Cuando uno vive en el tercer mundo

La boda: adéndum

Cuando uno vive en el tercer mundo, en la provincia del tercer mundo, es muy difícil escapar a las condicionantes sociales, económicas, políticas, geográficas –incluso climáticas- que nos definen como un país jodido y, obvi, habitado por jodidos; y si aparte tu terruño está en el culo del país, pues las cosas se complican. Aspirar a ser mejor es desde luego una intención muy válida, se puede ser mejor de muchas maneras, siempre  se puede ser más humano, mejor hijo, mejor hermano, pero si hablamos de mejorar en la escala social, ahí encontramos diversos asegunes.

Si el éxito ahora se define bajo los parámetros del protestantismo casi judaico donde no sé bajo que alquimias  teológicas es dado adorar al becerro de oro, tener dinero es ser exitoso, y tener dinero implica no solamente comprar, porque ya todo mundo compra, aunque sea en abonos- se los digo yo, que el mes pasado los de Coppel me arrancaron tres uñas para recordarme que les debo una loción Drakar Noir y unas trusas Calvin Klein-, sino que además hay que traducir esa condición económica en toda una circunstancia de vida. Lo malo es que a veces las condiciones externas no se dan cuenta del éxito de uno y te siguen tratando como a cualquier hijo de vecino.

 Parece además necesario multiplicar los esfuerzos para que el dinero se vea en un ambiente donde no es natural tener dinero, no solamente por la pobreza de los demás, eso no importa, que se chinguen, sino porque hay veces que el dinero deja de tener sentido cuando ni siquiera tienes cosas que comprar porque no existen, allá en tu pueblo pobre,  o bien porque el confort material que te brinda una buena casa o un buen auto ya están satisfechos, y que haces con el demás dinero,  pues lo sigues acumulando a lo pendejo, porque no hay cine, ni colegios particulares, ni restaurantes súper exclusivos que le den sentido al montonal de dinero que traes en la cartera. O simplemente el enviroment  es tan jodidamente pobre económica y culturalmente que nadie podría saber que traes un anillo de diamantes, aunque sea de  Tiffany & Co., o si tuvieras el original de la última cena en el comedor nadie podría distinguirlo de un calendario Landín del 2004. Porque el valor de las cosas está directamente relacionado con la envidia que puedan causar en los demás, si no, pos pa qué.

Escapar a todas estas circunstancias para ser más nice es tarea harto difícil, si vivieras en Nueva York, Milán, París sería fácil, el mismo ambiente te iría exigiendo lo que ocupas para restregarle el éxito a los demás en la cara, pero por ejemplo, ¿hay algo más naco y sin sentido que ver un montón de camionetonas del año dando vuelvas a lo pendejo en el polvoriento boulevard de Comondú? Es una lástima que esas camionetas y sus dueños no puedan tener un escaparate más digno para mostrar su éxito al mundo. No sé, es como tener un abrigo de piel de oso panda y vivir en Palo Bola o ser presidente municipal de Loreto.

Para vencer esta realidad se vuelve necesario un esfuerzo sobrehumano, desligarte de las condiciones naturales que te tocan vivir y salir de ellas requiere el mismo esfuerzo que necesita un transbordador espacial para vencer la fuerza de gravedad, abandonar la atmósfera terrestre y por fin alcanzar el espacio exterior; lo más seguro es que quienes traten de hacerlo acaben haciendo el ridículo sin poder escapar de lo que sería su chilaquilesco centro de gravedad. Como sucedió en el Palermos, templo del snobismo chuniquero, cuando un empresario local, un verdadero self-made-man, pagó decenas de miles de pesos para agasajar a su pareja en una cena íntima con unos cuantos amigos, y cuál sería la culminación de esa exquisitez, cuando arribo la banda “La más alegre” y a puro tamborazo hizo saltar en mil pedazos los delicados cristales de las copas de baccarat donde rebosaban los mejores vinos, ¿Qué cosecha? Sepa, pero de seguro eran los más caros, y con cada trompetazo se desenredaban los chongos de las damas y se desinflaban los mousses y los suflés y al compás de “se mamó el becerro” las flores del Palermos se marchitaban.

Una de esas cosas que se confrontan dentro de la cosmovisión del wannabe, es que confunde el querer con el poder hacer las cosas; una cosa es querer hacer una fiesta y otra poder hacer una fiesta. Ya sea para celebrar –en estricto orden cronológico- una despedida de soltera, boda, baby shower, bautizo o quince años –y de ahí se repite el ciclo con la siguiente generación-, es necesario antes que las ganas, tener dinero para hacer el festejo que corresponda.

