Se disputaban la plaza, los dos bandos asolaban la ciudad

La noche que Chicago se murió

Se disputaban la plaza, los dos bandos asolaban la ciudad y habían conseguido agrupar a la mayoría de la gente de un lado u otro. Desde meses atrás empezaron las agresiones, primero con mensajes cifrados, soterrados; después públicos y abiertos. Fueron marcando sus territorios, comprando autoridades, infiltrando las oficinas de gobierno, funcionarios de alta y menor jerarquía.

Los jefes fueron cerrando su círculo cercano, blanqueadores para el dinero, kaibiles dispuestos a todo, instalaron sus casas de seguridad; envolvieron a la ciudad en su disputa criminal, había que tomar partido: estabas con ellos o contra ellos. Al principio se guardaban las formas, había cierta mesura en los ataques, pero se fueron volviendo más violentos e infames cada vez. Ya sin recato ni temor de nada ni nadie exhibían sus fines y sus medios. La autoridad era un triste monigote, un mirón de palo.

Fue necesario gastar más dinero, conseguir nuevos aliados, incluso del bando contrario, nuevas fuentes de financiamiento; se tejieron alianzas obscenas en pos de controlar la plaza. Jóvenes y mujeres eran ahora la carne de cañón preferida, usados sin pudor alguno, prometiéndoles un futuro halagador fueron lanzados a la calle sin armas a librar una batalla que no era suya. Familias enteras se vieron involucradas y divididas por esta guerra.

Se sentía la tensión al circular por las calles, el temor de encontrarte a unos o a otros y te detuvieran, quedar en medio del fuego cruzado. Había que estar muy al pendiente de con quién te juntabas, qué decías, había halcones por todos lados que ponían dedo. Los recursos y cuerpos policiales participaron abiertamente para poner a uno o a otro de los cabecillas y a sus lugartenientes; para intervenirles las comunicaciones y saber dónde y con quién estaban, cuáles eran sus aliados y esos pactos inconfesables que signaron en pos de controlar la plaza. Subía la intensidad de la disputa, en el fragor de la batalla se perdía más de lo que se ganaba.

Los cárteles olvidaron las formas y todo se volvió una batalla campal franca y abierta: atorones y levantones a plena luz del día, donde los cuerpos de seguridad servían de sicarios y testaferros para alguna de las bandas, se filmaban unos a otros, se apuntaban unos a otros y en el pleito sarracín todos clamaban al cielo ser las víctimas de traiciones y prácticas desleales, como si hubiera códigos que ellos mismos no hubieran violentado ya.

Llegó el día de la confrontación final, entre los escombros de la ciudad, entre los jirones de la aspiración civil y democrática de los ciudadanos, ungido por los esperpentos de la contienda inmunda, el 7 de junio fue electo el nuevo gobernador del estado.

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