¡Y me debe una!

Me lo dijeron en La Progreso

Fui candidato a Presidente Municipal en 1980. La elección fue el 9 de noviembre. Poco después, en enero de 1981, al perder la elección, vine a esta ciudad, me entrevisté con el Secretario General del SNTE y solicité mi cambio, Como era un problema para el gobierno y la estructura priista, inmediatamente tramitaron mi cambio y para fin de año escolar me avisan que me viniera a la ciudad la segunda quincena de agosto.

Me presento al sindicato, me envían a la SEP para que me asignen la escuela y las horas. Voy con el profesor Octavio Arce que era Jefe del Departamento de Escuelas Secundarias, platicamos, me pregunta si acordé con Nacho Inzunza sobre mi situación, le digo que no, que no me dijo nada… me lo imaginé, me contestó Octavio. De qué se trata le reviré. Me dijo Inzunza que ya habían platicado y que tú aceptaste la situación. ¿Qué es lo que dice que acepté? Que estabas de acuerdo en venirte, comisionarte las siete horas en una biblioteca ya que no tenemos horas disponibles.

No acepté y regresé a Cachanía. A los días me hablan y me comisionan siete horas en la Nocturna y siete en la secundaria dos, que luego se llamó Gabriel Ojeda ya que este maestro, que era el director, falleció en el terremoto del 85.

El movimiento sindical democrático empezaba a tomar fuerza, conocí a los militantes, entre ellos al compañero Víctor Manuel Castro Cosío, que era uno de los dirigentes reconocidos. Pasaron los años y la lucha sindical alcanzó espacios importantes en la opinión pública, en el sindicato y el gobierno.

En 1990 me jubilé y ya no participé en la lucha sindical; la cambié por la trinchera de la escritura y la denuncia, y en ellas me encuentro.

Ya jubilado inicié mi tránsito a Cachanía, vendiendo Tensión Sudcaliforniana, primero, y después RumboCentro.

Algunas ocasiones coincidí en La Progreso (el Bar) con compañeros maestros y amigos.

Escribí la novela Sueños de metal y lumbre. Primero batallé para ponerle el título, y después pensar en la portada. Se me prendió el foco y decidí colocar como portada una casa antigua de Ranchería abrasada (lumbre) toda ella. Busqué una, al encontrarla tomé algunas fotos. En esa tarea estaba cuando por la ventana de la cocina, pequeña, ahumada, como boca de lobo, se perfila una señora. La veo y la reconozco: ¡Qué tal “Micaila”!  le expliqué el motivo de las fotos, se sonrió y me autorizó a seguir en la tarea. Luego que salga la novela te traeré una, le dije. Llevé las fotos al compañero Juani Camacho, le pedí el favor y a los días me entregó una bonita portada.

Como en 2015 en una de mis farras y tomando tequila me saludó un joven y lo invito a mi mesa. Soy hijo de Micaela, me dijo. Me disculpé por no haber llevado la novela a su mamá y que otro día le llevaría una. No se preocupe, me dijo, ya la tenemos y mi madre ya falleció. Seguimos platicando y en momento determinado sale la lucha minera, mi venida a La Paz. No sé en qué momento me dijo que la gente había comentado que me vine porque me vendí al gobierno. Le expliqué que había salido porque después de muchos años de lucha mi esfuerzo había sido inútil y pensando en mis hijos para que encontraran nuevos horizontes de estudio y sociabilidad. Que desde Cachanía no podría proporcionarles mejores alternativas de vida. Que si me hubiera vendido el gobierno me habría dado grandes satisfactores, 42 horas y muchas de ellas comisionadas, sin tener toda la vida horarios quebrados. (todos los días entré a las siete con treinta, primera hora y  salía a la una con cuarenta, última hora.  Que llegué a trabajar en dos escuelas: la Gabriel Ojeda, la Nocturna, y casi al final de mi magisterio me comisionaron a la de la ocho de octubre y  me daban un horario tan quebrado como los otros. Recuerdo que el director era Monreal, no recuerdo su nombre. No acepté, fui al sindicato ya encabronado y les dije que no tenía la culpa y si no acomodaban mis horas en la secundaria del esterito no las trabajaría. Por fin me comisionaron siete horas sin trabajarlas.

No sé si convencí al hijo de “la Micaila”. Por varios días revoloteó el comentario del joven y me dije: ¡qué ingrata es la sociedad! A los que se venden los alaban y a los que no, nos sacrifican.

Me lo dijeron en La Progreso, y tanto que amo mi pueblo. Mi correo: raudel_tartaro@hotmail.com

PASEMOS EL RUBICÓN: ¡Qué ingrato es mi pueblo! Quince años en la lucha Cachanía y 39 contra el gobierno y sus arbitrariedades, contra la corrupción y demagogia.

Tantos años en la lucha compartiendo espacios con grandes luchadores de antes: Rubén León, Manuel Ortiz, Renán Liera, Martita Amao, Ismael Morales, Eduardo Lizardi, Villegas, del Tec, Omar Pérpuli, Alejandro Mendoza, Carlos Ramón, del Valle. Y muchos más que formaron en la trinchera del magisterio y la lucha política.

Y desde 1981 conocí a compañeros que formaron en la disidencia magisterial y en el Partido Revolucionario de los Trabajadores.

Conocí un luchador aguerrido, terco, atrabancado, incendiario y defensor de la democracia, contra la corrupción y la mentira. Con esos calificativos conocí al profesor Víctor Manuel Castro Cosío. Compartimos trincheras, viajes, mítines, marchas, plantones… fuimos funcionarios con Leonel Cota Montaño.

Le agradezco un favor y me debe una plática.

Hoy es flamante integrante del equipo del ejecutivo nacional.

Hoy es titular de la Secretaría de Bienestar en el gobierno estatal.

Hoy es uno de los personajes con mayor jerarquía en la política estatal.

Hoy hay periodistas que lo alaban y los que arremeten contra él, tal vez seguidores de la 4T unos, y los otros, ¿porque lo consideran más malo que otros?

¿Los que arremeten contra él será porque lo consideran antidemocrático y ellos –los que lo atacan- porque todos los días y toda la vida han luchado por la verdad y justicia?

 Víctor Castro es él y su circunstancia.

Y me debe una plática…me apuntaron en un cuaderno…y creo me borraron. Qué lástima y lastima. Alea Jacta Est. 21-01-20- Miembro de ESAC-

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