Hemos sustituido las cosas naturales por una serie de menjurjes químicos

Remedios

Ahora que la necesidad del mercado –no la bondad como nos quieren hacer creer los Friedmaniacos de los Chicago boys- ha democratizado el consumo poniendo al alcance de las grandes mayorías bienes y servicios, muchos de ellos de calidad menor a los ofertados originalmente o bien, mediante el cáncer de la economía mundial, las líneas de crédito, que van desde los préstamos multimillonarios injustificables e impagables a los gobiernos, hasta los abonos chiquitos para pagar poquito, muchas cosas han cambiado en nuestros hábitos de consumo.

Hemos sustituido las cosas naturales por una serie de menjurjes químicos que simulan tener las mismas propiedades de los productos de los cuales fueron sintetizados, ¿Por qué? Porque es más barato; es más barato meterle anabólicos y esteroides a un pollo para que en un mes y medio dé el peso para su venta que criarlo cuatro o cinco meses. ¿Cuál es el resultado de esto? Pues que el costo del producto se abarata y se extiende el mercado y más gente puede comprar este pollo biónico, con el pequeño inconveniente de que el exceso de químicos se trasladan al cuerpo del ser humano provocando desajustes hormonales y enfermedades, ahora cada vez más gente puede comer pollos Tyson y salchichas Oscar Mayer, helo madre que los hombres andemos con unos huevotes y unas chichonas y las mujeres con los brazos y la rabadilla peluda, mientras la empresa gane, lo demás es lo de menos, puro daño colateral.

Bajo esta misma dinámica la salud ha ido entrando en la lógica del mercado y los alimentos, plantas y demás que habían sido tradicionalmente usados como remedios caseros cuya eficacia había probada a través de generaciones han caído en el olvido y dado paso a los medicamentos alópatas para curar todo tipo de enfermedades y malestares, esto comandado desde luego por los escuadrones del Dr. Simi que han sentado sus reales en todas las plazas del país.

Aunque la herbolaria sudcaliforniana no puede preciarse de gran riqueza y variedad comparada con la gran tradición de medicina natural que se encuentra en otras regiones del país, la farmacopea choyera durante mucho tiempo se dio maña para enfrentar los males que aquejaban a los sudcalifornianos.

Yo aún recuerdo con la misma dosis de agradecimiento y terror los remedios caseros que en mi casa me aplicaron y que hicieron de mí este muchachote sanote y sonrosado que soy hoy en día; muchos y muy variados eran los productos y las técnicas que se usaban para procurarnos salud a través de los remedios caseros. Pero para curarse no nada más hacía falta conocer los hierbajos y para que servían cada uno, era también cuestión de tener mucho valor para someterse a esas prácticas de medicina tradicional donde confluían a la perfección, en un siniestro ballet los conocimientos heredados de Hipócrates y las técnicas de Torquemada; si eras tantito joyudo no te curabas, así de sencillo.

A mi santa madre los zetas le harían los mandados a la hora de provocar dolor, los kaibiles son niños de pecho incapaces de las cosas viles e indignantes que tramaba mi mamá, y para acabar de retocar el cuadro fui sumamente enfermizo. Creo fervientemente que mi santa madre tenía la misma mala entraña del doctor Farabeuf. De las primeras atrocidades que mi madre ejecutó en mi pequeña e indefensa personita – por mi bien, obvi-, fue la zambullirme en una tina llena de agua con hielo cuando tenía calentura, no fuera a ser que me convulsionara. Ni qué decir, ni en una casa de arraigo de la procuraduría se ve tamaña crueldad, no creo que ningún ministerial tuviera la sangre fría para hacerle eso a un niño, podrán hacérselo a los malandrines, porque existe una justificación moral y ética para ejercer la crueldad de esa manera, pero no a un ser indefenso; no quiero ni pensar si eso me hacía mi mamá a mí, que era su hijo y tenía cuatro años, qué cosa no le hubiera hecho al Grande o al Mini Lic, se la pelan los ministeriales con mi mamá si a sangre fría vamos.

Está demás decir que lloraba y me retorcía al sentir el agua helada sobre mi cuerpo, lloraba en silencio como Libertad Lamarque porque no tenía resuello para nada, cada que me zambullían pesaba 21 gramos menos donde el alma se me salía del cuerpo de lo helada que estaba el agua, por eso me da risa cuando Di Caprio se muere en el Titanic, ni aguanta nada el vatito. De hecho me convulsionaba entre el agua helada, no sé a qué se refería mi madre cuando decía eso de que tenía que bajarme la fiebre para que no me fuera a convulsionar, ya me la imagino diciendo: Ah si, ¿te quieres convulsionar? pues ahorita yo voy a hacer que te convulsiones con ganas verás.

Las enfermedades estomacales eran de las más frecuentes, diarreas marca diablo que podrían expulsar fácilmente una sonda espacial fuera de la atmósfera terrestre; un té de estafiate, de cáscara de mezquite, o bicarbonato con coca cola eran más que suficiente para volver la función digestiva a su normalidad. Por el contrario, si el problema no era la soltura sino la inflamación del vientre acompañado de gases y un ruidajo en la panza, muy probablemente estábamos en presencia de un empacho, cosa más difícil de solucionar pero para lo que afortunadamente había varias opciones. La primera de ellas era frotar manteca alcanforada en la panza, no sé si funcionaba o cuáles eran las propiedades de esta mezcla, pero por lo pronto sentías la panza heladita y esto ya te proporcionaba una sensación de bienestar, sensación que perdía ipso facto cuando te masajeaban la panza para estimular el trabajo de los intestinos, ahí sentías como el metano se iba moviendo a través de la tripa buscando la salidita y empezaba a descongestionarse el tracto digestivo; si eras niño aún, este mismo ungüento iba enjarrado de manera generosa en la espalda, y te jalaban el pellejo de una manera brutal, al plebe prácticamente tenían que amarrarlo para poder llevar a cabo semejante martirio. Esta sádica cura llegaba a su fin cuando se oía que algo tronaba, no sé qué podía ser, lo único que puedo pensar es en que era el sonido seco de la piel desprendiéndose del músculo.

Si los primeros remedios no funcionaban, la cosa se ponía de verdad delicada, porque entonces ya se iba a la raíz del problema; aunque sin maldad pero también sin pensar en las secuelas psicológicas del acto, se procedía a introducir una calilla de jabón por el ano, sin tiento alguno, sin una copa ni nada. Si tenías dos o tres años, bueno, la inocencia te protegía de la humillación, pero si ya tenías siete o nueve años y no estudiabas con los Legionarios de Cristo, el daño ya era irreversible, ya era poner en juego la integridad de uno. La verdad no sabría decir ni mucho menos quiero recordar que se siente o el porqué del efecto estimulador de esos supositorios caseros, no quiero, es más, hoy preferiría que me pusieran una fístula a que me introdujeran una de esas aberrantes calillas de jabón. Así empezó un primo y ahorita el vato es diseñador gráfico –es el diseñador de aquí del peninsular digital-, toma puro té chai, es cuarto dan en zumba y no se pierde el dos por uno del sushi. Pobre, y todo por un empacho, chale que sarra.

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