Cada vez que regresaba y pasaba por mi camino empinado, al llegar a la casita encontraba novedades.

Mis pasos empinados a Nopalera

Desde los setenta me fui involucrando más por la colonia Nopalera -hoy llamada Colonia Cuauhtémoc- Me fui involucrando porque allí vivían los compañeros Juan García y Carlos Castro, dos aguerridos militantes de la lucha de izquierda. Mi camino empinado a Nopalera, llevó mis pasos por la única calle de subida, para visitarlos y organizar alguna reunión, una pachanga. Juan García siempre ha vivido en la soledad de una casita aislada del bullicio de voces, pasos y ruidos. Es una soledad necesaria para meditar sobre la conducta humana, la vida y la muerte. Allí refrendé mi propósito de platicar con mi soledad, mis recuerdos y nostalgias. Encerrado entre esas cuatro paredes de la cocina platiqué con los chinos que en la primera época del Boleo habían sido sepultados allí. Cuando por las noches me ponía a escribir la novela Sueños de metal y lumbre, en la cocina, Juan me comentaba que allí, donde están las paredes había sido un panteón de chinos.

Salía de la casita desde las dos de la tarde y regresaba a las ocho de otro día para de inmediato irse a sus caminatas diarias. Esa circunstancia me permitía estar solo casi todos los días.

Cada vez que regresaba y pasaba por mi camino empinado, al llegar a la casita encontraba novedades: dibujada en los escalones la serpiente clásica de los indios que habitaron San Francisco; una serpiente con cabeza de venado y cola de pez; en la pared de enfrente objetos recogidos en sus largas caminatas: clavos de durmiente, un diablito de la mina, ruedas, ganchos para tomar las barras de hielo, un enorme serrucho para cortarlo, pedazos de cadena, picos y palas, molinos de nixtamal, lámparas de carburo incompletas y abolladas, planchas “bolerianas”, de carbón; en, fin, una pared llena de objetos encontrados por Providencia, Santa Martha, Purgatorio, La soledad. Todos los días por la mañana recorría (¿o recorre?) las montañas de los grupos mineros ya desaparecidos. Llegó a encontrar una cadena de oro y un florero grande, como de un metro, color rosa.

Fue modificando la vivienda; una pared exterior la pintó como si fuera de piedra labrada. Y así viaje tras viaje encontraba una novedad. La cocinita que tenía mil rendijas y sanitario pobre, con el tiempo la fue reformando hasta dejarla como si fuera de un norteamericano (paredes de cardón, fajillas de palma, mesa y sillas de madera rústica) El techo del corredor, hasta donde sé, no lo ha reformado; es de palma.

Cuando trabajé en la administración de Rojas Aguilar, “fui inquilino incómodo” por varios meses. Cuando platicábamos después de sus caminatas me decía que quería venirse a pie hasta La Paz; yo lo animaba diciéndole que tenía más oportunidad de ayudarlo; incluso mandar la picap de la dirección tras él. Mientras trabajé allá nunca se animó.

Un día, después de venirme de Cachanía, llegó a mi casa con mochila a la espalda. Me comentó que había venido caminando desde Santa Rosalía; me platicó su aventura y la dificultad de la travesía. Lo escuché absorto. Cuando terminó de desayunar lo invité a que fuéramos al arroyo donde construyeron el puente de la ocho, le tomé unas fotos como si viniera caminando y entregué una reseña, con fotos, a la revista Compás. Mario Santiago la publicó. En otro de mis pasos por el camino empinado, le llevé la reseña con marco y vidrio. Mi correo: raudel_tartaro@hotmail.com

PASEMOS EL RUBICÓN: En mis estancias en la casa soledosa fui conociendo y conviviendo con sus amigos, que eran y son muy pocos. Allí conocí a Mundo Molina, Mario, Lupito, que quería ser periodista. Se fue al norte y un día regresó bien vestido; era ministro de una iglesia. Vale apuntar que los amigos que llegaban eran personas muy pobres, con ropas humildes.

Conocí también al Pichón y al Felipón.

En una de mis estancias, por el camino de subidita que comunica con El Retiro, escuchamos murmullos: cuatro personas subían con un ataúd a los hombros. Desde el corredor observamos… había muerto el Pichón. Unos cuantos acompañaban el cortejo.

Mundo Molina y el Felipón eran los que llegaban casi todos los días. Platicábamos un rato y se retiraban.

Hace dos días leí por internet que Felipón había muerto. Juan y yo teníamos una gran amistad con él. Algunas veces lo visitábamos en su casa. Era muy especial –todos los amigos de Juan eran y son muy especiales- Le gustaba hablar del gobierno, de sus espacios como pescador y silencios, de su trabajo, del deporte.

Fue de alma transparente y diáfana, humilde y servicial. Le llamaron Felipón por su altura y complexión fuerte, espaldas de ropero.

Juan me comentó que había enfermado de diabetes. Ya no nos visitó.

Hace unos días murió: se llevó su nombre… Felipe de Jesús Ojeda Mosqueira.

Nos deja su recuerdo y el sillón donde se sentaba. Un recuerdo para su familia.

Alea Jacta Est- 06-12-19- Miembro de ESAC-

¡Comparte!

* * *