La magia de los Lotes y sus callejones

Cuando el dios Vulcano bosteza…

Muchísimos paceños habrán ido a Cachanía y al dejar la carretera y al traspasar La Maquinita mirarían el Parque Morelos y luego un galerón de madera, de dos pisos. Es el Lote de la Calle Playa, Lote en el que habita la familia Garayzar. Seguirían transitando por la Obregón, encontrarían un callejón –los benditos callejones-, la Calle Uno y el lote que la mira de frente. Pasarían la Calle Dos y su respectivo callejón. Se asombrarían con la portentosa iglesia que la tradición dice fue construida por Gustavo Eiffel, el mismísimo que construyó la mundialmente conocida Torre Eiffel en Francia, y nuestro pueblo nació por la mano francesa en 1885. Continuarían por la misma calle y harían un vía crucis para estacionarse y entrar a la panadería de El Boleo, también de fama trasnacional.

Seguirían el tránsito, casi a vuelta de rueda por lo insufrible del tránsito: pasarían por calle Tres, su galerón y su callejón, y así hasta Calle Once dividida de Ranchería por el arroyo de El Pozo. Tal vez muchísimos darían vuelta en esta calle y no conocieron esta colonia y sus casas que ya no son lotes sino habitaciones para dos familias, y su emblemático paseo El Chorizo con sus bancas en las que se sentaron los mineros viejos a esperar su muerte -cuando “paró” la compañía en 1985- muerte que ya los alcanzó.

Tal vez muchos conozcan el centro de Cachanía y se hayan admirado de sus construcciones de madera. Pero posiblemente pocos o nadie hayan vivido un terrorífico incendio:

Cuando el dios Vulcano bosteza en Cachanía el rugido infernal invade todo, las casas explotan codo a codo y sucumben en rojiza agonía. Es impresionante ver las llamas abrasando los lotes y paralizando los sentidos. Las casas aceleran sus latidos y la lumbre numera tablas y barrotes. Al final vemos derrumbadas las casas y los recuerdos, los suspiros y añoranzas.

Los incendios en Santa Rosalíason el colofón de la página que cargamos enrollada en el pensamiento y que a la hora que brama Vulcano tomamos la pluma y con mano y voz temblorosas escribimos el último renglón. Los habitantes de la media península no viven con el sobresalto de los Cachanías; en cualquier parte puede quemarse una casa de madera, o dos, o más, pero en mi pueblo el incendio presagia la posible destrucción de casi todo el caserío. En un instante la quieta somnolencia –casi todos han sido de noche o madrugada- despierta por el sordo y profundo rumor que parece brotar de debajo de la cama. Y la casa entonces se mueve para todos lados: ¡háblale a Juan, despierta a Conchita, ¡quién carga en brazos a la tía y la lleve a casa de Manuel! Y por las calles, unos de prisa y otros corriendo, se mira la procesión casi fantasmal de hombres y mujeres jóvenes llevando de la mano a los mayores, otros cargando en brazos al familiar enfermo. Y entre el cuerpo y bocanadas de Vulcano la rojiza agonía de las casas que emiten chasquidos de dolor y muerte; los techos por el macabro aliento de fuego arriscan sus láminas y en tétrica visión los barrotes las perforan como cuando la piel es perforada por un hueso del brazo o de la pierna. Los dueños de las viviendas no corren a buscar refugio sino que como seres etéreos escenifican la batalla galáctica con baldes y tambos con agua.

Cuando Vulcano abre su hocico a todo lo que da, las casas del lote se transforman en una muralla de fuego, gelatinosa, que parece caer del cielo. El fuego entona entonces su lúgubre lamento como si fuera la propela muy grande de un buque y brinca de una ventana a otra y juega pasando de corredor en corredor. Como equilibrista circense o como lengua de un dragón mítico, brinca de un poste a otro y se mete por las ventanas y techos del lote de enfrente. Con sus zarpas afiladas rasguña la memoria de las casas y se come los retratos que reseñaron los tiempos de la familia, y las jaulas de los periquitos del amor. En unos cuantos minutos se queman todos los recuerdos: el nacimiento de los hijos, sus primeros pasitos por la casa y sus primeros porrazos, sus arrebatos de joven, sus silencios y ojos de perro triste por la incertidumbre de sentirse ignorado y por creer que el primer latido del amor no es correspondido. Se quema el amor inmensurable por los nietos que llenaron de alegría las paredes y los corazones de los abuelos.

Cuando ya Vulcano termina con su obra macabra el espacio donde estaban los lotes parece que el diablo lanzó desde el infierno un armario gigante lleno de chatarra: baldes, tambos y mangueras tirados por las calles; montones de láminas retorcidas, renegridas, pedazos de paredes de concreto con rejas de fierro a punto de desprenderse del rectángulo color muerte que apenas unas horas antes era una bonita ventana. Montones de escombros y de trecho en trecho delgadas columnas de humo por las que asoman los ojos de Vulcano en la sorda advertencia de que volverá.

