Las Varitas: el día que Julión Álvarez venció a John Lennon

Durante al menos 25 años Las Varitas fue un referente de la cultura cultural y también popular de la ciudad de La Paz y de todo el estado. Como rezaba su slogan, de la nada surgió un lugar, un terrenito improvisado como bar, como una peña en realidad, donde empezaban a circular las inquietudes artísticas de una nueva generación de sudcalifornianos que vivían el arribo del estado a una nueva etapa en varios aspectos, desde la reciente conversión del territorio, esa generación inauguró muchos espacios institucionales y ciudadanos. La trova y la poesía se daban cita en ese pequeño patio, donde podían confluir todos aquellos aficionados a la música y la bohemia en general. Muchos de ellos formaban parte de las primeras generaciones de universitarios sudcalifornianos que la recién inaugurada UABCS empezaba a forjar.

Bajo el empeño empresarial del Alfonso Vázquez, a través del tiempo Las Varitas no solamente se consolidó como bar, como empresa, sino como el emblema de un movimiento cultural y artístico que significó en su momento las aspiraciones de modernidad del último rincón de la patria. Y en gran medida lo logró. Las Varitas fue durante mucho tiempo el eje que articuló la convivencia de actores académicos, políticos y culturales. En los años 80s podía uno escuchar en Las Varitas, por aquel entonces la casa del rock, la vanguardia del rock en español como Miguel Ríos o Joaquín Sabina, grupos de la movida madrileña, y toda una gama de música que iba de la trova latinoamericana a los clásicos del rock como Pink Floyd o los Beatles. Las Varitas fue una manera de ser modernos, de involucrar a esta sociedad, provinciana de más, en movimientos juveniles y culturales de vanguardia que incluso en muchas ciudades más grandes y cosmopolitas del país no se vivían de la misma manera porque si bien se conocían, no generaban esa sinergia que, quizá por ser tan pocos, se daba en este puerto.

Bajo el esquema de Las Varitas se multiplicaron bares con la misma tónica, música en vivo y con un repertorio bien seleccionado entre lo clásico y lo nuevo, entre el inglés y el español. Todavía en los 90s no era raro encontrar en Las Varitas académicos universitarios, funcionarios públicos, periodistas y creadores locales de distintas disciplinas. Molotov, Los Enanitos Verdes, La Lupita, El gran Silencio, Cala y los Rostros Ocultos y la Gusana Ciega fueron algunos de los grupos que pisaron lo que alguna vez fue el emblemático escenario de Las Varitas… antes que Diana Reyes fuera la encargada de amenizar los aniversarios de lo que ahora se ha convertido en el séptimo círculo del infierno.

Ni Dante hubiera podido imaginar juntos tantos tipos de miseria humana; la casa del rock ahora es una cantina de mala muerte, donde el clima infecto te oprime el corazón y te dan ganas de tomar el látigo y sacar a todos estos mercaderes que han invadido el templo, empezando por el propio Poncho Varitas.

Al entrar me preguntaron si traía armas, respondí que no, desde luego, pues toma, me dijo el de seguridad, y me dio un cuchillo de matancero, porque adentro está cabrón, procura mantenerte con la espalda pegada a la pared, me aconsejó. No queda nada del ambiente juvenil que yo recuerdo, no pintan las paredes citas de Neruda ni Lennon, no está Hendrix expectante, el signo de peace and love que definía lo que alguna vez fue contra cultura y después cultura pop se ha desdibujado.

Las percusiones y metales de los Cadillacs cedieron su espacio al ominoso tamborazo y los clarinetes de la banda. El aserrín no cubre ya el suelo, suelo lodoso lleno de escupitajos. Ir con calcetines ahora es demasiada elegancia para Las Varitas, las mayoría de los parroquianos en huaraches, con gorras que ostentan su convicción guadalupana y nacionalista, paisas que aspiran a una vida mejor y al 1.50 de estatura; las nucas verdean y revelan la filiación castrense de la mitad de los clientes, los morenazos -fieles a la patente del fenotipo nacional broncilíneo- son guachos, cito en calle 5 de Mayo y boulevard Padre Francisco Eusebio Kino.

El espectáculo no sería retratado ni por la lente enferma de Carlos Raygadas y el guión hubiera sumido a Passolini en la depresión; la constante es ver a mujeres ostensiblemente mayores con muchachos jóvenes, alcanzo a calcular sus edades por el diámetro del brazo a la altura del trícep y la forma en que ondula cuando bailan. Son muy escasas las jóvenes, la mayoría del inventario femenil son tionas entradas en años… y en carnes, pero no son nada cohibidas, por el contrario son bastante accesibles, a grado tal que me hace sospechar de algún tipo de comercio clandestino. Nadie anda sumido, es por demás, la dieta de un país de 60 millones de pobres no miente, el exceso de harinas, grasas y refrescos, la colitis perenne, el vientre inflamado y gordo no se contiene con fajas, ni vestidos de licra ajustados. No es la obesidad rozagante que los burgueses decimonónicos presumían, es esa pancita de niño de Biafra que delata la alimentación deficiente, de las amibas que fermentan la poca y pobre dieta generando gases espasmódicos que con el auxilio de un bitoque podrían generar un tipo de fracking anal con una explosión combustible generada por el Café Legal, las Maruchanes y la Coca de dos litros.

Te da miedo ver a alguien a los ojos, de pronto tienes la sensación de ir en un galeón que va a dejar un cargamento de indeseables a alguna isla perdida en los mares del sur; no hay baile, baile festivo, alegre, todo es una serie de empellones de la pelvis contra las nalgas, de restregoneos burdos, babas cayendo. Y la música de banda potencia lo folclórico del vodevil y conjura y comprueba las tesis sociológicas de lo mexicano como fatalidad, de los demonios del pulque, de la violencia ancestral, del estado larvario donde no se es ni agua ni pescado, la testarudez del axolotl que baja la cabeza pero inflama su pecho con todos los rencores contra el mundo, y los big pretenders se asumen como galanes, como potentados y como triunfadores danzando sobre las ruinas de Las Varitas.

Para ellos, los nuevos parroquianos de Las Varas, es una conquista, una gran conquista, así como Napoleón marchó sobre la abandonada Moscú, así marchan sobre las ruinas de la casa del rock, sobre el templo donde cada 8 de diciembre, religiosamente se conmemoraba la vida y obra de John Lennon. La apropiación de las tribus bárbaras de la geografía de la ciudad supone en sí mismo un triunfo sobre la invisibilidad social, porque el centro también se vuelve su espacio de esparcimiento, porque aun cuando jamás los dejarían entrar al Regina pueden transitar por las calles con una causa justificada; su lugar de convivencia y conquista sentimental ya no corresponde al apartheid de la periferia urbana, porque ahora son parte del fin de semana de la ciudad, así mismo tomaron el Sinatra, porque así como el Poncho, los hermanitos de la ex Casa de Villa viven del dinero de esta chusma en el Sinatra, pero no los dejarían entrar en sus otros negocios.

Ese día, o mejor dicho, la noche que volví a Las Varas fue uno de los más tristes de mi vida, el día que Julión Álvarez venció a John Lennon.

 Salmo Responsorial: the dream is over.

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