Yo mismo me he sorprendido a veces divagando sobre temas que rebasan mi realidad inmediata y consumen horas de mi valioso tiempo

El pendejo de adelante

Hay cientos de cosas, miles de cosas que han incentivado la imaginación del hombre a través de todos los tiempos, en todas las culturas y las religiones, en cada uno de los continentes y bajo cualquier régimen político o sistema económico. La fascinación por observar y descubrir las leyes que rigen el movimiento de los astros, el origen de la vida y del universo mismo, quien pagó la casa blanca de Las Lomas y muchas otras incógnitas han consumido el esfuerzo personal y de grandes recursos económicos para saciar esta curiosidad inherente a la naturaleza humana.

Yo mismo me he sorprendido a veces divagando sobre temas que rebasan mi realidad inmediata y consumen horas de mi valioso tiempo. Casi siempre sin quererlo, quien sabe porqué extraña razón, de repente mi mente se encuentra pensando sobre cosas que me intrigan, ya sea que esté en el baño columpiando el tamarindo o esperando que cambie el semáforo, esté solo o acompañado, mi mente toma vida propia y empieza a discurrir sobre los temas más variados, así nomás, orejana.

No se cómo explicarlo, porque no soy mentólogo, ni pensólogo ni cabezólogo para explicar este fenómeno; es a la vez una dispersión y una incontinencia de pensamientos muy rara, es como si no pudiera controlar mis esfínteres neuronales y me diera una diarrea, pero no de esas explosivas, sino de las otras, de las más crueles, de las que por más que aprietes la tuerca el empaque te gotea, esas, amigos míos, puede destruir el físico y la dignidad de un hombre en cuestión de minutos.

Es que no solamente es el dolor físico que te causan las implosiones dentro del intestino, que para esas alturas ya se volvió todo grueso, la combinación de peperoni con el pellejito del tomate deshidratado y la masa medio cruda del Mario`s pizza, medio litro de cocalay de anoche y la taza de café negro en la mañana, que fue el detonante de esa supernova que traes en la panza, y por más que intentas silenciar y contener la explosión, incluso con el temor de salir expulsado hacia el infinito y más allá (Buzz lightyear dixit), sentado en el pinche diplomado de género, el sábado a las nueve de la mañana, sientes que la muerte te ronda; sudas, los músculos empiezan a temblar por el esfuerzo, además el desgaste sicológico, de sentir que goteas, que por más que trates de concentrar todas tus fuerzas el chimuelo no te responde, y oyes el eco de la gota sobre el piso clap, clap, clap, no oyes a la expositora, empiezas a ver borroso y una vorágine de formas y colores te consume… ¿¡!? Meh, que loco, ni al caso este rollo, ¿de qué hablaba? Estoy empezando a temer una seria fijación con el asunto de la diarrea, ¿Qué será? ¿No seré medio coprófago? ¿O medio mayatón ya de a tiro? Y lo peor del caso es que soy asquerosísimo, si nomás de estar escribiendo esto siento un hilito de baba que me sube por el gaznate. Chale. Será porque soy tan estreñido que estas cosas para mí en lugar de ser repulsivas más bien son como una ensoñación. No debí leer 120 días en Sodoma, y ni lo leí todo, aguanté como dos semanas nomás. Bueno, el caso es que es una incontinencia de ideas y reflexiones que de repente se me vienen y se agolpan en la cabeza.

Últimamente una de las cosas que me atormenta, bueno, no me atormenta, pero que recurrentemente ocupa mis reflexiones es saber quién es el pendejo de enfrente. Yo creo que esa incógnita nos ha asaltado a todos en algún momento, en la caja del banco, del oxo ni se diga, el que está al mero enfrente sobre la 5 de Febrero para dar vuelta sobre la Forjadores y ya se puso en semáforo en verde y ves que el cabrón no se mueve, y como acto reflejo piensas ¿quién es ese pendejo que está enfrente?

