Por fin llega el esperado sábado

Oficios parte III

(Tres por si no saben romano, que no tendrían por qué tampoco, salvo que trabajaran en el Instituto de Cultura y anduvieran diciendo doceavo tssss que sarra)

Por fin llega el esperado sábado, estas feliz, no te sentías así desde la última mañana del 24 de diciembre cuando todavía creías en santoclós, luego pasó aquello, y tuviste que crecer de un día para otro… no padrino, noooo!!! Ejem, ejem, te levantas temprano, te bañas, te afeitas y te has pintado la sonrisa de carmín y te has colgado el bolso que él te regaló y aquel vestido que nunca estrenaste, lo estrenas hoy.

A las ocho tú ya estas al puro llavazo esperando al maistro, te sudan las manos, andas de un lado a otro, ensayas tu saludo, te tomas uno dos tres cafés, estas más ansioso que un burócrata en día de quincena y, por fin, al cuarto para las nueve, tempranón, llega el maistro con el geólogo apócrifo, experto empírico de mecánica de suelos; muy quitados de la pena llegan y se dirigen al fondo del patio.

El primo se agacha y toma un puño de tierra y lo ve, lo deja caer al aire y da unos taconazos sobre el piso, se queda pensativo y por fin se decide a tomar la pala y acomete dos veces contra el suelo, vuelve a tomar una muestra de tierra como si veinte centímetros de profundidad fueran a hacer la diferencia. No dice nada y cuando el maistro le pregunta, antes de contestar voltea a verte y te sientes como intruso, te das cuenta que aunque sea tu casa y tú vayas a pagar no tienes derecho a escuchar aquel conocimiento hermético que ellos manejan, te sientes apenado y te metes a la casa.

A los diez minutos de deliberar el maistro toca la puerta y te informa que sí, que si puedes tener tu lavadero. A estas alturas y de tanto paquete que se ha dado el maistro sientes que te acaban de decir que ya encontraron el donador de riñón que tienes años esperando, cuando nomás te van a poner un puta lavadero, pero bueno, si uno sabe lo que es tratar con esta grey constructoriana, sabe que son una divas que se dan a desear y te sacan más argumentos de lo dificultoso que es que te hagan la chamba, parece que les pediste que te construyeran un puente a la luna en lugar de hacerte una jardinera o ponerte un chingado asador.

Bueno, después de todo, de acosar prácticamente al fulano para que pudiera hacerte el trabajo, de casi rogarle para que aceptara la chamba – recordemos que esa raza no trabaja por necesidad, sino por hobbie, por eso se dan tanto a desear-, el individuo pone manos a la obra; el primo como por arte de magia, de experto en geologística se convierte en chalán y ya sin contemplaciones se pone a palear para hacer el dichoso lavadero. Pa esto ya van a dar las once, y de la alegría pasas al miedo de que se llegue la hora de la comida y se vayan, y es sábado, y todo el mundo sabe que la gente que se dedica a la construcción tienen un gen que los sábados a las doce del día empieza a generarles una sed incontrolable, no es que ellos quieran, es una condición incluso médica que se desarrolla por interactuar con cemento, varilla, pegacreto y otros elementos relacionados con su bienhechora labor. Es por eso que arquitectos, ingenieros y albañiles llanos pa cuando van a rayar los sábados en la tarde ya deben tres ballenas en el depósito de la esquina. En la Muralla China, en las Pirámides de Egipto, en el Templo de Salomón, en el templo de Diana en Éfeso y en todas las grandes construcciones de las civilizaciones más importantes a través de la historia de la humanidad se han encontrado reliquias arqueológicas de los instrumentos de construcción que fueron usados para estas grandes obras junto con envases de ballena que sugieren que esta íntima relación entre la especie de los constructorianos y las helodias proviene de tiempos inmemoriales; dicha relación se ha mantenido en secreto y cuando mucho se admite dentro del ámbito de las teorías de la conspiración debido a que esta sigue siendo, hasta la actualidad, una cofradía muy poderosa, malacopa y buscapleitos.

