Este año después de mucho tiempo pude acompañar a mis padres al panteón a visitar a nuestros muertos.

Día de muertos

Este año después de mucho tiempo pude acompañar a mis padres al panteón a visitar a nuestros muertos. No sé porque es una de las cosas que más me gusta hacer con ellos, es decir, fuera obviamente de otras celebraciones que son en realidad festejos, acompañarlos en esta conmemoración me resulta realmente satisfactorio. Desde que me vine de mi pueblo a estudiar empecé a ver este ritual como algo especial, como el día de muertos generalmente era feriado, pues yo tenía la oportunidad de ir a visitar a mis padres y el viaje a otro pueblo, donde en realidad quienes se encuentran sepultados ahí son la familia de mi madre: mis abuelos, sus abuelos, tíos y otros parientes y conocidos.

Mi mamá durante muchos años hacía las coronas, en mi pueblo no hay florerías y hasta hace muy poco hay servicios funerarios; era muy difícil encontrar coronas y arreglos hechos “de fábrica”, mucho menos de flores naturales, en realidad había gente a las que se les mandaba hacer, así, de manera artesanal y en muchas ocasiones con puros materiales que había a la mano, ni siquiera era como ahora que vas a las mercerías y te venden los ramos de flores sintéticas y demás. Recuerdo vagamente el alambre recocido para hacer la estructura de la corona,  retazos de tela de color verde, de preferencia, para forrarla, recortes de papel lustre verde para las hojas, el papel ese que es como aterciopelado para las hojas de las flores –durante muchos años algunas nochebuenas hechas de esos materiales adornaron nuestra casa-, el papel ese de las tortillas como fondo de la corona, en fin, todo tenía que hacerse con mucha imaginación, y desde luego que se hacía con gran cariño y devoción por las personas que se nos adelantaron en ese inevitable camino que todos habremos de seguir para ir a ver los rábanos por abajo.

En mis años de universidad generalmente me levantaba muy crudo para ir al otro pueblo al panteón, mis padres nunca se enteraron, de hecho hasta que lean estas líneas sabrán que tomo, ni modo, el oficio así lo exige; nunca voy a olvidar una vez que coincidí en ese puente con una novia que tuve, ella estudiaba en otra parte y en esa ocasión, por azares del destino coincidimos, tenía los muslos más blancos y más carnosos que he visto en mi vida, qué cosa más maravillosa… perdón, ya estoy desvariando otra vez, de qué estábamos hablando, así es, de ese viaje que emprendía yo desde esta pedorra ciudad capital para acompañar a mis padres al panteón. Nos levantábamos temprano, y empezaba la romería de subir galones de agua, coronas, cruces y arreglos de flores para llevarles a nuestros muertos. En realidad en ese entonces no eran nuestros muertos, al menos míos, a mi abuelo materno yo nunca lo conocí, falleció antes de que yo naciera, y en aquellos late 90s & early 2000s, yo todavía no sabía lo que era la muerte de un ser querido, así que veía todo aquello con bastante reserva, con respeto, eso sí. Llegábamos al panteón, si, los panteones por antonomasia no son lugares muy agradables este era por demás horrible, el acceso por las callejuelas de lo que alguna vez fue uno de los barrios pobres del lugar daban la bienvenida con el desorden de tráfico y falta de estacionamiento, y así, había veces que teníamos que dejar el carro abajo y subir a pie cargando coronas y botes de agua para lavar las tumbas, escobas y bolsas de basura para recoger ramas, vasos de veladora y coronas viejas. El panteón ubicado en la orilla del acantilado del cerro es un lugar horrible, intransitable, lleno de piedras bola – cuántas lluvias deben de haberse sucedido desde siempre para que el agua haya redondeado los filos de todas esas piedras-, subidas y bajadas, cañadas, ni un solo árbol, puras gobernadoras y otros arbustos.

