochimíes y algunas monjitas, arreando ganado que llevaban a San Ignacio.
  • ¿Y no han escuchado o visto algo raro en tanto tiempo? –le dije.
  • Nosotros no, pero me platicaba mi padre, que murió hace años, que antes se escuchaba por el cerro como que arreaban ganado, y algunos gritos, pero que nunca vieron ni vacas ni caporales.
  • Los abuelos trasmitieron a nuestros padres, que algunas noches miraban un caporal muy bien vestido y que en las noches de luna lo miraban montado en un caballo muy negro y bonito. Que portaba una como túnica muy larga en negro y blanca, cubierta la cabeza con un sombrero en piel café, muy grande que le llegaba hasta los hombros. Que sus espuelas de plata brillaban en la noche, así como un Rosario que le llegaba hasta la cintura. Que más o menos en 1950 no lo volvieron a ver ni escuchar ruidos de ganado.
  • Dejamos el rancho y muy luego pasamos por San Zacarías y el Álamo. El pavimento se terminó y la ruta se empezó a complicar por el montón de piedras y hoyancos… sonreí y recordé el camino a San Dieguito… pero más malo que aquel no puede haber otro, reflexioné.
  • ¿Güero, todo el trayecto es así, ni más malo ni más bueno?

Sin soltar el volante me miró y sonrió como diciéndome: “espérese tantito y verá.”

Ya transitando por una rodada accidentada con piedras grandes, subidas y bajadas escarpadas, entrando en un territorio desértico poblado de datilillo y cardones apareció un letrero de carretera, una ironía y verdadera contradicción ya que por lo que veo, jamás habrá carretera y los famosos letreros en lugar de ser como los de las cintas asfálticas deberían estar en un simple cartón.

Un saludo y recuerdo a los habitantes de San Ignacio, que mañana 31 festejan al Santo Patrono, fiestas en las que José Luis Rumiano y yo dedicábamos tres días a cantar.

Un recuerdo eterno a los que se nos adelantaron porque los años se les amontonaron y salieron por una rendija del alma. Alea Jacta Est.

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