BCS tiembla

La batalla de los Mirreyes: 2015, la confrontación final

BCS tiembla, ventiscas heladas recorren la estepa califórnica, nubarrones presagian tormentas; sobre el horizonte, en el oscuro mar, centellan las chispas que sacan los encontronazos de los miembros de las castas divinas de este jirón de tierra. Cuando sus predecesores fueron expulsados de La Casa de CanterUsher, ellos se vieron obligados a pagar el precio más alto que una divinidad puede tolerar: vivir como gente común, como villanos, sin esa aura mágica que los guaruras y los vehículos oficiales proporcionan. Sufrieron el dolor de haber sido y ya no ser, que les fuera quitado El Caimancito como casa finca para Pedas y aquelarres, no se vale, la neta que no.

Muchos no pudieron soportarlo e iniciaron la diáspora a reinos vecinos donde fueron a empeñar sus blasones, pero lejos de aquí, de los malagradecidos que engatusados por ese Luzbel santiagueño y mormado arremetieron en vil rebelión contra sus creadores. Pero todo pasa y todo queda, como dijo Machado, y aquellos retoños de nuestra casta divina, que muchos de ellos no llegaron a ser juniors con todas las de la ley, vuelven para cobrar venganza, convertidos ahora en virreyes, dueños de un alcurnia forjada en las arcas públicas.

Convencidos de que hay un destino, no trabajo ni esfuerzo, no compromiso ni capacidad, sino un algo más allá que los de más acá no alcanzamos a ver, a imaginar siquiera, tan ocupados como estamos sacando pa tragar, para abonar en la Copel y rogando a dios que nos queden unos centavos para deshacernos el hígado con un litro de tonayán el sábado, pos no, no tenemos esa visión de largo alcance, visión de futuro dicen los panocheros comiéndose la “L”, que nos aluce la tatema para develar el misterio de porqué ellos, y nadie más, deben de ser los elegidos.

Los mirreyes estuvieron en las sombras, en ese anonimato que les dolía y perlaba de lágrimas sus mejillas al no verse en la página de sociales, al no tener la mesa de pista en el antro y todas esas cosas hermosas que por derecho divino les correspondían y que otros virreyes espurios usufructuaban. Incluso alguno de ellos sirvió a la dinastía usurpadora, cual vil lacayo estiró la mano para recibir migajas de algo que por herencia le correspondía. Casi ninguno de ellos doblegó su orgullo buscando empleo o trabajando en algo, sostuvieron sobre sus nobles espaldas, además, el mote de ninis, pero no les estaba dado ganarse el pan con el sudor de su frente, no ellos, aún expulsados del paraíso siguieron simplemente estirando la mano para obtener el sustento.

¿Acaso los príncipes requieren de ocuparse de quehaceres villanos, como caballerangos u orfebres para merecerse el trono? ¡Habrase visto! No mis amigos, allá arriba, entre los que ostentan ciertos apellidos y cierto abolengo, no aplican las mismas reglas ni valores ni mucho menos los méritos con que nos medimos los ciudadanos de a pie. Nunca trabajaron hasta que volvieron por sus fueros. Ahí están, véanlos ustedes y díganme si miento, su curriculum no va más allá de su apellido, pero qué le vamos a hacer, a los césares lo que es de los césares, y a dios que te vaya bien.

Todos estos señoritos habrán de volver por lo suyo, aunque ahora con el Olimpo dividido la lucha fraticida que se avecina es de pronóstico reservado, y ustedes saben bien que no hay nada que exacerbe más los odios que reclamar una herencia dentro del mismo linaje, ¿a quién le corresponde? ¿al que tenga mayor mérito, trayectoria, experiencia, capacidad? Puf! Por favor, bitch please! Somos el juguete nuevo de los noveles hacendados.

 

Así está marcado, directo y sin tocar baranda, del whisky en La Barrita a dirigir los destinos de Baja California Sur en el Palacio de Cantera.

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