Yo veía a mi madre limpiar con gran afán la tumba de mi abuelo, su padre, de sus abuelos, prenderle una veladora a algún tío, en aquellos tiempos hacia al menos 20 años que mi abuelo había fallecido, no sé si aún le dolía, si lo extrañaba, poco se hablaba de mi abuelo en la casa, sólo una vez siendo yo niño mi abuela me dijo: si tu abuelo estuviera vivo, te compraría todos los juguetes del mundo. Recuerdo que pasaba mucho tiempo mirando una enorme foto que adornaba la sala de casa de mi abuela, queriendo grabarme la cara de mi abuelo, reconocerla como reconocía la cara de mis tíos y mis primos, pero nunca pude, por más que veía la foto, si por alguna razón mi abuelo no hubiera muerto y lo encontrara en la calle no lo hubiera reconocido… y si sí se hubiera muerto y me lo hubiera encontrado y lo hubiera reconocido, pues ya sabrán, patas me iban a hacer falta pa salir corriendo. Siempre me causó admiración esa devoción de mi madre por sus muertos, hasta el día de hoy no sé explicarlo, no sé si es parte de un respeto y una educación que se ha ido perdiendo, si es simplemente un canon social que hay que cumplir para que la pinchi gente no hable, o si es un cariño que se alarga y no se resigna a que las personas que uno quiere ya no estén con uno. Mi mamá guarda un reloj de bolsillo de mi abuelo, cosa rara siendo ella mujer y teniendo hermanos hombres que lo hubieran heredado, en algún momento pensé que ese reloj sería para mí, siendo yo el primer nieto varón por parte de mi abuelo, sin embargo, ese reloj no lo guardó mi mamá para sus hijos, lo guardó para ella, el reloj guarda el recuerdo de su padre, no sé si a veces lo saca de la cajita donde lo guarda y llora, no sé si alguna vez habló con él y le pidió algún consejo, sobre su matrimonio, sobre la crianza de sus hijos, sus nietos, o quizá alguna vez le platicó acerca de nosotros, de cómo éramos cuando niños y si alguno de nosotros tenía rasgos de él o su familia…

 Este año pasó algo muy curioso, porque llegamos a una tumba que yo suponía que era la de mi abuelo, pero se me hizo muy corto el trayecto que siempre recorríamos dentro del panteón para llegar, era una tumba pequeña sin nombre, casi enterrada por el tiempo y porque la tumba del al lado casi se le encima. Yo le pregunté a mi mamá de quién era esa tumba, me dijo que de una hermana de ella, ya no dije nada. La verdad es que no recuerdo que hayamos ido a esa tumba en otras ocasiones, Si es hermana de mi mamá debió de haber fallecido en el parto o muy niña, porque yo no recuerdo haber tenido otra tía, de lo que si estoy seguro es que me falla la memoria porque esa tumba debemos de visitarla cada año.

Desde antes que yo empezara a perder a mi gente querida, mis dos abuelas, mi abuelo, tíos, amigos, este conmemoración ya había tomado un sentido profundo en mi, y lo digo en un sentido muy íntimo, familiar, no tiene nada que ver con las celebraciones de día de muertos que uno conoce por la Hora Nacional y las mamadas de calaveras que ahora están de moda, y qué bueno que mi mamá no ha caído en eso de querer llevar comida y chingaderas al panteón, así me parece muy bien, porque así siempre ha sido acá, no una fiesta, una conmemoración sobria, respetuosa de la memoria de la gente que se fue, con ofrendas muy modestas, pero eso sí, con la constancia y la persistencia de la memoria y el corazón. No sé, es raro, al pasar los años que ya no tenía tantos puentes y que mi papá no me pagaba el camión, con los compromisos que uno va adquiriendo, cuando no puedo acudir con ellos, cada año voy al pueblo de mi padre a llevarle una veladora a mis abuelos y estar un momento en sus tumbas, así, sin alharacas ni aspavientos, no es una obligación, no es por quedar bien ni con mis padres ni con mis parientes, que dicho sea de paso, procuro evitar, pero me hace bien, me hace mucho bien. A fin de cuentas es lo que somos, de dónde venimos, los momentos y las historias que nos han creado y nos han hecho ser lo que somos ahora, ese intríngulis del que nadie escapa.