Bueno, antes era así, porque ahora les ha dado por festejar a costillas de los demás, los pobres abuelos, tíos o amigos acaban pagando el pato de las pretensiones de los festejones. Si es bautizo, se chingan en los padrinos, si es quinceañera, ahora inventan padrinos de todo, de bebidas, de zapatillas, de música, de comida, de arreglos, de vestido y a fin de cuentas resulta que los padres de la quinceañera solo acaban poniendo a la quinceañera; no  lo hagan, por favor, no es obligación hacer un gran festejo si no tienes dinero, no pasa nada, es como mandar a tu hijo de raite con un pariente a disneylandia porque no alcanza para ir con la familia, ¿para qué? Para que el chamaco piense que se tiene acceso a cosas que no se pueden en realidad, no tiene ningún caso, no le va a pasar nada al plebe si no conoce Disney, más daño le va a hacer crecer con delirios de grandeza o deseando cosas que están fuera de su alcance y su realidad.

Padres de familia, piénsenlo dos veces por favor antes de hacer esto, si de por sí las adolescentes son vanidosas y compiten de manera feroz entre ellas, hacerle una quinceañera  a su hija de coperacha es la manera más indigna de gritarle al mundo que se es pobre, un pergamino señalando todos los padrinos: de hielo, de limones, de pepsis, es la manera más ominosa de reconocer públicamente las carencias económicas que vive la familia, eso es peor que no hacerle fiesta, o que hacer una fiesta modesta sin querer apantallar a nadie ni  presumir lo que no se tiene.

Con los baby showers pasa otro tanto, ahora resulta que el espíritu que mueve la celebración no es ya la convivencia ni la felicidad genuina de traer otro bebé al mundo, sino una transacción comercial donde lo importante es determinar lo que se invertirá contra lo que se recaudará.

-Buenos días, Secretaría de Economía? Quisiera saber los requisitos para solicitar un financiamiento para un proyecto productivo…

-Sí, claro, pues antes nada todos sus documentos personales, credencial de elector, Curp… disculpe, que tipo de negocio es el que le interesa?

– Un baby shower.

Antes los baby showers no requerían de un comité panochero de viejas mal cojidas y sinquehacer para realizarse, dos o tres tías, la cuñada y las dos únicas y verdaderas amigas se reunían en un domicilio particular, tomaban café, pastel, regalaban algunas cosas para el bebé y listo. ¿A quién le causa verdadero regocijo que venga otro niño al mundo cuando somos más de siete mil millones de seres humanos en el planeta, y contando? Pues solamente a las personas más allegadas a los futuros padres, lo demás es pura hipocresía, como si el nonato fuera el delfín que espera el reino para perpetuar la gloria y gracia de dios.

Otra de las maneras de revelarte como una persona de pésimo gusto, independientemente que puedas ser pobre o no, es pedir “efectivo” de regalo. Si bien esta fea y villana costumbre se inició en los baby showers, ahora se ha extendido a las bodas. Si de hecho es una verdadera grosería aquello de la mesa de regalos donde te imponen lo que tienes que regalar, pues esto de pedir dinero rompe con toda la prudencia y el buen gusto.

No se sabe en realidad quien tiene menos decencia y urbanidad, si el que invita a la boda y dice que deben de regalarle, o el invitado que le vale madre  esta “sutil” recomendación y regala lo que se le hinchan los huevos, o bien, para lo que le alcanza. Y antes las mesas de regalos eran literalmente unas mesas donde se ponían las cosas que los festejados habían elegido para que les regalaran, ahora solo son una listas que están en la caja del establecimiento y tienes que estar como pendejo preguntando que es tal cosa, cuánto cuesta, y todo para que al final te digan que alguien ya se los compró o que ya no hay. Es de verdad una mentada de madre ir a estar preguntando que es tal o cual cosa a la cajera que te ve con cara de hueva y tu pasando vergüenza de ver que es lo que te alcanza o no, luego pides algo, esto de mil pesos está bien, ni pex, y resulta que es un pinche frasquito mirruña quién sabe para qué, y piensas: no mames, como les voy a regalar esta mugre, pero aparte cuesta mil pesos!!! Ya ni chinga fulano pidiendo estas mamadas, si antier todavía me pidió prestado para acompletar lo de la música, son ideas de esa pinche arpía con la que se va a casar, pinche vieja, va a dejarlo en la ruina, qué bueno por pendejo…

Si uno va a hacer una fiesta es que tiene con qué, no hay que enseñar el cobre pidiendo cooperación ni dinero para ver que se recupera de lo gastado, luego no vayan a estar como la damita esta de sociedad que hizo la boda del año con 300 invitados de las mejores familias que pueden encontrarse en las áridas regiones de la Baja California y, obvi, pidió de regalo “efectivo” y puso una cuenta a disposición de los selectos y finos invitados y los sobres en las mesas para que le dieran su regalo en cash, y cual va siendo su sorpresa, que entre tantisisíma potentado y gente bien solo recaudó 9 mil pesos, jajajá, le hubiera ido mejor si hubiera ido con Chabelo, la pobre.

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