La fila del banco no se mueve, ya tiene más de diez minutos el güey ese en ventanilla, sacas la pierna izquierda hacia el costado sin dejar de tocar base con la otra, porque como ya hay muchos chilangos, se te meten en la fila, y dejas caer la cabeza en un ángulo de 45º para ver quién es el pendejo de enfrente; desde que vez que al vato que trae un maletincillo de mano, de esos de tipo sobre con zipper sobre el lomo, lo sabes, ya valió madre, es un cobrador o un chalán de alguna ferretería que lleva un puño de cheques para depositar a los distintos proveedores, además de hacer los pagos del sky, el seguro del carro y las colegiaturas de los chamacos del patrón, mientras todo eso sucede, el ñero le tira la onda a la cajera y se hace el chistosito, mientras 17 pendejos hacemos cola detrás de él.

La misma duda te asalta cuando llegas a la Ley, donde de 12 cajas sólo hay abiertas dos, una exprés (máximo 10 artículos) y otra normal; llevas dos latas de atún y unas galletas porque ya no te dio tiempo de cocinar y se te hace tarde. Como te dicta la lógica vas y te formas en la fila exprés (sólo efectivo) y resulta que hay ocho personas, otros tres pobres imbéciles como tú que pensaron que iban a llegar a gusto a comer a su casa, pero resultó que no, que de última hora te mandaron por algo que hacía falta a la tienda; estiras el pescuezo a ver porque el flujo de la caja está tan lento, y ves, obvio, una pinche doña con el carrito retacado de mandado pagando, pero además alegando que dos trajecitos de bebé que lleva para el nieto tenían descuento en el anaquel, pero el sistema no lo reconoce, entonces ahí mandan llamar al encargado, que anda comiéndose los mocos a rebanadas allá en el cuarto frío, cachondeándose a la morra que enhiela el pescado, y como el cuarto frío cierra herméticamente, el hijo de la chingada no se entera que lo está voceando una pinche vieja con medio bote de aquanet en el copete y voz nasal, haz de cuenta que Leonel y Marcos se casaron y tuvieron una hija gangosa, con la nariz de Narcizo, pero mormada: “!Martiiiiiiiiin, favordepresentarseencajanúmerocincooo, Martiiiiiiin, favordepresentarseencajacincooo!” Y el bueno para nada del Martín tiene azorrilada a la pobre lepe allá en el cuarto frío.

Ves la hora y ves a la doña -que en ese momento es el pendejo de enfrente-, y para colmo, ves que hay otras dos señoras, campeonas de la desconsideración como solo ellas pueden ser, escudadas no en su calidad de damas, escudadas en que nadie se atreverá a decirles nada por temor a que te mienten la madre voz en cuello y te escupan culebras y serpientes, tepocatas y víboras prietas delante de todo mundo. Tu como ibas rápido, no agarraste carrito ni canasta ni nada, y ya te empiezan a pesar sobre los brazos las latas de atún y la coca de dos litros, sientes que te empieza a hervir la sangre del pinche coraje y te sonríes imaginando que le revientas una lata en la cabeza a la doña pelochino que sigue alegando en la caja y dejando la mitad del mandado a un lado, porque no sabe contar ni leer, por eso no atendió el letrero que decía: máximo diez artículos. Lo que sea de cada quién, ya sea en la cola del súper o en un cuatro altos, las pinches viejas son los seres más nefastos que puedan existir. (Por exigencia del INE ahora en esta columna le asignaremos el 50% de las mentadas de madre a las mujeres atendiendo al principio de paridad horizontal, vertical, perpendicular, paralela y las demás mamadas que se les vayan ocurriendo a favor del empoderamiento de la mujer y del empedorramiento de los partidos. Atte: Vlad Simitresku, conde de Valaquia y gatillero a sueldo del Peninsular Digital).

Otro de los momentos y lugares donde te surge la pegunta sobre quién es el pendejo de enfrente es en el malecón, obvi; claro está, el malecón es una vía turística, un atractivo para propios y extraños…

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