Aunque soy poco sociable y peor en estas lides, recuerdo muy bien en esas aciagas ocasiones donde tuvimos que sepultar a mis abuelos, cada uno en su momento, obviamente, no podría decir cuánta gente llegó a darme el pésame, no solo por mi nombre, sino a decirme primo, sobrino, es decir, gente que hace mucho que no veía, que no recordaba, hijos de primos, primos que nacieron cuando yo ya no vivía en el pueblo, y sin embargo ellos sabían bien quién era yo y el lazo que nos une; a pesar de mi parquedad social, aún con la familia, no puedo dejar de sentir mea culpa por esa lejanía que se genera por la distancia y el tiempo, no puedo dejar de reconocer que me sorprenden gratamente esas costumbres y esa forma de ser de los pueblos, donde la familia lejos de alejarse se extiende, se integra y se transforma con otros miembros,  sigue existiendo ese lazo simbólico, y no me refiero a simbólico como de mentiras, sino como construcción cultural dotada plenamente de significado, vibrante, vivo. Los que vivimos en ciudades, aunque sea tan pequeñas y fachadientas como ésta, perdemos esas relaciones, en un dado momento nos acostumbramos y nos llegamos a sentir a gusto en el anonimato que esta te brinda, pero que también te genera una dimensión de soledad muy profunda. No cabe duda que Sabines tenía razón cuando decía que  morirse en la ciudad es ominoso, decía que en esas ocasiones la gente llegó a brindarnos sus muestras de afecto y solidaridad, pero no solo éramos la familia, era un clan, una tribu, vaya, un pueblo, y no me refiero tanto a la cantidad de los asistentes como a la cualidad de las relaciones que aún se mantienen vivas en esos pueblos como el mío. Y no porque mis abuelos hayan sido gente especial, que para mí lo eran, claro, eso pasa con toda la gente, no digo que todo el pueblo se ponga de luto, pero sí existe un respeto todavía por el dolor ajeno, al gente se entera y respeta, en mi pueblo han llegado a  cancelarse bailes en la cancha porque murió una persona, y nadie la hace de jamón, y digo nadie refiriéndome a la generalidad, porque ya sabemos que nunca falta un…

Morirse en la ciudad es tan triste, tan mezquino, no pasa nada, las rutinas no se trastocan, el tráfico no se detiene, la risas no se borran de la cara de la gente, al vecino le vale madre y pone la música a todo volumen, cuando vas rumbo al panteón acompañando a tu muerto tienes que padecer las mismas mierdas ordinarias de todos los días, la ciudad gira y parece que a nadie le importa, los familiares y amigos que te acompañan siempre parecerán pocos comparados con los que rebasan el cortejo fúnebre, siempre serán más los que vienen por el otro carril, y para colmo, al llegar al panteón puede que haya dos o tres entierros más, ni en eso puedes sentir tu dolor como algo especial, íntimo, incomparable.

He visto tumbas de niños, de madres, y no puedo dejar de imaginarme las tristes escenas que acontecieron en esos lugares, pero he visto tumbas olvidadas, unas modestas y  otras ostentosas, pero olvidadas, esas son las que más me conmueven. Me conmueve saber que no somos nada, que la vida es tan corta, que nada de los pequeños dramas que nos atormentan, que ninguna de las grandes ambiciones que nos mueven serán eternos, nada quedará, todo morirá con nosotros, salvo que descubras las vacuna contra el sida o realices alguna proeza o atrocidad digna de ser recordada por la humanidad  – y no es por hacerlos menos ni ser culero, pero no creo que ninguno de los que lea esta columna tenga esos alcances-, seremos solo un suspiro que nadie supo que existió, es tan corto el amor, y es tan largo el olvido, como dice Neruda.

Yo por mi parte quiero que me cremen, si después de muerto alguien quiere honrar mi memoria, que al paso que voy dudo mucho que haya alguien, pero si acaso algún despistado recuerda que alguna vez caminé por este mundo, no quiero que se vea obligado a estar físicamente en algún lugar específico, no creo merecer tanto, donde esté, con que levante una copa a mi salud o prenda una veladora, según se preste, mi pobre memoria quedará por demás honrada y quizá mi alma vaya encontrando el sosiego que no tuvo en esta vida. No quiero que quede constancia de que no fui nada, no quiero que alguna vez alguien pase por mi tumba olvidada, y diga: esta tumba es la constancia de que alguna vez vivió alguien a quien ya nadie recuerda.

Con todo mi cariño y admiración para mis amigos que han perdido a sus padres.

Salmo Responsorial: “Aunque tú me olvides, te pondré en un altar de veladoras”…

¡Comparte!

* * *