Te quedas cavilando, urdiendo que hacer para que no se te vayan a ir y te dejen el trabajo a medias, ¡ya está! les vas a traer algo de desayunar para que no les de hambrita más al rato y te lanzas por unas carnitas con los Barajas. Ya en el camino aprovechas para hacer otras vueltas, el caso es que a las dos horas vuelves a tu casa, y de repente no le hayas forma al fondo del patio. Un cerro que no corresponde a las dimensiones del lavadero obstruye el paso, pareciera que más bien fueran a enterrar el lavadero que a construirlo. Vas caminando entre una serie de escombros ¿escombros? Si iban a levantar no a tumbar, ves que el único balde que tenías para trapear y regar las matas está lleno de mezcla, tu escoba y demás enseres de limpieza igual, no se diga la lavadora, es un enjarradero de cemento por doquier, no se acomidieron a tapar ni mover nada de lo que se pudiera ensuciar. Pareciera que habían jugado guerritas con la mezcla, la mitad de los bloques quebrados, manchones de cemento por toda la pared, como si hubieran jugado paint ball, te paras frente al lavadero, de un lado cuelga la bolsa con doscientos pesos de carnitas y en la otra la coca normal…

El mamotreto es un representación cubista de Cuasimodo, te quedas pasmado, en aquella pequeña zona de guerra que es el fondo de tu patio, tratas de hallarle forma de lavadero al armatoste ese, cacarizo, ya se le cayó en partes el emplaste, ergonómicamente no es solamente incorrecto, sino una vil mentada de madre, la parte del lavadero exageradamente baja y la pileta exageradamente alta, solo piensas en las contorsiones que tendrás que hacer para lavar, seguramente terminarás con la espalda deforme, las vértebras desarticuladas y la cadera caída. ¿Cómo la ve? Dice el maistro, tu temblando de coraje e impotencia como Barroso, con el pescuezo duro del coraje, muy bien, alcanzas a balbucear y amenazas un puchero pero te compones, que no te vea flaquear, justo como lo quería dices mientras sonríes con la falsedad de un candidato, extiendes la diestra con la bolsa con las carnitas y la siniestra con la coca, en un rato más queda, dice el cínico criminal, faltan unos “detallitos”, dice mientras se empina la coca de dos litros y culmina la apocalíptica escena con un sonoro eructo justo en tu jeta. Sonríes y con voz queda dices, bueno, con permiso, los dejo trabajar.

Te metes a tu cuarto y te tiras de panza como vil quinceañera en la cama y ahogas un grito de rabia y dolor en la almohada –como cualquier otro candidato del PRI que no sea Barroso, no se trata de ensañarse tampoco, esta es una columna propositiva y de buena vibra, tan positiva como el Magic o Charlie Sheen-, pasado un rato, todavía entre sollozos, piensas, que bueno que no tengo vieja, porque si no no me la iba a acabar. (Ya ven cómo buscamos lo positivo de las cosas).

Fauna similar son los mecánicos. La tragedia de los sudcalifornianos es amar tanto los carros y odiar tanto a los mecánicos, si Sófocles hubiera sido de Tembabichi o de Santa María de Toris ésta hubiese sido la octava tragedia. Qué les puedo decir que no sepan, queriditos y queriditas, quién no ha pasado ya por la Vía Dolorosa de la mecánica automotriz.

Ecce homo

Bien sabido es que no existe amor más sincero, mas grande y más puro que el de un hombre por su carro. Imaginen entonces el tamaño de la tragedia cuando uno tiene que dejar que otro cabrón le ponga las manos encima, es, no sé, puede ir tu mujer al ginecólogo y ni te inmutas, total, seguramente desde antes que la conociera ya iba a que le esculcaran la panela así que ni modo que qué, pss, pero tu carro, no mams k, eso es otra cosa, el carro es lo único verdaderamente tuyo…

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