Es un verdadero viacrucis encontrar al maistro con el que te entiendes

Oficios parte I

Decididamente prefiero acudir a un cirujano, inclusive dejarme revisar por un proctólogo artrítico, con Parkinson y dedo diabético, y definitivamente me sentiría más tranquilo sabiendo que me tienen que hacer una neurocirugía o que me van a meter cuchillo en la espalda a tener que ir al mecánico; a fin de cuentas, cuando se trata de que lo arreglen a uno, tienes la seguridad de que la persona que te va a tasajear estudió para eso y sabe lo que hace, o al menos hay un papel colgado en su pared que dice que sabe.

Pero cuando se trata de arreglar cosas de la casa, hoo maiii gaaad, qué calamidad, qué incertidumbre, qué nervios, cuánta adrenalina!!! Trátese del carro, del escusado, ¿qué onda con ese nombre? Escusado, es-cu-sa-do, que feo sentimiento genera esa terminación en ado, nada bueno resulta de conjugar un verbo y termine en ado…en fin, o se trate de cualquier desperfecto doméstico donde haya que acudir con un mecánico, albañil, plomero, herrero, carpintero u otro asunto que requiera conocimientos más sofisticados de los que un simple mortal puede tener acerca de estos oficios, es una verdadera pesadilla.

Es un verdadero viacrucis encontrar al maistro con el que te entiendes, es como ser piloto de pruebas en una fábrica de supositorios. Encontrar un buen mecánico es el sueño anhelado, tu alma gemela, tu otra mitad, lo sabes en cuanto lo ves, en cuanto sus miradas se cruzan, se acerca a ti limpiándose las manos con estopa, secándose el sudor con el antebrazo, con un overol sin camisa debajo y un tirante desabrochado. Pone la mano sobre el cofre del carro y te dice: qué bonitos spoilers, ¿traes rin 17? ¿Es la edición deportiva 1.8 turbo? Tú asientes tímidamente con la cabeza, te sonrojas un poco y te sorprendes de que alguien que acabas de conocer sepa cosas tan importantes de tu vida, te agachas un poco, le ves la stillson y los dados y lo sabes. Sabes que él es el indicado, the one.

Pero para llegar a esto, para llegar a encontrar tu alma gemela, ya has tenido que pasar por muchas cosas antes, ya has andado rodando como hombre de la calle de taller en taller; pero te sientes temeroso y desconfiado, y con razón porque… ya te han fallado antes. ( A la bestia! Voy que vuelo para escritor de la rosada de Guadalupe o para escribir obras de teatro y actuarlas yo mismo en el teatro Juárez).

En los pueblos no hay tanto problema, ahí se conoce la reputación de cada mecánico, albañil, plomero o electricista; ya sabes quién es el carero, el transa, el que cobra y vuelve a hasta las dos semanas, el cochi pa trabajar o el que es bueno pero hace las cosas como él quiere, no como tú se las dices. Ahí no tienes que andar limosneando de taller en taller, carpintería en carpintería, de herrería en herrería, de electricería en electricería. Ya sabes cómo masca la iguana, como corre el agua, de qué lado cojean y cogean también.

Aquí en la gran ciudad, en esta choyópolis anacrónica y maldita la raza no necesita trabajar, trabajan… no sé, por hobbie, por mantenerse activos, por socializar, no sé, pero no por necesidad, eso si que no. Vas a buscar al plomero, al albañil o cualquiera de estos pinch…   pintorescos personajes y los vatos te reciben de mala gana porque se tuvo que levantar del balde donde está a gusto balleneando con la banda de la cuadra, hasta te hacen sentir mal; por fin se acerca y te atiende en la banqueta y por más que les explicas que es lo que quieres, como está la casa, le enseñas fotos en el celular, les haces una presentación con diapositivas del terreno y dónde quieres que vaya el lavadero y no, no te pueden decir nada, ni más o menos cuánto material ocupan, cuanto se tardarían, un aproximado el presupuesto, ni nada. Lo único que te dicen es que “habría que ver”, y lo más que sacas es que te de una cita para ir a tu casa a “ver”, y ahí sí, te dan un aproximado de cuándo irían: entre mañana y pasado.

Tú ya sabes bien que la guerra se gana con estas pequeñas batallas y para no ceder el terreno conquistado le extiendes la mano para cerrar el trato, sin importarte que se haya estado rascando los huevos mientras hablaban.

¡Comparte!

* * *