Recuerdo la primera vez que fui a las Jarras

Trasvesti show

Después del cierre del emblemático bar “Las Jarras”, los artistas de la transformación y el playback buscaron la manera de seguir dando este espectáculo que se ha vuelto itinerante por diversas palapas y salones de fiestas y eventos en toda la ciudad, siempre con un nutrido público. Quizá la remuneración económica no sea tanto lo que los anima a seguir como la oportunidad de poder existir en la piel donde más cómodos se sienten.

Recuerdo la primera vez que fui a las Jarras, uno dos años después del año 2000, fui con una amiga, aunque no éramos la única pareja de hombre y mujer, se sentía el recelo cuando uno entraba al lugar; pero bueno, al final de cuentas una pareja de hombre y mujer no garantizan su heterosexualidad, como pude observar con más detenimiento ya instalado en una mesa frente al escenario, en realidad lo reducido del lugar hacía que todas las mesas estuvieran cerca y casi de frente al escenario. Lo primero que identifiqué  fue a dos compañeros de trabajo que se besaban estirando sus pescuezos por encima de la mesa, yo no los trataba, solo los conocía de vista, así que preferí hacerme loco y no saludar para evitar situaciones incómodas, no sé si para mí o para ellos. Fuera de esos compañeros no vi ningún otro conocido, aunque el lugar estaba lleno de gente, en su mayoría parejas de hombres con hombres y mujeres con mujeres que se besaban en sus bocas y se tomaban fugazmente de la mano.

Después de una década, esta vez la cita fue en el bar y salón de eventos del decaído, pero aún de pie, Hotel Aquarios, en el primer cuadro de la ciudad; el  inmueble en sus últimos años pasó de ser de un hotel para turistas, al hotel que los viáticos de profesores y burócratas que tenían que trasladarse a la capital del estado para diversas reuniones, cursos y trámites podían pagar. Hoy, el Aquarios es la opción para turistas nacionales de medio pelo que quieren irse caminando a la playa del malecón y que tiene una alternativa barata en el restaurant, con un menú bastante reducido, un tipo de comida semi corrida que no tiene nada que ver con aquellos T-bones y camarones imperiales que me tocó comer después de la primera mitad de los años 90s.

El lugar estaba lleno, con un mobiliario horrendo, si no mal recuerdo, prácticamente eran juegos de mesas -que en realidad semejaban- a esos comedores que venden los aboneros, con la cubierta de formica sobre madera prensada amalgamada por un borde de aluminio y sillas de tubo. El galerón al fondo tenía un pequeño templete que fungía como escenario, al otro extremo, que era el de la entrada, se encontraba la barra, donde solo me animé a pedir un whisky, pues el cantinero servía el hielo en el vaso tomándolo directamente con la mano de una pequeña hielera. No es que sea repugnante, pero al pagar y ver que el interfecto tomaba el dinero con la misma mano que servía el hielo no pude evitar pensar en todas  las veces que a esas alturas de la noche debió haber ido al baño y agarrarse el que llora espeso y si no tuvo empacho en tomar delante de mí el hielo y el dinero con la misma mano, no creo que haya tenido la delicadeza de lavarse las manos después de sacudirse el dedo sin uña. Existía la posibilidad de llevar tu propia bebida o consumir ahí, por lo tanto  había que flanquear las hieleras y bolsas de hielo escurriendo entre los pasillos de las mesas ya que la mayoría de los presentes obviamente optamos por llevar nuestras propias bebidas.

Como en todos los colectivos sociales hay situaciones icónicas y emblemáticas que representan su historia, sus luchas, sus logros o bien, sus aspiraciones, su ethos pues. En el caso que nos ocupa, el musical, es curioso ver como mujeres heterosexuales y hombres homosexuales comparten muchos de sus gustos musicales, muchas canciones y cantantes son emblemáticas para ambos, quizá la sensibilidad asociada a las aspiraciones de lo femenino son compartidas, aunque para el gay sea solo en parte de manera aspiracional; el apasionamiento de Alejandra Guzmán, el desparpajo de la Trevi, los mensajes positivos y fraternos de Mónica Naranjo, que no son las únicas con estas cualidades pero si las más emblemáticas por su iconografía, por la parafernalia que las rodea, su vestuario, su pelo, su voz, son de las más recurridas en estos menesteres. Y esta afinidad puede  tener sentido si consentimos en que la comunidad gay y gran parte de la comunidad femenina han sido limitados socialmente en diversos aspectos de la vida, ambos encuentran en  ciertos espacios sentimentales objetivados a través de la música y la biografía personal de los cantantes el espacio de denuncia, de protesta, de catarsis y del crossover sentimental que en la vida diaria la maldita sociedad patriarcal y falocéntrica les ha negado por resistirse a seguir sus dictados, a saber, la adoración fálica como el alfa y el omega, la leitmotiv del devenir social.