Y en el asfalto mojado se confunden las lágrimas y sufrimientos de los que perdieron todo. Y por la tarde el regreso a los espacios donde estaba su vivienda de la que se salió a toda prisa. Y desde esa tarde las familias que perdieron todo echan un vistazo a la memoria que murió entre fieras muecas de Vulcano.

En uno de esos ropajes de lumbre y lamentos bajo la sordidez de los pedazos de oscuridad que se retratan en huecos de ventanas que se niegan a morir, el Dios Vulcano entregó el regalo de navidad –el incendio fue en diciembre- envuelto en dos cuerpos calcinados de hermanos, venerables ancianos que vivían en una casa del lote de Calle Cuatro. Ocuparon parte de su vida en la tarea poco común de llevar los muertos en la única carroza del poblamiento. Los vecinos ya sabían cuando alguien había fallecido ya que desde muy temprano los dos se ocupaban con esmero y pulcritud en la limpieza de la unidad. Su presencia en los velorios de ninguna manera desentonaba con el entorno: llegaba la carroza lentamente al grado que casi no se notaba cuando dejaba de avanzar; lentamente se abría la puerta del conductor y uno de ellos parsimoniosamente iniciaba los movimientos para salir. Lo mismo hacía el otro hermano; abrían la puerta trasera, acomodaban los soportes y hacían guardia a los lados, vestidos impecablemente de negro, vestimenta que los hacía parecer muy delgados, más alto a uno y más chaparro al otro. Seguramente cuando fueron consumidos por el fuego sus almas se unieron a los muertos que trasladaron a los panteones de Ranchería y Mesa México.

Se quemaron las fotos, los recuerdos, los pasos y porrazos de los nietos, la piel sin memoria reseca en muerte. ¿Quién que lo haya vivido olvida la danza de la lumbre en el ropaje de la muerte? ¿Quién olvida las brillantes brasas que tachonan la memoria cuando la madera se convulsiona y explota? El incendio hermana los suspiros, los sollozos anudan las gargantas como anudan los pájaros sus trinos.

Cómo armar el rompecabezas, ¡vaya!, ni siquiera se podía ubicar el lugar donde estaba la casa, mucho menos acomodar los pensamientos que no estaban preparados para cerrar los ojos de madera y ver todas las cosas del hogar: hacerlo en la memoria y ver la puerta de reja del corredor, las ollas que en lugar de asas la jefa había colocado alambre, ollas que cuidaba con esmero ya que en ellas había plantado teresitas, saladitos, chismes y enredaderas, mantener los ojos cerrados para que el rompecabezas no se dispersara, entrar y ver el juego de sala, estirar los ojos para acariciar la cocina, la estufa y el refrigerador…¡y con un vuelco en el corazón! ver la pared donde estaban los recuerdos encuadrados en fotos del día de la boda, los hijos cuando eran chicos, ¡y los nietos!, volver a abrir el huequito del corazón y ver las jaulas de los periquitos del amor, el cotorro y el pájaro azul, hacer un pequeño esfuerzo y escuchar el cántico mañanero de todos ellos. Y mantener por mucho tiempo el recuerdo quemante de esa lengüeta flamígera que en danza macabra quemó el ahora dejando vacíos los recuerdos del ayer y empezar a hilvanar con la aguja del tiempo el cuerpo multicolor que habitó por siempre en la casa recién quemada. Al fin de cuentas Vulcano no puede quemar los recuerdos que asidos de la mano hermanan los suspiros arrullados en sollozos de primaveral reencuentro con el pueblo y la vida. Mi correo: raudel_tartaro@hotmail.com

PASEMOS EL RUBICÓN: Y en diciembre de 2015, a unos días de la navidad el lote de Calle 4 y el de Calle 5 –Obregón y Constitución- fueron víctimas de Vulcano y el escenario fue el mismo que narré párrafos arriba. Y apenas pasaban los Cachanías el trago amargo del incendio de esos lotes, cuando los primeros días de enero de 2016, Vulcano nuevamente bosteza fuego por su lengua de dragóny el lote de Calle 2 es consumido por el fuego.

Dos incendios en menos de un mes, incendios que le cambiaron la vida a las familias de estos lotes: las desmembraron de su raíz y su memoria. Se le agrietaron los pensamientos construidos a pulso, barrote tras barrote, huella tras huella, alegrías y sin sabores desde que los viejos eran la guía familiar, crecieron los hijos, algunos anidaron otros espacios ¡pero regresaban de vez en vez los fines de semana!

Ahora pasan por esas calles y con un vuelco en el corazón reviven su casa y su memoria.

Algunos todavía siguen llorando.

Y este gobierno insensible, con corazón lleno de raíces podridas, no tiene alma para edificar los lores incendiados. No pulsa la vida como la sienten los Cachanías y las familias que perdieron todo. Alea Jacta Est.-  20-03-18

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