Un viaje al norte, implica no solamente las ganas de hacerlo

Camino largo a Tijuana 2ª parte de 3

Un viaje al norte, implica no solamente las ganas de hacerlo, sino un temple para transitar horas y horas por lugares donde no se ve un alma, donde los episodios de soledad son tan prolongados que la imaginación empieza a jugarte bromas, donde la psique te empieza a poner alerta de todos los peligros que te pueden asechar si de repente el motor del vehículo estalla en vapores hidroacetifreezerianos y te quedas en medio de la nada, porque paradójicamente no hay nada, pero el pendiente no se te quita pura madre.

Viajar al norte por carretera puede ser una aventura que muy pocos quieran repetir; viajar al norte constantemente es apropiarte de la Baja, es aceptar el entorno y la circunstancia que a los sudcalifornianos nos ha tocado vivir en este confín maldito, cárcel de agua, desvaríos de muerte. Trasladarse de un lugar a otro dentro de la península es un gran esfuerzo, cada vez menos, eso sí, pero viajar por este espinazo árido no tiene la misma connotación del viaje de placer en el interior, por ejemplo, con un clima benévolo, cruzando pueblo tras pueblo, viendo ríos, árboles, marchantas que venden todo y de todo, hoy desde luego con la ventaja de las comunicaciones permiten que cada contratiempo pueda ser relativamente fácil de solucionar.  Viajar en California es un juego de niños, con sus carreterotas, parejitas, con teléfonos, acotamientos y una ciudad tras otra que en caso de cualquier desperfecto del carro sobran talleres y refacciones para salir del paso, con un buen fajo de dólares de por medio obviously.

Viajar a Tijuana desde La Paz requiere tener nalgas de acero y una columna vertebral reforzada con adamantio, tener fe ciega en tu carro, chocarlo, mimarlo, hablarle bonito al cabrón, y claro, amar los pequeños y contados detalles que rompen el hastío del viaje, esos pequeños lugares que irrumpen en la monotonía del paisaje y por lo mismo se vuelven mágicos. Sólo transitando por tierra puede uno contemplar la vida en la Baja, solo caminándola por horas y horas puede uno comprobar que el desierto esta vivo, que los coyotes, las zorras, el gato montés, el venado, los mapaches, juancitos, correcaminos y la víbora de cascabel efectivamente habitan junto con nosotros este jirón de tierra, pedazo de piedra, páramo yermo y hostil, quizá, para el visitante ocasional.

Subiendo el 35 hacia el norte la carretera serpentea entre cerros de color pajizo para llegar al siempre verde, aunque no siempre vivo arroyo de Santa Rita; de ahí viene lo que muchos  sociólogos, viajantes e ingenieros han denominando la recta más enfadosa del mundo, que no concluye, sino que atraviesa ese infierno de cuatro altos y semáforos que es ciudad Constitución, nido de conductores enloquecidos y suicidas que, como todos los valles agrícolas, lo que tiene de productivo lo tiene de horroroso.  Quizá aquella primera generación de fuereños sean los únicos que aprendieron a querer tanto la Baja como los nativos, como en “Nos han dado la tierra” de Juan Rulfo, los primeros colonizadores, cristeros exiliados para más detalles, llegaron a María Auxiliadora que no era nada, una maldita coordenada justo en el puro medio de de un terregal; quizá ellos que sin decir nada sufrieron el destierro, aprendieron como los que ya nacimos en el destierro caminar día a día cargando en sol sobre nuestras espaldas.  Ningún espíritu vulgar hubiera podido, como en el Néguev, haber hecho florecer como hoy conocemos al Valle de Comondú.

Esta recta se prolonga hasta la bajada a Agua Verde, desde la parte de arriba, sobre los que es el Valle de Comondú, uno puede verla tinajas de agua que casi todo el año contienen agua, semejando una río sedentario al fondo de la cañada rodeada de cerros cuyas cimas se adornan de colores verdes y cobrizos. El descenso del valle termina hasta llegar al mar en Loreto, antes de llegar, bajando a Ligüí  podemos ver el espectáculo fascinante en que se conjuga la magnificencia de la agreste sierra de Tabor y el azul del mar con sus islas. Loreto, o mejor dicho Nopoló se revela entre dos cerros como un espejismo de agua y edificios, con su campo de golf y su pasto siempre verde que acomete la mirada después de tantos ocres y magentas del camino. La Transpeninsular solo abreva en Loreto y vuelve de nuevo a internarse en la geografía peninsular hasta volver de nuevo a la vera del mar en Bahía Concepción, un espejo de agua de más de 60 kilómetros de largo, con playas turquesa donde se podría estar horas y horas en la mera contemplación de esta magnífica obra de la naturaleza.

Mulegé es el pueblo que guarda la entrada a la inmensa bahía, custodiado por dunas albinas, se avista el faro, sobre una pequeña loma, testigo mudo del choque entre el ejército norteamericano y el nacional -la mayoría civiles-, en el intento de ocupación en 1847 y a cuyos pies desemboca el río esmeralda que parte en dos a la población; se aprecia de igual manera desde la carretera la cárcel territorial de principios del siglo pasado, la cárcel sin puertas donde los presos salían por la mañana a trabajar en el pueblo y por la tarde solos volvían a su reclusión.  La Misión de Santa Rosalía de Mulegé, constancia de la odisea jesuita que fueron los primeros pies calzados que pisaron estas tierras.

Santa Rosalía es sin duda para muchos viajeros lo más sorprendente, un enclave francés en medio de la nada, el refinamiento de las construcciones, especialmente las de Mesa Francia y la sofisticación de las piezas de arqueología industrial que si todavía llaman la atención por sus dimensiones, imaginarlo antes, cuando el mundo era mucho más grande, resulta de verdad fascinante.

El oasis de San Ignacio enclavado en el medio de la península fue sin duda alguna otro de los puntos fundamentales en la colonización del territorio, con su misión y el oasis lleno de palmeras, seguramente que era un punto obligado para cargar provisiones antes de emprender un viaje tan extraordinario y riesgoso como el que en tiempos remotos debió ser el que se hacía para atravesar el desierto del Vizcaíno, el vientre plano de la baja. El desierto del Vizcaíno es un gran lago relleno de aire y soledad, donde la nada se desborda, no es el espacio lleno de dunas que solemos traer a la imaginación cuando hablamos del desierto, no,  es menos que eso.  Una planicie inmensa, donde las plantas -arbustos insignificantes en realidad-, escasean hasta desaparecer, donde el horizonte se multiplica y se puede ver la curva de la tierra, ahí uno comprende  que la mística que encierra el desierto es la vida misma.

Otra de las inmensas rectas que tiene la Transpeninsular  principia en campo Fischer, entronque de la carretera hacia Punta Abreojos y La Bocana, y  pasa por Vizcaíno hierática hasta Guerrero Negro, desierto de sal y viento, donde, como bien dice el Bobby García en “La ciudad del Canal”, el cielo está muy abajo, casi lo puedes tocar, las ventiscas te arañan la cara y la neblina te pesa sobre los hombros.

Guerrero Negro, con ese clima de las costas escandinavas, si el Golfo de California nos ofrece su hermosura transparente y sus cálidas aguas acarician nuestros pies, en esta Escandinavia sin árboles ni escollos, escocida  en sal, empezamos a conocer el rostro siniestro del Pacífico con su alma abisal. El Golfo es el Dr. Jeckyll y el Pacífico es Mr. Hyde…

 

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