Por el escenario desfilaron las ya señaladas Alejandra Guzmán y Gloria Trevi, Lady Gaga, entre otras. El vestuario, las pelucas y aplicaciones capilares, el maquillaje, calzado y demás, sin ser de lo mejor, luego luego se ve que se requiere de una buena inversión para personificar a una de estas artistas, un esfuerzo bastante loable, sin embargo, a pesar de lo que se pudiera pensar, lo que manda a la hora del show no es la jotería. Sin duda alguna la noche se la llevó Amanda Miguel; con un vestuario sobrio y una peluca que no  alcanzaba las dimensiones que tiene la melena ensortijada de la argentina, la interpretación, que en realidad fue una actuación sobre el playback de fondo, cautivó a los asistentes; los movimientos de las manos, las gesticulaciones dramáticas y contundentes fueron poco a poco generando un silencio entre el público que concluyó en un sonoro aplauso para el artista, esa sola imitación valió todo el evento. No cabe duda que todo tiene su chiste y cada uno tiene su gracia, fue realmente revelador como la imitación de un personaje que no solamente sabemos que no es el artista real, que además no canta y para el colmo ni siquiera es del mismo sexo, hace que todo eso se olvide y de alguna forma todos los presentes participan y forman parte del show también olvidándose de quienes son, donde están y ante quién están, para también actuar fingiendo estar en otro lugar ante la verdadera Amanda Miguel, en un escenario mucho más encantador y con un barman menos cochi, perdón que insista, pero eso de agarrar dinero o agarrarse las talegas y luego servir alimentos es un lujo reservado sólo para algunos hotdoqueros de la ciudad.

El público estaba conformado por curiosos –una suerte de vouyeristas sociales- pero los más, eran amigos y familiares de los artistas; en las mesas se podía adivinar a las familias enteras, señoras mayores que debían ser la mamá o la tía, el señor con suficiente edad para ser el pater familias, jóvenes que bien podían ser los hermanos o primos, además de vecinos y colados. Todos contentos, unos más abiertamente que otros, las familias y conocidos aplaudían el éxito del show, los travestidos no solamente lograban un triunfo en su calidad de artistas de la transformación, sino que además lograban el reconocimiento de los suyos; si allá en el barrio, en la colonia, eran objeto de burlas e incluso de agresiones, aquí podían demostrar que no solamente su trabajo era reconocido, sino que además eran aceptados bajo un consenso más amplio que el de la familia y el barrio, por un conglomerado heterogéneo que podría considerarse como “la sociedad”,  demostrando que esas opiniones ignaras y discriminatorias del machismo, de los vagos de la esquina que siempre los molestan en público y secretamente los pretenden, incluso los admiran, ese destino de confinamiento a ser la chacha de la casa o tener como templo de su desarrollo profesional la estética está completamente superado. Ellos ahora representan a la familia, a la colonia, ante la ciudad, no solamente no tienen por qué vivir a la sombra de los abusos y la discriminación, sino que pocos de aquellos que los critican pueden jactarse de ser buenos y reconocidos por lo que hacen. En su modesto espectáculo se ponen por encima del futbolista llanero que jamás llegará a ser profesional, del boxeador que no pasará de ser el bulto para que otros escalen, del guardia de seguridad o de otros tantos clichés laborales del muy macho, pero ell@s son artistas y la gente va a verl@s, éxito que pocos tendrán, porque para lograr lo que han logrado con su show, además de talento, se requiere de muchos huevos, aunque lejos de presumirlos más bien los escondan entre las piernas.

Salmo responsorial: aquí les tengo un ollón de carne.

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